Capítulo 9 Ojos grises
ALEXANDRA
Me cambié de ropa en un parpadeo. Me puse un vestido de verano corto, blanco y completamente tejido; perfecto para la ocasión, ya que es bastante cómodo para estar junto a la piscina. Combina a la perfección con mi bikini blanco y mis sandalias de tiras del mismo color. Preparé un bolso con protector solar, mis gafas y un brillo labial, y me puse en marcha.
No tardé nada en llegar; la mansión de Oliver queda a unas tres calles de mi casa, así que podía ir caminando perfectamente.
Al llegar, la encargada de que todo esté en orden en la casa me recibió con una sonrisa de oreja a oreja.
—Hola, señorita Alexandra. ¿Cómo está usted? —Siempre usa el mismo formalismo. Le he pedido mil veces que me tutee, pero no hay manera.
—Hola, Martha. Estoy bien, gracias. ¿Cómo está usted?
—Muy bien, señorita. El señorito Oliver la está esperando en el área de la piscina.
—Gracias, Martha.
Caminé hacia el jardín y sentí cómo Martha iba detrás de mí. A pesar de que me sé el camino de memoria, siempre me acompaña para preguntarme qué deseo tomar. Sé que es innecesario, pero a ella le gusta. Me conoce desde niña y en muchas ocasiones me ha dado grandes consejos; la quiero muchísimo y le tengo un gran cariño, igual que a toda su familia. Jamás he visto que la traten como a una empleada; al contrario, es una más de la casa.
Cuando llego a la piscina veo a Oliver sentado en una tumbona con Sara al lado. Me acenco y, en ese momento, veo salir del agua a Harry... Madre mía.
Ahora entiendo perfectamente por qué la mitad de las mujeres en Londres babean por él. Está muy, pero que muy bien. Es imposible no quedarse como una boba mirándolo, o más bien, escaneándolo. Lleva solo un bañador corto. Harry es puro músculo, y lo que más me asombra es que no tiene ni un solo tatuaje; en esa espalda de Dios griego no habría estado mal admirar algo de tinta, al menos así tendría una excusa para contemplar semejante obra de arte. Tiene unos ojos preciosos de un gris intenso, nada común.
Oliver y Sara heredaron los ojos azules de Claudia, su madre, pero Harry sacó el tono gris de su padre, el señor Octavio.
Me acerco a Oliver y a Sara sin poder apartar la vista de Harry.
—Hola —los saludo con un beso en la mejilla a ambos, logrando por fin desviar los ojo del monumento que está en la orilla.
—¿Y él? ¿Qué hace aquí? —les pregunto, tomando asiento en una de las tumbonas.
—Alex, ¿a ti se te olvida que tengo otro hermano? —me pregunta Oliver. Desde ahora ya te digo yo que no se me olvida.
—No se me olvida. Lo que me sorprende es que esté aquí; normalmente está con sus amigos cuando viene de visita. —Por eso casi nunca coincidimos.
—Sí, pero hoy parece que no tiene planes de salir.
En ese momento se acerca Harry, empapado de agua, y se deja caer sobre Sara para mojarla. Fue ahí cuando nota mi presencia.
—Hola, ¿qué tal? —me saluda, aún abrazado a Sara, quien intenta zafarse de su agarre sin éxito; contra esos músculos es imposible.
—Hola —le contesto —. Bien, ¿y tú?
—Bien. ¿Cómo te fue en la fiesta de ayer? Cuando regresé de buscar mi bebida ya no te vi. ¿Te fuiste temprano?
Es verdad; después de bailar con David, cuando regresé con los chicos, él ya se había marchado. Sara me había dicho que se fue acompañado de una chica.
—¿Temprano ella? Para nada. Si se divirtió muchísimo anoche, ¿verdad, Alex? —Ok, la mato. Definitivamente me olvido de que es mi amiga y la mato. Así de simple—. Cuéntale a Harry lo bien que la pasaste ayer, pero sobre todo con quién. Anda, dile, que te quiero escuchar.
Ya no tenía escapatoria; Harry me observa con evidente curiosidad.
—Sí, cuéntanos, Alex, porque yo todavía no me creo lo que vi —secundó Oliver.
Como siempre, mis amigos no ayudan.
—¿Qué pasó ayer? Ya me dio curiosidad. ¿Qué fue lo que no vi? —pregunta Harry, intrigado, clavando sus ojos grises en mis ojos color miel.
—Es que tú también estabas muy entretenido con aquella chica —atacó Sara—, pero te aseguro que no fuiste el único que se divirtió. Ella también disfrutó bastante.
—Ah, ¿sí? ¿Me puedes ampliar cual es tu concepto de «diversión», Alex? Tengo dudas de si es el mismo que tengo yo.
—Se pasó la noche entera besándose con David Guerra —soltó Oliver con su típico aire de hermano celoso.
Harry lo mira a él y luego a mí, como si no terminara de procesar la información. Sara solo sonríe con picardía, igual que cuando hacíamos travesuras de niñas.
—No fue toda la noche, Oliver, así que no exageres —dije, intentando mantener la voz firme.
—¿Ah, no? ¿Y qué hacían en la pista de baile? —me preguntó alzando las cejas.
—Sí, ¿qué hicieron, Alex? —insiste Harry.
—¿Qué se hace en una pista de baile? —pregunto, como si fuera lo más obvio del mundo.
—Ya te digo yo que muchas cosas —replicó Harry con un tono cortante—. Así que amplía la información, Alexandra. ¿Qué hicieron?
A ver, no entendía nada. Veo normal que Oliver me cele como un hermano porque lo quiero como tal, pero la actitud de Harry no tiene sentido. Él y yo nunca hemos sido cercanos, no como lo soy con sus hermanos.
—Bailar, ¿qué más? —Por Dios, tanto lío por un beso y un baile. Ni que hubiera comenzado la Tercera Guerra Mundial.
—¿Y nada más? —insistió Harry.
—Sí, nada más. Y ya, que mi vida privada no es de dominio público... —Me estresa que me interroguen por todo.
De Oliver y Sara lo entendía, pero Harry no pintaba nada en esa conversación
—¿Acaso yo te he preguntado qué hacías tú con la chica de la que habla Sara?
—No tienes que preguntar porque no es de tu interés —responde él de golpe.
—Ni la mía del tuyo —sentencié. Ya tengo suficiente con las críticas de mi familia.
—Espero que te dure toda la vida tu David —me suelta con una mezcla de burla y enojo—. Aunque, claro, ¿qué vas a saber tú, si solo eres una niñata jugando a ser mujer?
Ah, no. Eso sí que no se lo iba a permitir.
—Pues David no pensaba lo mismo cuando me estaba devorando los labios anoche.
Debo admitir que jamás en mi vida alguien me había mirado con tanta rabia como Harry en este instante. Si las miradas mataran, yo ya estaría bajo tierra. Parecía que iba a contestarme, pero prefirió levantarse bruscamente y arrojarse de nuevo a la piscina. Miro a Oliver y a Sara; tenían los ojos tan abiertos que supe que estaban exactamente igual de perdidos que yo.
