Apostó Perderme.

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Capítulo 2 Sesenta segundos de suerte

ALEXANDRA

‎​Recogió su bolso de Dolce & Gabbana y comenzamos a caminar. En el trayecto nos encontramos con Camila y Katia. Eran amigas de Lucía, pero como yo siempre andaba con ella, se podría decir que también eran las mías.

‎​—Te tenemos un reto, amiga —me dijo.

‎Camila con una sonrisa pícara. Me daba pavor cuando ponía esa cara.

‎​—¿Un reto? —pregunté sin entender.

‎​—Sí, un reto simple.

‎​—¿De qué se trata? —La curiosidad pudo conmigo.

‎​—Tienes que hacer que el primer chico que pase por tu lado derecho te bese.

‎​Y luego decían que la loca era yo.

‎​—¿Qué? No, ni hablar.

‎​—Anda, tú puedes —me animó Katia con una sonrisa.

‎​—Que no. ¿Para qué querría hacer eso?

‎​—¿Cómo que para qué? Nunca te hemos visto fijarte en nadie y ya va siendo hora, ¿no? —El comentario de Lucía no ayudó en absoluto, y algo me decía que ella ya estaba compinchada.

‎​—No me he fijado en nadie porque nadie ha llamado mi atención —y era la verdad, no me gustaba nadie.

‎​—Por eso va a ser un reto, para romper el hielo. ¿Verdad, chicas? —insistió Lucía, buscando el apoyo de Camila y Katia.

‎​—Además, nadie te está pidiendo que te enamores de él, solo que le des un beso y ya está —mencionó Katia.

‎​Pensé en mis opciones. Realmente, ¿qué era lo peor que podía pasar? Yo era bonita; no al nivel de Lucía, pero me defendía. Lo que más me gustaba de mi físico eran mis ojos y mi cabello, ambos de un color miel que se aclaraba cuando estaba triste o enojada. Por lo demás, era una chica normal, del montón, nada del otro mundo.

‎​—Vale, lo haré. Total, ¿qué puede salir mal?

‎​—Exacto, ¿qué puede pasar? —coincidió Camila.

‎​—Bien. El primer chico que pase a tu lado en el próximo minuto es el elegido. Pero con dos condiciones: él tiene que querer y no puede saber que es un reto, ¿vale?

‎​—¿Y si lo consigo? —pregunté.

‎​—Si lo consigues, intentaré llevarme bien con Oliver —prometió Lucía. Solo por escuchar eso estaba dispuesta a hacer lo que fuera; no había nada mejor que ver a tus dos mejores amigos en paz.

‎​—Hecho —dije de inmediato. Al instante, activaron el cronómetro del celular para contar los sesenta segundos.

‎​—¡Hola!

‎No habían pasado ni veinte segundos cuando el primer chico apareció por mi flanco derecho, y no era un chico cualquiera. Se trataba, nada más y nada menos, de David Guerra, el hijo de otra de las familias más influyentes de Madrid.

‎​—¿Cómo están, chicas? —A pesar de estar parado justo a mi lado, solo se dirigió a Lucía, Camila y Katia. A mí ni me miró.

‎​—De maravilla —le respondió Lucía—. ¿Y tú?

‎​—Súper, como siempre.

‎​David Guerra era el ideal de cualquiera: alto, fuerte, de ojos azules y con un cabello tan dorado que parecía competir con los rayos del sol. Sin embargo, en ese momento me fijé en un detalle que nunca antes había notado: tenía un pequeño lunar en la mejilla izquierda. Era diminuto, pero le daba un aire muy interesante. David era tres años mayor que nosotras; este era su último año en el colegio antes de dar el salto al instituto. Mientras hablaba con Lucía, no pude apartar la vista de ese lunar, sintiendo un leve vértigo en el vientre que jamás había experimentado. Le quedaba increíble.

‎​Terminó de hablar, se despidió y se marchó justo cuando sonó la campana que anunciaba el inicio de las clases.

‎​El resto del día transcurrió con normalidad, entre una asignatura y otra. Cuando sonó el último timbre y me disponía a marcharme a casa, Lucía y las chicas me llamaron.

‎​—Alexandra, recuerda que tienes un reto que cumplir.

‎​Ya me había olvidado por completo de aquello. Pero un momento... al final no había pasado nadie más.

‎​—Sí, bueno, pero es que al final no pasó ningún chico —les dije, tratando de sonar lógica.

‎​Todas me miraron con incredulidad.

‎​—¿Cómo que no? —preguntó Camila.

‎​—No —contesté, como si fuera obvio.

‎​—¿Y David Guerra qué es? ¿Un fantasma?

‎​—Sí, bueno, pero él no cuenta.

‎​—¿Por qué no? ¿Acaso no es un hombre?

‎​—Sí, pero es mi vecino. —David vivía en uno de los barrios más exclusivos de Madrid y yo justo enfrente de su mansión, en una casa modesta pero bonita.

¿Qué hacía una casa modesta en un vecindario de millonarios? Un error geográfico, supongo.

‎​—No importa. De hecho, si sabes jugar tus cartas, eso es una ventaja —apuntó Camila.

‎​—Camila, va a ser súper incómodo. Es mi vecino, joder —protesté, imaginando la situación. Me moría de la vergüenza solo de pensarlo.

‎​—Tienes que cumplir el reto. Te tocó él, así que alégrate; pudo haber sido alguien feo. Tuviste suerte, después de todo —Katia se echó a reír, aunque yo no le veía la gracia por ningún lado.

‎​—Ese chico ni sabe que existo —me quejé.

‎​Pero no sirvió de nada. Siguieron insistiendo en que debía cumplir mi palabra y, a esas alturas, ya no había marcha atrás.

‎​Decidí regresar caminando a casa para tener tiempo de pensar cómo iba a actuar. ¿Cómo se suponía que iba a conseguir que el chico por el que medio Madrid suspiraba, y que ni me registraba, aceptara darme un beso? Decirlo era fácil, pero la realidad era otra. Si fuera tan espectacular como Lucía o sus amigas, quizás estaría más tranquila, pero no era el caso. Y, por alguna razón, la idea de que me rechazara me dolía de antemano.

‎​Tenía el presentimiento de que esto iba a ser el detonante de algo grande. La verdadera pregunta era si sería algo bueno o el comienzo de un desastre.

Sentía que, después de esto, ya no volvería a ser la misma chica de antes, y eso me asustaba. Si de algo estaba segura, era de que no me consideraba una persona valiente ni decidida; y presentía que, para lo que se avecinaba, esas dos cualidades iban a ser fundamentales. Cualidades de las que yo carecía por completo.

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