Apostó Perderme.

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Capítulo 3 CAPÍTULO 3 La excepción de la regla

ALEXANDRA.

No pude dormir nada. No sé qué voy a hacer, solo tengo claras dos cosas: la primera es que tengo un reto que cumplir; la segunda, que no será nada fácil. David no tiene la menor idea de mi existencia, y me lo confirmó ayer cuando llegó y ni siquiera reparó en mí.

​Diría que su actitud me molestó, pero no es verdad; estoy acostumbrada a pasar desapercibida. De hecho, no me gusta llamar la atención. Sin embargo, si quiero que se fije en mí, voy a tener que hacer algo para que note que existo. Solo necesito un beso, nada más. Un beso y todo quedará en el pasado como una gran lección: no volver a aceptar retos estúpidos.

​Hoy decidí cambiar un poco mi forma de vestir; si quiero captar su atención, tengo que arriesgarme. Para eso no necesito ayuda; me gusta tanto la moda que sé perfectamente cómo combinar las prendas. Lo malo es que en este instituto la gente no se fija solo en si el bolso combina con los zapatos, sino en la marca de ambos, y de eso sí que carezco. No me avergüenza ser pobre, quiero aclararlo; lo que me incomoda es que Claudia tenga que pagar siempre mi colegiatura. Siento que mi familia nunca podrá pagarle a los Castro todo lo que han hecho por nosotros y, a veces, me da la impresión de que mi madre abusa de su confianza.

​Me levanté con poco ánimo, pero sé que tengo que seguir adelante. David tiene que darme ese beso si no quiero perder la poca confianza que me queda. Porque lo reconozco: no confío en mí misma, ni en mis capacidades ni en mis cualidades. Por eso necesito cumplir este maldito reto sea como sea.

​Me di una ducha de veinte minutos para intentar relajarme, pero fue inútil. Al salir, fui directo al armario a buscar el conjunto de hoy. Es algo sencillo, porque yo soy así. Elegí un vestido de verano, un poco ceñido en la cintura y con algo de vuelo en los muslos; no es largo, pero tampoco demasiado corto. Tiene tirantes entrelazados en la espalda y un estampado de flores rosas pequeñas que lo hace lucir muy fresco. Me recogí el cabello en una coleta alta y solo me apliqué un poco de brillo labial de un tono natural. Al mirarme al espejo, me gustó lo que vi. Por desgracia, no es a mí a quien le tiene que gustar, sino a David, y eso va a ser lo verdaderamente difícil.

​Salí de casa sin desayunar. A mis padres no les importó, ya que es algo que hago a menudo cuando voy retrasada. Hoy apenas me dio tiempo de ponerme mis sandalias bajas de correas favoritas. Las uso para ocasiones especiales y hoy venían de maravilla con el vestido.

​Oliver estaba esperándome, como siempre, listo para abrirme la puerta del auto y sentarse a mi lado.

​—¡Wow! ¿Y qué estamos celebrando hoy? —me preguntó en cuanto me acomodé.

​—Bueno, que yo sepa, no se celebra nada. ¿Por qué lo dices? —intenté hacerme la tonta.

​—Alexandra, tú nunca vienes vestida así al colegio. Y, además, estás temblando. Estás nerviosa, ¿por qué?

​Era obvio que se daría cuenta; es mi mejor amigo, si no lo notaba él, no lo haría nadie. Terminé contándoselo todo, con pelos y señales. Su expresión me dio a entender dos cosas: primero, que pensaba que estaba loca; segundo, que estaba convencido de que iba a arruinarlo todo. Lo peor es que yo sentía exactamente lo mismo.

​—No me mires así, no estoy loca —protesté, aunque quizá un poco sí lo estuviera.

​—Tienes razón, no estás loca. Estás para que te encierren en un manicomio.

​—Vale, puede que un poco, no te lo discuto. Pero soy una loca tierna —le dije haciendo un puchero.

A él no le quedó más remedio que sonreír. Oliver siempre ha sido el más maduro de los dos; siempre me da consejos como si fuera mi hermano mayor, aunque tengamos la misma edad y solo me gane por un mes.

​Al bajarnos del auto, mis miedos y mis inseguridades empeoraron. No sabía cómo saldrían las cosas y los nervios me carcomían, pero sentir la mano de mi mejor amigo en mi espalda me dio la confianza suficiente para caminar a su lado hacia la entrada. Esa seguridad se esfumó en cuanto se despidió para ir a su salón.

​Me quedé sola esperando a Lucía, Camila y Katia. No pasó ni un minuto antes de verlas cruzar la puerta principal. Este colegio es inmenso y sumamente lujoso; aquí estudian los hijos de políticos, actores famosos y grandes empresarios. Yo soy la pequeña excepción a la regla, ya que mis padres jamás habrían podido pagar una educación así para mi hermana y para mí. Todos los que asisten aquí están destinados a ser el relevo de sus poderosas familias; yo, de nuevo, soy la excepción.

​A mis padres les molesta que hable de lo que quiero hacer cuando me gradúe; ni siquiera soportan escuchar la palabra modelaje. Para ellos, mi futuro ideal es trabajar como secretaria en Dream o cualquier otra labor similar. Sienten que no puedo ni merezco aspirar a más. Al principio creía que simplemente no me entendían y que solo apoyaban a mi hermana Carla por ser la mayor; pero después de escuchar los comentarios de mi mejor amiga, empiezo a creer que tienen razón. No todos pueden estar equivocados. Es bueno soñar, pero hay que mantener los pies en la tierra.

Lucía tiene razón: el hecho de que estudie en el mismo colegio que ella y Oliver no me hace igual a ellos; tener su amistad ya es un privilegio. Por eso nunca olvido que es la señora Claudia la que siempre ha pagado nuestros estudios, y si para devolver el favor tengo que trabajar para ellos en el futuro, será un verdadero honor.

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