Apostó Perderme.

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Capítulo 4 Fatalismo geográfico

ALEXANDRA

​—¿Se puede saber qué haces vestida así? —soltó Lucía en cuanto se acercó. Parecía realmente molesta y, la verdad, no entendía por qué.

​—¿Por qué? ¿Qué tiene de malo mi ropa? —pregunté, desconcertada.

​—Pasa que está totalmente fuera de lugar —insistió.

​Ok, ahora entendía menos.

​—Lu, sigo sin comprender. ¿Qué le pasa a mi vestido? —Me revisé de arriba abajo buscando alguna costura rota o alguna mancha, pero estaba impecable. Eso solo me confundió más.

​—Que no tienes dinero, Alexandra, así que no te vistas como si lo tuvieras, porque te ves ridícula. Aquí todos saben que estudias en este colegio porque Claudia Castro te paga la colegiatura, igual que hizo con tu hermana. Está bien, nadie se mete en eso, pero no quieras aparentar lo que no eres. Aunque el mono se vista de seda, mono se queda. Y te lo digo porque soy tu mejor amiga.

​No tenía idea de que cambiar mi estilo me haría ver como si intentara presumir algo que no tenía. Jamás había sido esa mi intención.

​—Lu, no quería aparentar nada... —Traté de defenderme, pero ella seguía rígida.

​Camila y Katia tampoco disimulaban su fastidio; me escaneaban con la mirada y, aunque mi plan era llamar la atención, definitivamente no quería que fuera de esta manera.

​—Yo solo quería que David se fijara en mí por lo del reto, nada más —les confesé.

​No pude evitar que los ojos se me llenaran de lágrimas y que una de ellas me resbalara por la mejilla. Me dolía profundamente que Lucía pensara que quería presumir. Yo sé perfectamente que soy pobre y jamás pretendería ser rica ni pertenecer a su mundo; tengo muy claro que estoy en este instituto por pura generosidad de la familia Castro, y es algo que nunca voy a olvidar.

​Me marché a mi salón con el ánimo por los suelos. Durante las clases fui incapaz de prestar atención; las palabras de Lucía daban vueltas en mi cabeza una y otra vez. Al fin y a cabo, ella era mi mejor amiga, y si me lo había dicho de esa forma tan cruda, debía de ser por mi bien. Ella nunca buscaría lastimarme de adrede. Aun así, me sentía fatal. Me daba la impresión de que me había equivocado por completo; debí haber guardado mi lugar e intentar captar la atención de David de otra manera. Ahora él pensaría lo mismo que Camila y Katia: que era una ridícula que intentaba encajar a la fuerza.

​Cuando sonó el timbre que daba por terminada la jornada, decidí marcharme sola. Lo último que quería era cruzarme con alguien en los pasillos, así que apuré el paso todo lo que mis cortas piernas me permitieron —porque sí, mido 1.60—. Sin embargo, la suerte no estaba de mi lado y parecía que hoy estaba destinada a hacer el ridículo por completo. Nada más llegar a la salida principal, me topé con el grupo: David, Lucía, Camila, Katia y Marcos, el mejor amigo de David.

Estaban todos reunidos en la entrada del instituto, haciendo imposible que pudiera pasar desapercibida. Tampoco podía refugiarme en el estacionamiento a esperar a Oliver, porque hoy tenía entrenamiento de fútbol y saldría tardísimo.

No me quedaba más remedio que avanzar y rezar por un milagro para que no me vieran, pero fue misión imposible. Lucía me descubrió y me llamó. En ese instante quise que la tierra me tragara, pero el universo no es tan generoso. Me armé de valor y caminé los tres metros que nos separaban.

​—¿Te ibas sin despedirte? —me preguntó Lucía.

Su tono de voz era completamente distinto al de la mañana; ya no estaba enojada, lo que me provocó un alivio enorme.

​—No, es que iba un poco distraída, lo siento —respondí sin levantar la cabeza, incapaz de mirar a mi alrededor por la vergüenza.

​—Sí, es verdad. Últimamente vive en las nubes, ¿verdad, Katia? —comentó Camila.

No entendí a qué venía eso, pero tampoco tenía energías para ponerme a indagar. Lo único que deseaba era llegar a mi casa y prenderle fuego al vestido.

​—David, no voy a poder ir a la fiesta —le dijo Lucía, volviéndose hacia él—. Había quedado en estudiar con Alexandra mañana por la tarde, después del colegio. Lo siento mucho.

​Sabía que Lucía estaba invitada a las fiestas de David, que según los rumores eran las mejores del año, pero a mí jamás me incluían en esos planes. Tampoco es que me importara demasiado; prefería quedarme en mi habitación viendo desfiles de moda y pasarelas en internet.

​—¿En casa de Alexandra? —intervino David. No sé qué tuvo el sonido de mi nombre en su boca, pero me provocó un escalofrío extraño en el vientre.

​—¿Qué? No, obvio que ella viene a la mía —Lucía y sus amigas soltaron una carcajada—. En su recámara no cabemos ni nosotras dos juntas para estudiar, por Dios, a quién se le ocurre.

​Es verdad que la habitación de Lucía era del tamaño de mi casa entera, pero no hacía falta exagerar de esa manera.

​—Alexandra, ¿y por qué no dejan el estudio para otro día y vienen juntas mañana a la fiesta? —propuso David.

​Me quedé helada. ¿Acababa de escuchar bien? ¿David Guerra me estaba invitando a su casa?

​—Bueno, si Alexandra dice que sí, por mí no hay problema —añadió Lucía con un tono cómplice, encogiéndose de hombros—. Si dice que no, tendrá que ser para la próxima.

​La decisión había quedado completamente en mis manos. Era ahora o nunca.

​—Está bien —respondí—. Total, no pasa nada por perder un día de estudio. Además, no es como que la fiesta me quede muy lejos; vivo justo enfrente.

​David y Marcos me miraron fijos, como si de repente me hubieran salido dos cabezas. Eso me confirmó que él ni siquiera sabía que compartíamos calle.

​—¿Por qué dices que no te queda lejos? —preguntó él.

Lo sabía, no tenía la menor idea.

​—Somos vecinos, David —le contesté, como si fuera lo más obvio del mundo.

​—¿En serio? ¿Y eso cómo es posible, si tú no tienes dinero? —Ni siquiera se había percatado de la existencia de la casa pequeña que contrastaba con su propiedad.

​—Fatalismo geográfico, supongo —comenté, encogiéndome de hombros con fingida indiferencia.

​—Espera, ¿tu casa es esa pequeña que está justo frente a mi mansión? —insistió, como si le costara creerlo.

​—Sí, esa misma.

​—Pues sí que es un fatalismo geográfico, sí —admitió él, soltando una risa ligera—. Bueno, entonces nos vemos mañana en la fiesta. Adiós, vecina.

​Me guiñó un ojo antes de darse la vuelta. No entendí la razón de ese gesto, pero volví a sentir ese chispazo recorriéndome el estómago.

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