Capítulo 7 Fuera de órbita
ALEXANDRA
En cuestión de segundos estoy en la barra junto a David. Va vestido de negro, con una camisa de mangas largas ajustada que resalta cada uno de sus músculos y combina a la perfección con el pantalón, que también le queda ceñido. Tiene el cabello revuelto, pero le queda impecable. No puedo evitar recorrerlo con la mirada de arriba abajo. Es entonces cuando nota mi presencia.
Dios, esa mirada... Sus ojos son de un azul tan intenso que, al contrastar con las luces de la fiesta, parecen más oscuros y hermosos. Salgo de mi ensimismamiento en cuanto pronuncia mi nombre.
—Alexandra, hola. No sabía que ya habían llegado. ¿Y Lucía?
No logro entender por qué cada vez que escucho mi nombre en su boca se me revuelve el estómago de esa manera tan extraña.
—Eh, sí, llegamos hace un rato —respondo un poco atolondrada—. Ella está en la pista.
Le indico el lugar con la cabeza. La vemos bailando muy junta con el amigo de su hermano. Se ven bien juntos; ella ya me había confesado que le gustaba Christian, aunque no sé hasta qué punto.
—¿Quién es el chico? —me pregunta David.
—Es Christian, amigo de su hermano. Vino con ella.
—¿Ella lo invitó? —Su tono me hace pensar que se está molestando. Quizás le incomoda que haya traído a alguien sin avisar, o simplemente son ideas mías.
—Sí, me dijo que le atraía y supongo que por eso lo trajo —le explico, intentando suavizar la tensión que empieza a dibujarse en su rostro.
—Qué bien —responde con un tono cortante.
En ese momento, Lucía nos busca con la mirada y nos saluda desde lejos sin dejar de bailar. Justo entonces, siento cómo David me toma de las manos y me arrastra hacia su pecho. El corazón me da un vuelco y empieza a latir a mil por hora. Me rodea la cintura con un brazo mientras que con la otra mano me acuna la mejilla, acortando la distancia hasta que sus labios chocan con los míos.
Saborear sus labios tan carnosos es lo más cercano a tocar el cielo. Me besa con fuerza, con una posesividad que no busca sutileza; pero tampoco la necesito, así se siente perfecto. Su agarre firme en mi cintura me confirma que no tiene ninguna intención de soltarme. El beso se prolonga, volviéndose cada vez más intenso y cargado de deseo.
Cuando se aparta un poco, no llega a romper el contacto de nuestros labios. Entiendo que solo se detiene para tomar aire y no me equivoco: un segundo después vuelve a adueñarse de mi boca con más fuerza. Esta vez no me quedo atrás; le demuestro que mis ganas de volver a repetir el beso son tan grandes como las suyas.
Al separarnos, me dedica una mirada cómplice que me fascina y sonríe con discreción, logrando que le devuelva el gesto.
¿Cómo me siento ahora? Lo resumiré en que el corazón me va a estallar.
Algo en mi interior ha cambiado drásticamente; es una sensación extraña, pero me hace inmensamente feliz.
David me toma de la mano y me guía hacia la pista, donde empieza a sonar una canción lenta, The Scientist de Coldplay. Nos movemos al ritmo de la música justo al lado de Lucía y Christian. Mi amiga me mira con los ojos abiertos, como si no pudiera creer lo que acaba de presenciar. Si soy sincera conmigo misma, yo tampoco lo creo.
Ahora mismo soy un manojo de nervios; me tiembla todo el cuerpo. David no deja de acariciarme la mejilla, aunque de reojo vigila a la pareja de al lado. Definitivamente, Christian no le cae bien: lo mira con un enojo evidente.
Cuando la canción termina, un amigo a David y él se marcha a saludarlo. Al mirar hacia una esquina del jardín, descubro a Oliver y a Sara observándome como si fuera una criatura de otro planeta. Creo que están tan impactados como yo.
Me acerco a ellos, pero nadie toca el tema; nos limitamos a hablar de cosas sin importancia hasta que dan las dos de la madrugada y decidimos que es hora de irnos.
No vuelvo a ver a David ni a Lucía el resto de la noche. Pero de algo estoy completamente segura: la chica que entró a esta fiesta no es la misma que está a punto de cruzar esa puerta. Tal como lo imaginé, ya nada volverá a ser como antes.
No pude dormir en toda la noche. No dejaba de pensar en el beso.
El beso.
Si me hubieran preguntado hace dos días si un beso te puede hacer tocar el cielo, mi respuesta habría sido un rotundo no; habría dicho que tampoco es para tanto.
Qué ilusa era.
Ahora, si me lo preguntan, la respuesta sería totalmente distinta. A mí no solo me hizo tocar el cielo, sino que despertó un sentimiento que ni siquiera sabía que existía en mí.
Después de dar mil vueltas en la cama, decido levantarme y comenzar el día. Es raro que madrugue tanto un sábado, pero ya que no puedo conciliar el sueño, ¿qué más puedo hacer? Lo primero que hago al despertar, como cada mañana, es mirarme en el espejo.
Al hacerlo, lo primero que noto es una felicidad extraña. Por lo general no soy persona hasta pasadas las nueve de la mañana, y apenas son las siete. Sin embargo, sé perfectamente que esa felicidad tiene nombre y apellido: David Guerra.
Cuando llegué de la fiesta, pensé en llamar a Lucía en cuanto me despertara, pero a estas horas debe de estar profundamente dormida. Será mejor esperar un poco.
Mientras tanto, me daré una ducha y prepararé el desayuno, porque esa es otra novedad: tengo un hambre voraz.
Al bajar y dirigirme a la cocina, me quedo helada con lo que veo. Me freno en seco al descubrir a mi madre y a mi hermana Carla. No puedo creerlo.
¿Qué mierda hace Carla aquí? Se supone que estaba en Italia, en la universidad.
