Bajo el Dominio de Elijah Malcovich

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Capítulo 2 Capítulo 2

Edelin

Cómo siempre despierto antes que suene la alarma a las cinco con cincuenta de la mañana. Saco mi cuerpo de la cama para entrar al baño y asear mi pobre cuerpo que se resiente por la larga noche sacando las cuentas correspondientes del refugio y para completar con el pago que recibí anoche la medicación de Clara. Es muy costosa, pero ella lo merece ya que me rescató de la calle cuando escapé del orfanato.

Tenía una herida en la pierna derecha que ya despedía un hedor de infección y ella, no solo la curó con paciencia y amor, sino que se quedó conmigo sin hacer preguntas más que “¿Tienes hambre? O ¿Tienes sueño?” y me adoptó desde el primer momento. Mi pierna sanó y, aunque mi corazón no lo hizo ella, Clara se ganó un lugar especial en él.

Salgo al mercado para comprar las provisiones necesarias para que las cocineras hagan las tres comidas de hoy y un café que me despierte, que valga la pena tomar. Regreso en media hora y me reciben con buena cara, reparto el café cuando está listo y todos agradecen igual que yo por la bebida caliente que da vida s nuestros cuerpos y nos despierta por completo.

—Edelin mi amor. —la voz temblorosa de Clara me saca de mis pensamientos —¿No crees que es temprano para ti? —sabe que llegué tarde anoche.

Luego del encuentro con cierto sujeto arrogante y peligrosamente atractivo, decidí caminar un rato y en medio de números y pensamientos intrusivos llegué al refugio más tarde de lo usual.

—¿Estoy siendo vigilada, mi reina? —ella niega con una sonrisa, mi pecho se estruja cada vez que recuerdo el diagnóstico que nos dio el cardiólogo.

—¡Por amor a Dios, no! —responde con la mano cubriendo su boca —. Yo, me desvelé, eso es todo —la miro a esos ojos hermosos que tiene.

Esos mismos ojos que me miraban a mí con todo el amor del mundo. Esa mujer es mi vida y haría lo que fuera por ella.

—Claro —me acerco para abrazarlo y pegarla a mi pecho —. No tiene nada que ver con la preocupación que siente una madre para con su hija ¿Verdad? —chasquea la lengua mientras me abraza fuerte por la cintura.

—Eso es cosa de viejos, pero no puedo negar que si no está no puedo dormir mi niña —es una verdad innegable, ella es como si fuera mi motor.

Mientras ella respire yo respiro, mientras ella camina también yo lo hago y sobre todo lucharé siempre para estar a su lado, aunque cueste lo que me cueste.

De repente un sonido de neumáticos rompe el silencio y la burbuja en la cual nos encontrábamos Clara y yo. Una limusina color negro mate, blindada se detuvo frente al refugio. Todos a mi alrededor estiraban los cuellos tratando de mirar hacia afuera.

Un hombre trajeado impecablemente con unas gafas oscuras bajo del vehículo y cerró el botón de la chaqueta, camino hacia donde nos encontrábamos en el comedor ignorando la mirada de todos los curiosos alrededor.

—La señorita Edelin Troconiz? —pregunta el hombre buscándome con la mirada.

Bien, no me conoce. Eso quiere decir que no es el chofer de uno de los clientes y menos aun de un objetivo nuevo. No tengo idea de lo que quiera, pero no puedo exponer a los míos solo por querer esconderme.

—Mi niña —Clara me toco el brazo y la miro con ternura infinita —. Ese hombre te está buscando ¿sabes por qué? —la voz temblorosa de la mujer hace que mis alarmas se enciendan, reconozco su temor en cada palabra.

—No lo sé Nana, pero voy a averiguarlo —miro al hombre elegantemente parado frente al comedor a una distancia prudente como si despidiera una enfermedad contagiosa —. Soy yo, señor ¿en qué le puedo ayudar? —mi voz firme, pero cautelosa.

El hombre se acerca dos pasos y salgo a su encuentro. No se ve amenazante ni peligroso. Estoy acostumbrada a tratar con hombres que necesitaban mantener el control y este, definitivamente: no era uno de ellos. me entrega una tarjeta con una dirección y el nombre que brillaba en letras doradas era el de: Elijah Malcovich.

