Capítulo 3 Capítulo 3
Edelin
Siento mis piernas temblar al punto de ya no querer sostenerme. Ese hombre sabe de mi, de mi pasado. Ya sabía yo que era un sujeto peligroso, pero mi bocota siempre me mete en líos al estar desconectada de mi cerebro que, lucha por mantenerme en pie.
Y yo arruinándolo.
Definitivamente solo sirvo para hacer mi trabajo. En eso sí que soy excelente, pero no se lo voy a poner fácil a este hombre que cree lo compra todo con sus millones.
—¿Saldrás mi amor? —la mujer que más amo en el mundo me sonríe triste —. No te veo relajada como en otras ocasiones.
—No, Nana. Es que tengo unos pendientes y debo resolverlos —le doy un sonoro beso en la mejilla.
Salgo a la calle, un auto negro con vidrios tintados se acerca deteniéndose a mi lado.
—Srta. Edelin, necesitamos que suba al auto por favor —lo ignoro para continuar caminado y solicitar un taxi.
Pero el hombre se baja del auto junto a dos gorilas más, amenazando con meterme al auto a la fuerza, decido claudicar para no tener que armar un escándalo.
Mi bolso de cuero golpea la superficie de madera con un sonido seco que retumba en toda la oficina. No pido permiso para entrar; la puerta se abre sola, manejada por un guardia que ni siquiera se atreve a mirarme a los ojos. Camino directo al centro del despacho, haciendo que mis tacones suenen con fuerza sobre el suelo de madera. No me importa si parezco grosera; mi paciencia se agotó hace mucho tiempo. No soporto a los hombres arrogantes que creen poder tocar el sol con un dedo.
—Le dije que no me interesaba nada que tuviera que ver con usted, Malcovich. Tal parece que no entiende las cosas a la primera —suelto con voz cortante, aunque trato de controlar mi respiración —Me queda claro que los hombres de su clase utilizan la fuerza y se esconden detrás de sus gorilas para conseguir lo que quieren. Eso no es muy atractivo en un hombre de "negocios" —subrayo la palabra con veneno.
No se mueve. Está de espaldas, mirando por el enorme ventanal que domina toda la ciudad. Se ve impecable, con un traje que cuesta más que mi alquiler de un año. Tiene esa presencia del hombre que jamás ha escuchado un "no", y eso me enferma; ya lidio con tipos así de vez en cuando por unos cuantos dólares.
—Edelin. Gracias por venir —dice. Su voz es suave, casi demasiado tranquila.
Rechino los dientes. Es un sonido bajo, pero él lo nota. Me estudia, buscando esa impaciencia. Sé que quiere desestabilizarme, tal como yo hice con él anoche.
—En primer lugar, no vine: me trajeron —replico cruzándome de brazos—. Pensé que esto era una negociación, no un secuestro. Sus hombres me obligaron a subir al auto. Así que diga rápido qué quiere. No querrá verme furiosa, se lo aseguro. No soy buena cuando me mantienen encerrada.
Se sienta en el suntuoso sillón, abre una carpeta de cuero y, con un gesto casual, deja caer una fotografía sobre la mesa. No la desliza; simplemente la suelta, dejando que el peso del papel haga el trabajo sucio por él.
Bajo la mirada. El corazón me da un vuelco. La impresión me deja perpleja por un segundo, pero me rehúso a exponerme ante él. En la foto aparezco yo. Llevo un vestido de seda rojo, excesivamente caro y ajustado. Estoy en un club privado de lujo, sonriendo mientras acompaño a un hombre de negocios de reputación cuestionable. Soy "Ámbar".
El silencio que sigue es un torbellino de recuerdos. Mi furia se transforma en un frío que me recorre la espalda.
—No quiero una cita, Edelin. O debería decir... "Ámbar", ¿verdad? —Elijah pronuncia el nombre con una lentitud que me hace temblar por dentro—. Sé cuánto cobras por noche. Sé quiénes son tus clientes y sé que usas ese dinero para mantener ciertas cosas que el mundo no conoce. Por cierto, Edmundo Párraga te envía saludos.
