Apostó Perderme.

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Capítulo 5 Cuestión de hermanos

ALEXANDRA

En cuanto terminaron las clases, vine directo a casa. Necesito pensar bien qué outfit me voy a poner; quiero estar lista y, sobre todo, verme bonita. Antes de salir del instituto, Lucía me recordó que esta era mi oportunidad perfecta para poner el plan en marcha. Lo que la pobre no sabe es que no tengo ningún plan. A decir verdad, jamás me imaginé en la situación de tener que besar a David Guerra, y no tengo la menor idea de cómo van a salir las cosas.

No sé cómo actuar ni qué hacer para que un chico se fije en mí. Pero lo peor no es eso; lo peor es que no se trata de un chico cualquiera. Ninguno de los que van a mi colegio lo es.

​Justo cuando termino de elegir la ropa, escucho que mi celular empieza a sonar sobre la cama. Voy a buscarlo y se me dibuja una sonrisa tonta en el rostro en cuanto veo de quién se trata.

​—¿Ya me extrañas? —digo a modo de saludo.

​—Ya sabía yo que algún día se te iban a pegar las estupideces de Lucía —Oliver suspira al otro lado de la línea.

Ruedo los ojos, pidiendo paciencia en mi interior.

​—Oliver, no empieces —le pido. Sé perfectamente que los planes de hoy no le hacen ninguna gracia, pero yo solo tengo una meta en la cabeza: conseguir ese beso.

​—¿Vas a ir a la fiesta? —me pregunta, adoptando un tono más serio.

​—Sabes que sí. David nos invitó a las chicas y a mí.

​—Tienes claro que es solo un beso y ya, ¿no? Es decir, no te vayas a enamorar. Además, él no tiene ni idea de que esto es una maldita apuesta de la cual, por cierto, sigues sin decirme qué ganas si lo consigues. ¿Por qué tanto misterio?

​Ese pequeño detalle me lo había guardado. Si le digo que el premio es que Lucía intente llevarse bien con él, me mata, así que prefiero mantenerme calladita.

​—Porque no es importante —le suelto sin más.

​—Ah, ¿no es importante? Y te vas a besar con un tío que ni siquiera te gusta. —Definitivamente, este tema lo saca de quicio. Siempre me ha cuidado como a una hermana y detesta la situación.

​—Yo no he dicho que David no me guste.

​—¿Cómo?

​—Oliver, ¿a qué mujer no le gusta David? Si tiene un cuerpo hecho a mano.

​—Alexandra, por favor, no me des información que no te he pedido —me corta.

Intento contener la risa, pero me resulta imposible.

— Te lo digo en serio, no es nada agradable escuchar a mi hermana decir que un chico tiene el cuerpo hecho a mano y esas cosas.

​Mis carcajadas ya son inevitables.

​—Oliver, no somos hermanos.

​Y ahí viene la bomba en tres, dos, uno...

​—¡ALEXANDRA, NO VUELVAS A DECIR ESO, ¿OK?! —Bueno, debo admitir que me deja sorda por unos segundos.

​—Oliver, no grites, ten piedad de mis oídos. Mira, tengo que colgar para arreglarme, ¿vale? Besitos, te a...

​—...mo —termina él la frase por mí. Siempre lo hace si yo la empiezo, y si la inicia él, la termino yo; es una costumbre que tenemos desde niños.

​Tras cortar la llamada, me encamino a la ducha para empezar a alistarme. Dos horas después, ya estoy lista y esperando a Lucía. Aunque vivo justo enfrente de la casa de David, le pedí que pasara por mí para que entráramos juntas. Mientras llega, me miro en el espejo por enésima vez. Creo que quedé bonita.

Escogí un vestido negro bastante ceñido al cuerpo, de un largo intermedio. Aunque todavía soy una adolescente, debo admitir que tengo bastante busto, como si tuviera dieciocho años, y eso no me ayuda mucho a la hora de vestirme; si uso escotes llamo demasiado la atención. Lucía suele decirme que me favorecen más las blusas o vestidos de cuello alto. Me alisé un poco el cabello para llevarlo suelto y de maquillaje solo usé un brillo labial transparente. Combiné el vestido con unas sandalias de tacón medio del mismo color; el conjunto completo es bastante sencillo y discreto. No quiero que se repita el trago amargo del colegio.

​A los cinco minutos, Lucía llega a buscarme.

​—Hola. Estás guapísima —le digo en cuanto la veo.

Ella es de esas personas con una belleza tan imponente que es imposible no quedarse mirándola cuando pasa. Lleva un vestido corto gris, muy ajustado. A ella no le da pena presumir de piernas largas; a sus catorce años ya mide 1.70. Es altísima, como todos en su familia, y las sandalias altas que lleva la elevan mucho más. Su maquillaje es alucinante; se nota que usó los productos de Dream, especialmente un tono cereza en los labios que resalta muchísimo con su piel blanca.

​—Tú también estás linda. Te arreglaste acorde a tu estilo, te ves muy bien. ¿Nos vamos?

​—Sí, vamos —respondo, sintiendo cómo los nervios me van ganando terreno.

​—Vine con Mario y Christian, pero ya nos están esperando adentro —me comenta, refiriéndose a su hermano mayor y al mejor amigo de este—. ¿Oliver va a venir? —pregunta con un deje de molestia en la voz.

​—Sí —es lo único que le digo, para evitar que empiece a criticarlo.

​—¿Y va a venir solo?

​No entiendo a qué viene tanto interés.

​—No, viene con sus hermanos. ¿Por qué?

​Oliver tiene un hermano y una hermana mayores. Harry tiene la misma edad que mi hermana Carla, es cinco años mayor que nosotros. La verdad es que sé bien poco de él; estudia fotografía en una de las mejores universidades de Londres y ya vivía allá junto a Sara, su hermana, porque ambos asistían a una escuela de artes. Los señores Castro se dieron cuenta que desde que eran niños tenían una gran inclinación artística: Harry con la fotografía y Sara con el ballet.

Sara es un año mayor que Oliver y debo decir que es mi única amiga fuera del instituto. Es un sol; hablamos todos los días y, a pesar de la distancia, nos queremos muchísimo. No puedo decir lo mismo de Harry; con él casi no tengo comunicación, aunque nos llevamos bien. Por mi hermana sé que en Londres todas las chicas se mueren por él, pero a él no le interesan los compromisos.

Hoy en el colegio, Oliver me contó que habían regresado a Madrid por una semana y que vendrían a la fiesta, lo cual me alegró porque tengo muchas ganas de ver a Sara.

​—Qué bien. Si ya me daba náuseas ver a uno solo, ahora tener que ver a los tres Castros juntos... ¡maravilloso! —Se queja Lucía.

Tampoco entiendo por qué se lleva mal con Sara y Harry, pero si hoy consigo el beso, va a tener que cumplir su palabra.

​—Recuerda que si consigo el beso, me prometiste que ibas a intentar llevar la fiesta en paz con Oliver —le recuerdo, y su rostro cambia de inmediato.

​—Sí, tú misma lo has dicho: si lo consigues.

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