—Por supuesto, tenía que ser Malcovich ¿verdad? —miro al hombre que me ofrece una disculpa con la mirada —. Dígale a Malcovich que lo que sea que quiera, no estoy interesada. Que recuerde no soy una piedra preciosa, más bien soy el carbono en bruto —le sonrío con intención y el hombre niega.

—Lo siento señorita Troconiz, pero necesito que me acompañe y no puedo aceptar su negativa —expresa el hombre a modo de disculpa por la presión ejercida.

—¿No puede? —niega de nuevo —. Pues dígale a…

—Elijah Malcovich.

—¡Eso! —señalo con el dedo —. Dígale que me deje en paz, que no busque problemas conmigo, no le conviene.

Lo dejo parado en ese lugar y sigo con lo mío para poder alcanzar las ofertas en el supermercado. Me despido de Clara al terminar mi tarea en el refugio y salgo a caminar el mercado. De regreso compro un café de Starbucks: latte con poca azúcar y mucha crema, me detengo para sacar las llaves del portón y al levantar la cabeza veo un par de autos patrulla detenerse frente a mí, suelto las bolsas, asombrada y temblando porque en algún momento me esperaba esto, aunque no tengo la mínima idea de lo que ocurre. Mi cuerpo tiembla copiosamente, pero mantengo el tipo con la cara seria porque Edelin Troconiz no le teme a nadie.

—Señorita Troconiz debe acompañarnos —levanto el mentón y aprieto los puños para esconder el miedo.

—¿Bajo qué cargos? —me enfrento a ellos mientras las personas se aglomeran alrededor.

Veo bajar de una camioneta blindada al mismísimo Elijah Malcovich con su traje impecable de tres piezas, su caminar felino y unas gafas de sol estilo Ray Ban piloto con las que luce imponente, pero a mi no me interesa. Cierro los ojos cuando mis fosas nasales se impregnan del aroma amaderado de su perfume intoxicando el aire a mi alrededor.

—Intento de homicidio en primer grado ¿le suena eso Señorita Troconiz? —se refiere a mi en voz baja.

Mi pecho sube y baja erráticamente, los ojos se me nublan y el pulso pugna por ahogarme al escuchar su voz que es prácticamente una sentencia.

—¿Qué es lo que quiere? —digo con voz temblorosa poniéndome en evidencia ante él, pero me recompongo al instante —. Usted no sabe nada de mi —ahora mi voz es un gruñido de advertencia. Lo que sea que haya encontrado de mi es basura. Sonrío para esconder mi furia porque perder los papeles sería condenarme —. No puede dejarme en paz ¿verdad? Su condición de patán no se lo permite O, ¿qué? —Elijah sonríe con todos los dientes ante mi demanda.

—No sé de qué habla, solo soy un hombre acostumbrado a alcanzar todo lo que quiere nada más —sale de, detrás de los agentes policiales para enfrentarme.

—Claro que si —pongo los ojos en blanco —, solo que pretende comprarlo todo con su dinero y no puede aceptar que existen personas que no nos vendemos —el hombre da un paso hacia adelante.

—¿Quiere que sigamos esta conversación en la calle? —inquiere taladrándome con esos ojos que simulan un cielo tormentoso —. O, ¿prefiere que nos tomemos algo en un sitio más íntimo? Usted decide.

—Preferiría que me deje tranquila. Lo que sea que ofrece no me interesa para nada —le espeto enfadada por el show en plena calle, pero no pretendo ceder. Aún me mira con un tono de curiosidad sin resolver tal como lo hizo la noche anterior —. Usted no me está dando opciones, me lo está ordenando.

—Estoy negociando —se me escapa una carcajada sin un ápice de humor.

—Por supuesto que no, yo lo veo como un ultimátum —entrecierra los ojos con advertencia. Bien necesita aprender que no todas caemos a sus pies —. Y a mí nadie me obliga a nada…

—Entonces la pondré a elegir de nuevo. Escuche bien Edelin. O, va a mi oficina esta tarde a las seis sin falta por las buenas y cámbiese de ropa, parece una indigente ¡le aconsejo hacerme caso! O, se va a la cárcel por intento de asesinato a un hombre que casualmente… es mi cliente.

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