Aprieto los puños. Quiero gritar, negar la evidencia, pero la foto es demasiado clara y ese nombre me ha perseguido por mucho tiempo.
—¿Dónde encontraste esto? A mí nadie me toma fotografías —digo, ignorando su provocación.
—Tú lo has dicho: el dinero puede comprarlo todo —sonríe de manera despiadada.
—¿Qué mierda quieres? —finalmente recupero la voz, aunque suena ronca—. ¿Chantajearme para que sea tu juguete?
—No te confundas —su mirada se vuelve de acero—. No quiero un juguete. Quiero un contrato. Un trato de negocios donde ambos ganemos.
—Habla —exijo, tratando de mantener la dignidad.
Elijah se inclina hacia adelante, apoyando los codos en la mesa. Sus ojos de un gris aplomado me estudian como si fuera una inversión a punto de cerrarse.
—Quiero rentar tus servicios para que seas mi prometida —sus palabras me desconciertan por completo —. Seis meses de contrato y luego una boda ficticia.
—No —sonríe —. No mentiré en público.
—Ya lo ha hecho Srta. Troconiz o, Ambar como lo desee. Yo solo le ofrezco esta salida para que sus problemas con mi cliente queden bajo tierra y usted pueda costear la medicación de su abuela sin tener que contabilizar cuantas citas puede tener al mes.
—Veo que ha hecho su tarea de investigación —me mira con engreimiento —¿Qué gano yo? —esta vez suelta una carcajada.
—Es una acompañante de lujo, Edelin. Yo soy un hombre rico que solicita sus servicios —dice como si no me diera cuenta de sus segundas intenciones —. Usted ponga los ceros —muy bien, tu te lo buscaste Malcovich.
Mis servicios son de élite, este es un trabajo clandestino y no soy barata.
—Está bien, acepto ser su prometida. Pero debe pagarme un millón por mes, no negociable —alza las cejas asombrado —. Y que borre mi expediente para que jamás sea encontrado.
—¡Vaya que ha resultado ser más inteligente de lo que pensé! —se levanta, camina hacia mí. Mi oferta eran doscientos mil, un auto y un apartamento en mitad de los Ángeles —niego.
—Con el millón mensual costearé todo lo que yo necesite y desee, no me mudaré a una residencia de lujo… no quiero —me cruzo de brazos frente a él.
Mis chichis se agrandan y sus ojos se clavan en ella, me desea y eso no se esconde, pero tiene razón, yo soy más inteligente que él.
—¿Qué gano yo?
—Usted lo dijo. Soy una acompañante de lujo y eso se paga. Estoy asegurando una compensación por si le provoca —me acerco y siento como su respiración cambia de ritmo, su frente se perla de sudor y veo como traga un nudo hecho en la garganta —tener una noche de sexo conmigo —se carcajea esta vez de verdad.
No puedo negar que es un sonido que me agrada. No suelo mezclar el placer con negocios, pero no me molestaría disfrutarlo una que otra noche. Se recuesta al escritorio con un folder en la mano.
—Lea el contrato Srta. Troconiz. Esa clausula ya está revisada —recibo el contrato —. Fírmelo mañana, necesito introducirla en mi mundo con apremio.
—Me necesita —asiente —, pero no soy mas indispensable que su teléfono ¿cierto? —sonríe.
—Lea y firme. Es usted una mujer inteligente, una excelente contrincante, pero hasta el mejor cazador se le va la liebre —se acerca a mi invadiendo mi espacio con ese aroma a madera y tabaco —. Pero le advierto que si se enamora de mi concluiremos al instante —lo dice al girar su cuerpo para retirarse impidiéndome ver su expresión.
—Subamos la apuesta entonces… Elijah —su nombre sabe a cuero y poder en mi boca —. Veremos quién cae primero en la trampa del amor.
