Capítulo 4 Capítulo 4
Edelin
Miro mi reflejo en el espejo de la entrada y sonrío con malicia. Elijah fue muy específico: "Vestido negro, corte clásico, perlas y tacones nude. Quiero que parezcas una heredera recatada, no una tentación andante". Esas fueron sus órdenes esta tarde antes de salir hacia el hotel Bel-Air. Es nuestra primera aparición en publico luego de exhibirnos en una sesión de fotos para la prensa rosa y las revistas de cotilleos.
Él creyó haberme dejado clara una orden y yo hice exactamente lo contrario.
Llevo un vestido verde esmeralda con una abertura en la pierna que desafía la gravedad y un escote que no deja nada a la imaginación de un hombre con pulso. Pero el toque final, mi declaración de guerra, son los tacones: un rojo carmín tan vibrante que parecen bañados en sangre. Sé que odia el desorden visual dentro de su mundo pomposo y perfecto en blanco y negro, pero yo soy el caos personificado en su mundo de etiqueta.
—Te dije negro y nude, Edelin —la voz de Elijah retumba a mis espaldas, cargada de una vibración peligrosa.
Me giro lentamente, apoyando una mano en mi cadera, acentuando la curva que sé que lo está volviendo loco, aunque intente disimularlo tras esa máscara de CEO frío y peligroso.
—Y yo te dije que el millón de dólares mensual compraba mi presencia, no mi guardarropa —le respondo con voz melosa—. El verde resalta mis ojos y el rojo... bueno, el rojo es para advertirte que hoy no estoy de humor para ser tu muñeca sumisa.
Sus ojos grises recorren mi cuerpo con una mezcla de furia y deseo que casi puedo sentir sobre mi piel. Da un paso hacia adelante, invadiendo mi espacio, pero no retrocedo. Nunca lo hago, aun cuando mis piernas parecen de gelatina al saberme rodeada de ese aroma amaderado que se apodera del ambiente.
—Estamos negociando una imagen de estabilidad, Edelin. No una invitación al pecado —gruñe, su aliento rozando mi frente.
—Entonces aprende a negociar mejor, Malcovich. Porque si quieres una mujer que agache la cabeza, te equivocaste en contratarme.
El trayecto al hotel en la limusina se hace en un silencio cargado de electricidad. Él mira por la ventana con la mandíbula apretada y yo me retoco el labial, disfrutando de su incomodidad. Él se lo buscó al hacerme quedar como delincuente justo enfrente del refugio donde resido con mis amigos que son más que familia.
—Demuéstrame que no he echado el dinero en un saco roto, no tengo intención de lidiar con travesuras de adolescente Edelin. Recuerda que yo también se jugar rudo —me mira a los ojos mientras prácticamente me amenaza.
Yo le devuelvo una mirada cargada de descaro. Mi sonrisa insolente y a la vez seductora lo altera. Veo como traga el grueso nudo hecho en su garganta.
—Creo que será divertido jugar ese juego, cariño.
Al bajar, el espectáculo comienza. Elijah me sujeta de la cintura con una fuerza que bordea lo posesivo. No es un abrazo de amor como pretende hacer creer a todos; es un recordatorio de quién pagó la cuenta.
—Sonríe —me ordena entre dientes mientras entramos al salón bajo el destello de los flashes—. Y trata de no enseñar más de la cuenta cuando te sientes —gruñe como un perro rabioso.
—Haré lo que me pueda, prometido —le susurro, clavando mis uñas sutilmente en su brazo impecable.
En el salón, el senador Johnson se nos acerca. Elijah intenta mantener el control de la conversación, presentándome como su "dulce y tranquila prometida". Yo decido que es momento de prender la mecha.
—Oh, Elijah siempre es tan modesto —intervengo, interrumpiendo su discurso sobre inversiones—. No me mantiene tranquila, senador. Digamos que nuestra relación es más... explosiva. A veces me dan ganas de besarlo y otras de lanzarle un cenicero de cristal a la cabeza. ¿Verdad, cariño?
Elijah aprieta su agarre en mi cadera hasta que casi duele. Sus ojos destellan una rabia oscura, pero hay algo más: admiración. No es una acción voluntaria, en el fondo le agrada que lo desafíe, le gusta que le conteste, aunque le enfurezca no poder dominarme.
—Es una mujer con carácter, ya lo ve —dice Elijah, forzando una sonrisa ante el senador.
—¡Ya lo veo, hombre! —dice entre carcajadas —. No solo es hermosa, también te tiene atrapado y no te culpo. Felicidades por el compromiso —se acerca un poco a mi —¡no le des tregua, preciosa! Los hombres que somos figuras publicas necesitamos una mujer fuerte que nos meta en cintura.
En cuanto nos quedamos solos cerca de la pista de baile, me acorrala contra una columna, ocultos de las cámaras por un arreglo floral enorme.
—Estás jugando con fuego, Edelin. No me busques, porque puedes encontrarme.
—¿Y qué vas a hacer, Elijah? ¿Castigarme? —me acerco tanto que nuestras narices se rozan. Puedo ver cómo su autocontrol se desmorona por segundos—. No olvides que yo sé cómo tratar a hombres que quieren dominar. Tú compras todo con tus millones, yo también puedo hacerlo con carácter y dominación —no aparta los ojos de mi boca y eso me desconcentra un poco, pero cierro los ojos y al abrirlos ya tengo el dominio de mi cuerpo —. Y yo decido que no soy tu mascota.
En ese momento, veo a Marcus Vane a lo lejos. Un antiguo cliente que no aceptó un "no" por respuesta y que ahora me mira con una mezcla de sorpresa y despecho. Sostiene su teléfono n alto con la pantalla negra, pero se que ya me ha reconocido. Le sonrío como para que sude y Elijah se percata de ello.
—¿Qué sucede? —se coloca frente a mí.
—Nada grave —le digo, señalando con la mirada a Marcus sin separarme de su pecho—. Un cliente que rechacé. Parece que quiere arruinar tu bonita fiesta con una foto mía de cuando usaba menos ropa que hoy —no puedo evitar sonreír de manera maliciosa.
Elijah se tensa. Su mirada viaja hacia Marcus y luego vuelve a mí.
—Yo me encargo de él —dice, moviéndose para proteger la inversión que soy para él.
—No —lo detengo, poniendo una mano en su corbata y tirando de él hacia abajo—. Él es basura de mi mundo, y yo sé cómo sacarla. Quédate aquí, mírame y aprende que a la "madrastra mala" nadie la asusta. Ni siquiera tú, prometido.
Pego mis labios a la comisura de los suyos tardándome mas de lo usual, siento su cuerpo tensarse, la respiración se le acelera estableciendo que soy yo el objeto de su deseo. Dejo la mancha del labial rojo como mi sello, marcando mi territorio. Me alejo hacia el hombre que necesita saber que a mi nadie me amedrenta y mucho menos me amenaza. Sonrío de la forma que lo hace una mujer que sabe tiene el mundo y a Elijah Malcovich a sus pies.
