Capítulo 1 Cuestión de perspectiva
ALEXANDRA.
Odio el despertador. No sé quién lo inventó, pero definitivamente no es de mi agrado. Lo único bueno de la mañana es recordar que, desde ayer, soy un año mayor. Cumplí catorce años. Sé que todavía soy una adolescente, pero no puedo evitar sentir esa necesidad de crecer rápido, de volverme adulta para empezar a cumplir mis sueños.
¿Que cuál es mi sueño? Es simple: quiero ser modelo, que me conozcan en todo el mundo y llegar a ser una de las mejores. Sueño con estudiar en París y convertirme en un orgullo para mis padres. Creo que mi mayor deseo, el más real, es escuchar de sus labios un «estamos orgullosos de ti». Sé que algún día lo voy a conseguir; sé que un día me mirarán con los mismos ojos con los que miran a mi hermana mayor.
—¡Alexandra! —me llamó mi madre desde la planta baja—. El chófer de Oliver ya está aquí, no te demores.
—¡Ya voy, mamá!
Oliver es mi mejor amigo; nos conocemos desde que éramos críos. Sus padres son los jefes de mi papá. Tienen una empresa gigantesca de lencería femenina y joyería fina: una supermarca llamada Dream. Y realmente es un sueño poder comprar sus productos, que van desde ropa interior y joyas exclusivas hasta perfumes y maquillaje. Mi madre y Claudia, la mamá de Oliver, se quedaron embarazadas prácticamente al mismo tiempo, solo que él nació en agosto y yo en septiembre.
Mi madre siempre se encargó de que nos lleváramos bien, al punto de que nos volvimos inseparables.
Vamos a la misma escuela, pero no porque mi familia tenga el mismo dinero que la suya. No. Lo que pasa es que su mamá me quiere tanto que nos paga la colegiatura, tanto a mi hermana como a mí, para que Oliver y yo no nos distanciáramos. Bueno, a mi hermana también se la pagaba, solo que ella es cinco años mayor que yo y ya está en la universidad gracias a una beca de estudios en Italia, en una de las mejores facultades de Medicina de ese país.
Nada más abrir la puerta de mi casa, me topé con el lujoso Audi RS6 y con mi mejor amigo esperándome afuera, listo para abrirme la puerta del auto y ayudarme a subir.
¿Que por qué lo hace?
Él dice que todos los hombres deberían ser así, y que el día que salga con un chico que no tenga ese detalle, lo deje plantado en el acto. La verdad, no me imagino plantando a nadie, mucho menos cuando ni siquiera me he enamorado.
Una vez que estuvimos los dos a salvo dentro, el chófer se puso en marcha hacia el instituto.
—Mira, Oliver, ahí está Lucía —le señalé en dirección a una fuente que hay en la entrada del colegio, donde estaba sentada mi mejor amiga.
—¿Cuántas veces tengo que decirte que no me agrada? —me soltó, sin molestarse en mirar hacia donde apuntaba mi dedo.
—No entiendo cuál es tu problema con ella —lo miré fijo. Le había hecho esa pregunta un millón de veces, pero nunca respondía, o si lo ponía en aprietos, cambiaba de tema.
—No me cae bien, ya te lo dije —su respuesta seguía sin convencerme.
—¿No será que te gusta? —Al soltar eso, se tensó y me clavó una mirada seria y molesta.
—Se te cruzaron los cables, Alex. Estás haciendo cortocircuito.
—¿Por qué lo dices?
—¿Es en serio? Mírala a ella y mírame a mí —insistió, con total seriedad.
—Ella no es fea. —Al contrario, Lucía era preciosa. Tenía unos ojos azules y un rostro tan angelical que cualquier agencia de modelos se pelearía por ella. Tenía un cuerpo hermoso y era muy inteligente. Aunque admito que poseía un carácter difícil, conmigo siempre se portaba de maravilla.
—Alex, no lo digo por el físico.
—¿Por el dinero entonces? —De acuerdo, ahora sí que se había enojado.
—No me mires con esa cara de Chucky.
—Sabes perfectamente que a mí eso no me importa.
Sabía que a Oliver el dinero le daba igual. Pero si no era el físico y tampoco era la clase social, ¿qué demonios hacía que detestara la idea de verme con Lucía?
—¿Entonces qué es?
—Es ella, Alex. Simplemente es ella —se pasó las manos por la cara, un gesto que hacía desde niño cuando la frustración le ganaba, como cuando perdía a las cartas conmigo.
Abrió la puerta, bajó del auto y yo fui detrás de él a toda prisa hasta alcanzarlo.
—Pero, ¿qué tiene ella? No entiendo nada.
—Que no te merece como amiga, y tú no te das cuenta.
Eso me tomó completamente por sorpresa. Ahora entendía menos que antes.
—¿Que no merece mi amistad? Oliver, ¿te estás escuchando? Lucía es una de las chicas más populares del instituto y de toda Madrid. Si alguien no merece la amistad de la otra, soy yo.
—¿Y? —Se detuvo en seco y me miró incrédulo—. ¿Qué tiene que ver?
—Oliver, ella podría ser amiga de quien quisiera, pero me eligió a mí. Igual que tú.
—¿Es en serio, Alex? Mira, punto número uno: yo no te «elegí» como amiga —marcó unas comillas en el aire con los dedos—. Tú me demostraste que podía y puedo confiar en ti, porque lo has hecho desde que éramos niños. Punto número dos: no me vuelvas a comparar con ella. Y punto número tres, el más importante... No te vuelvas a minimizar ante nadie, y mucho menos ante ella.
Me dijo esa última frase despacio, remarcando cada palabra como si temiera que no me quedara claro.
—Tú y tu amistad valen más que todo el oro del mundo. ¿Te enteras?
Estaba tan serio y enojado que lo único que pude hacer fue asentir con la cabeza, sintiéndome como una niña pequeña ante su regaño.
—Pensé que ese pesado no se iba a despegar de ti nunca —me dijo Lucía a modo de saludo.
A ella tampoco le agrada Oliver.
—No le digas así, es mi mejor amigo —la regañé.
—Y yo soy tu mejor amiga.
—¿No será que te gusta? —Con Oliver la pregunta no había surgido efecto.
—Pero tú estás loca —respondió de inmediato.
Otra más.
—¿Por qué? Oliver es lindo, de hecho, es el chico más guapo del colegio —y no mentía.
Tenía un cuerpo bastante ejercitado para la edad que teníamos. Sus ojos eran de un verde intenso que se oscurecía cuando se enojaba, y su cabello negro contrastaba con la palidez de su piel.
—No me importa, sabes que no es mi tipo —y era verdad.
—Sí, lo sé, ¿pero por qué te cae tan mal?
—Porque, simplemente, no tiene mi nivel, aunque tenga el apellido que tiene. —Oliver pertenecía a una de las familias más importantes de España: los Castro. El poder en el país parecía dividirse entre tres apellidos: los Castro, los Martínez —que era el de Lucía— y los Guerra. Esos eran los clanes más influyentes.
—¿A qué te refieres con que no está a tu nivel?
—Oliver tiene dinero pero piensa como pobre.
—Pero si solo tenemos catorce años.
— No importa la edad.
—Bueno, ¿nos vamos a clase? —Decido dejar el tema.
