Capítulo 6 Cuestión de hermanos 2
ALEXANDRA
Llegamos a la mansión y, a decir verdad, no me asombró. Estoy acostumbrada a ir a la de los Castro y, aunque esta es muy bonita, la de Oliver es muchísimo más grande, pero a la vez más sencilla.
Había un montón de personas; la gran mayoría eran del instituto, amigos de David o conocidos de estos. Se nos hizo eterno encontrar a Mario y a Christian, el hermano de Lucía y su amigo, pero después de casi una hora los divisamos cerca de la piscina. Nos acercamos a saludarlos. Mario es mayor que nosotras y siempre me he llevado súper bien con él y con Christian, pero yo no dejaba de buscar a Oliver con la mirada. A estas alturas ya debería estar aquí con Sara y Harry, pero no los veía por ninguna parte. Tampoco a David.
Dieron las 11:30 y seguían sin aparecer. Aunque intentaba disimularlo, continuaba barriendo el lugar con los ojos; no me podía creer que no vinieran. Si Oliver me plantaba, lo mataba. Justo en ese momento, sentí que unas manos me tapaban los ojos por la espalda y una calidez muy familiar me habló al oído:
—Adivina quién soy.
¿Cómo no saberlo? Era la voz que llevaba queriendo escuchar toda la noche. Me volteé despacio y la vi.
—¿En serio crees que no te voy a reconocer la voz?
Nos miramos y nos fundimos en un abrazo que duró minutos, hasta que alguien nos interrumpió.
—A ver, ya, por favor. Esto es demasiado empalagoso para un simple mortal.
Harry nos apartó con un gesto divertido, me saludó con un asentimiento y se fue sin más hacia la barra a buscar algo de tomar, dejándonos a Oliver, a Sara y a mí. Sara no me soltaba; empezamos a ponernos al día a toda prisa mientras yo, de reojo, seguía buscando al que me faltaba: David.
—¿A quién buscas? —me preguntó Sara, siguiendo la dirección de mi mirada.
—A David —dije simplemente.
—¿A David? ¿A qué David?
—A David Guerra —intervino Oliver.
—¿Y para qué buscas a David? —me preguntó ella, con cara de no entender nada.
—Dile —me azuzó mi supuesto mejor amigo—. Cuéntale por qué lo estás buscando.
—Necesito que me de un beso —solté sin más.
A Sara casi se le salen los ojos de las órbitas y tuvo que parpadear varias veces antes de lograr articular palabra. No se creía lo que acababa de escuchar, y la verdad es que yo tampoco, pero era la realidad.
—¿QUÉ? —fue lo único que consiguió decir.
—Lo que has oído —añadió su hermano—. Tal cual lo ha dicho, ni más ni menos. —Su comentario, como siempre, no ayudaba en nada.
—Alexandra, ¿me puedes explicar qué me he perdido desde que hablamos ayer cuando yo estaba en Londres? ¿Por qué no me habías dicho que estás enamorada de David? —Oh, oh. Se avecinaban problemas.
Cada vez que alguno de los dos me llamaba por mi nombre completo, significaba que están enojados conmigo.
—Porque no lo está. Al menos por ahora —siguió Oliver de metiche.
—¿Pero cómo que no lo está? Si lo está buscando para que le dé un beso —replicó ella, marcando unas comillas en el aire con las manos.
—¿Le explicas tú o le explico yo? —me pregunta Oliver.
En ocasiones me dan ganas de matarlo, pero luego recuerdo cuánto lo quiero y se me pasa.
—Vale —respiro hondo y empiezo a contarle todo a Sara. Antes de empezar, nos alejamos un poco de Lucía y de los chicos; no quiero que se entere de que le había destapado lo de la apuesta a Oliver.
Sara no hacía más que abrir los ojos cada vez más.
—Pero, ¿qué ganas tú con eso? —me interrumpió—. Quiero decir, si aceptaste es porque algo tienes que ganar, ¿no?
—Sí, eso seguro —apuntó Oliver, que nos había seguido—. Pero a ver si te lo dice a ti, porque a mí no me lo quiere contar y ya me tiene de los nervios con ese misterio.
Es que no se calla, de verdad, no se calla.
—No se los he dicho porque es algo que no tiene importancia —dije, encogiéndome de hombros para restarle peso al asunto, aunque noté cómo se miraban entre ellos con complicidad.
—Ah, claro. Te vas a besar con alguien que ni te va ni te viene, y lo vas a hacer por algo que no tiene importancia. Muy cuerdo todo, Alexandra.
—Yo no he dicho que David no me guste —protesté.
Ambos me miraron al mismo tiempo.
—Ah, no, otra vez no. Yo me voy. Esto que va a decir ya me lo sé y no lo voy a volver a escuchar. Adiós —dice Oliver, dándose la vuelta y dejándonos solas a Sara y a mí.
Sara se cruzó de brazos y me clavó la mirada.
—Dime la verdad, ¿te gusta David?
—Sara, ¿a qué mujer no le gusta David? Además, tampoco es como si me fueran a sacrificar en una hoguera por esto.
—Ok, está guapo y todo lo que quieras, pero ¿qué pretendes con esto?
—Un beso. Solo eso —insistí.
—Estás loca, ¿lo sabes, verdad?
—Más o menos —le respondo, haciendo el ademán con la mano.
—¿Sabes que esto te puede salir muy mal?
—Puede —admití. Que existía el riesgo de que terminara en desastre lo tenía más que claro desde el momento en que dije «hecho».
—Mira, ahí está —me avisó Sara.
Me señaló una de las barras que habían montado a unos metros de la pista de baile, cerca de la piscina. Era el momento de acercarse.
—Bien, es ahora o nunca.
Cuando me dispuse a caminar, Sara me sujetó firmemente de la mano.
—¿Estás segura? —me preguntó, intentando que cambiara de opinión en el último segundo.
Pero no iba a echarme atrás. Lo iba a hacer.
—Sí. Si lo consigo, va a ser solo un beso.
Ella me miró con una seriedad que me caló hondo.
—Tú y yo sabemos que no va a ser un simple beso.
Quizá en ese momento yo pensaba que sí, que sería algo pasajero y sin consecuencias, y otra cosa muy distinta era lo que pudiera llegar a sentir cuando ocurriera. Pero iba mentalizada para no sentir nada. O eso creía.
