Apostó Perderme.

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Capítulo 8 Fuera de órbita 2

ALEXANDRA

​—¿No vas a saludar a tu hermana? —me pregunta mi madre.

​Su voz me saca de mi asombro.

​—Eh... ¿pero tú no estabas en Italia? —No logro articular otra frase. Es que no entiendo qué demonios hace aquí.

​—Ni un «hola» para tu hermana mayor —suelta Carla, como si nos lleváramos de maravilla.

​Lo mejor que me pudo pasar fue que se marchara a la universidad hace un año; convivir con ella es una completa agonía.

​—Hola —respondo, forzando una sonrisa.

La hipocresía no me da para más, y si hay algo que detesto en esta vida, es precisamente eso.

​—Llegó anoche mientras estabas en la fiesta de los vecinos —añade mi madre.

​No lo puedo creer. Solo eso me faltaba: que Carla se entere de que me invitaron a una fiesta los de al lado. Ella siempre se moría por ir a una de sus fiestas, pero jamás la tomaron en cuenta. Ahora estoy segura de que no me va a dejar en paz.

​—Vino a pasar el fin de semana con nosotros, se regresa el lunes a Italia —concluye mamá.

​Perfecto. Fin de semana arruinado por el demonio andante que tengo por hermana.

​—Espera, ¿cómo? —Y, tal como supuse, cae la bomba—. ¿Te invitaron a una fiesta de los Guerra?

​—Sí —respondo, intentando sonar lo más indiferente posible.

​—¿Cómo? ¿Quién? —El tono de Carla delata su indignación. Ya se molestó; por esto mismo no quería que lo supiera.

​—David Guerra —le suelta mi madre.

¡Chismosa!

​Me siento a la mesa con una taza de café, bien cargado, como a mí me gusta.

​—¿Y cómo es que él te invitó? ¿Por qué? —continúa el interrogatorio.

​—Yo qué sé. Supongo que porque vamos al mismo instituto —intento desviar el tema, pero con ella es imposible.

​—Alexandra, yo fui al mismo colegio que sus hermanos y ninguno me dirigió la palabra, mucho menos me invitaron a sus fiestas. No entiendo por qué a ti... —Dice eso mientras me repasa el cuerpo con la mirada, como si estuviera evaluando un trozo de basura—. No entiendo por qué a ti te busca David Guerra. O sea, es que no me cabe en la cabeza.

Carla es muy guapa; mi físico no se compara con el suyo. Oliver dice que no es para tanto y que yo soy mil veces más linda, pero cuando me miro al espejo no encuentro nada especial en comparación con ella. Por eso suelo darles la razón a mis padres cuando dicen que ella se llevó los genes ganadores en cuestión de belleza.

​—Tranquila, Car —interviene mi madre, usando el diminutivo cariñoso—. Seguro que sintió lástima. Como fue casi todo el instituto y ella no iba a ir, estoy segura de que la invitó por pena.

​¿Habrá sido por eso? No, claro que no. Él me besó sin que yo hiciera nada; eso significa que le gusto, por eso me quería allí. No puedo evitar que se me escape una pequeña sonrisa al recordar el beso, y por desgracia, ambas lo notan.

​—¿Y esa cara, Alexandra? —me cuestiona mi hermana—. ¿Qué pasó en esa fiesta?

​—Nada —intento que mi voz suene normal.

​—Pero ¿qué va a pasar? Si es un milagro que la hayan invitado. De hecho, eso es lo único que pasó —sentencia mi madre.

​Ambas se echan a reír como si yo no estuviera presente o, peor aún, como si no estuvieran hablando de mí.

​—Ok, me voy a mi habitación.

​Ya me cansé. Siempre es lo mismo con ellas: critican absolutamente todo lo que hago. Por eso, cuando termine la preparatoria, iré a la universidad que mi madre elija y trabajaré en la empresa Dream en el puesto que me asignen, a ver si así dejan de reprocharme las cosas. Nunca hago nada bien ante sus ojos. No importa si saco excelentes notas o si soy de las mejores de la clase; siempre encuentran un defecto y todo se reduce a lo mismo: no soy como Carla. Siempre son las mismas comparaciones en las que yo salgo perdiendo por goleada.

​Sin embargo, hoy no voy a permitir que nadie me amargue el día, ni siquiera ellas. Llamo a Lucía, pero no me atiende; debe de estar profundamente dormida todavía, porque duerme tanto o más que yo. Así que marco el número de Oliver, quien responde al primer tono.

​—¿Qué? —saluda.

¡ Vaya, qué humor!

​—¿Nos despertamos con el pie izquierdo?

​—No me he despertado de mal humor porque, técnicamente, todavía no me despierto —refunfuña. ¿Este hombre sigue dormido?

​—¿Pero qué haces en la cama con el día tan bonito que hace afuera?

​—Dormir, Alex. Dormir.

​—Pues arriba, que el día está precioso como para desperdiciarlo durmiendo.

​—Cómo amanecimos de buenas hoy, ¿no? —pregunta. ¿Tanto se me nota?

​—Sí, ¿para qué te voy a mentir? —A él no puedo ocultarle nada.

​—Sí, ya me imagino el motivo de tu felicidad —dice. Y cómo no, si mi alegría tiene nombre, apellido y unos ojos azules de infarto.

​—¿Qué vamos a hacer hoy? Hay que aprovechar que Sara está aquí para hacer algo los tres. —Sara no viene muy seguido y nos encanta pasar tiempo juntas cuando está en la ciudad.

​—Vente a mi casa, vamos a pasar el día en la piscina. Si quieres, claro. —Él sabe perfectamente que me fascina nadar y que jamás le diría que no a ese plan.

​—¡Claro que quiero! —exclamo emocionada, y escucho su risa al otro lado de la línea.

​—Ya me lo imaginaba —se sigue burlando—. No te demores, te quiero aquí en cinco minutos.

​—A sus órdenes.

​—Así me gusta, obediente.

​—Nos vemos en cinco minutos, entonces.

​—Oye... —me detiene justo cuando voy a colgar.

​—¿Qué?

​—Te a...

​—...mo —termino la frase por él. Siempre hacemos lo mismo.

​Le doy gracias a la vida por haberme dado un amigo al que quiero y que me quiere como a un hermano. Y a Sara igual. Habría preferido mil veces que ellos fueran mi verdadera familia, pero bueno, no se puede tener todo.

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