Amor en transmisión

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Capítulo 5 NO CON EL JEFE

Además, es mi sustento y la manera en que llevo comida a mi boca.

—El dinero no es problema, yo puedo pagarte todo lo que tú necesites, pero tú eres y serás mi mujer, Jessica. Te haré mía, ¿lo entiendes? Y no quiero ver que utilices tu cuerpo, y menos que otros hombres te vean.—

—¿Tu mujer? No me hagas reír. Nunca he accedido a nada contigo. ¿Piensas violarme o qué?—

—Jamás te tocaría sin tu consentimiento.—

—¿En serio? Lo del ascensor fue no consentido, ¿lo olvidas?—

—Fue un impulso, no pude parar. Has sido objeto de mi deseo por más de seis meses y haberte encontrado en ese elevador simplemente exploté.—

—Es un animal, que no puede controlar sus más bajos deseos.—

Yo no estoy en venta y no quiero su dinero. Debería salir con las modelos con las que siempre se le ve en revistas y dejarme en paz.

—¿Por qué motivo me rechazas?, ¿acaso no soy lo suficientemente bueno para ti?—

—Es un mujeriego, usted solo me quiere para tener sexo y yo quiero que mi primera vez sea con un hombre del cual esté enamorada.—

Sin continuar más esta conversación, me pongo de pie y me dispongo a salir del hotel.

Él me sigue, aligero el paso. Cuando estoy fuera del hotel me vuelvo y le advierto que no me siga o le daría un golpe con la suela de mi tacón. Él solo sonríe y no me dice nada más. Mientras espero que pase un taxi, el botones le trae un Bugatti de último modelo, de color gris.

—Realmente hermoso auto —hablo en voz alta.—

Él sonríe al escucharme decir eso y me invita a un paseo.

—Te dejaré conducirlo —afirma.—

—No me brindas confianza, señor pervertido.—

—Oh, vamos, no soy un monstruo, déjame demostrártelo.—

—No intentarás ningún movimiento extraño.—

—Te lo prometo.—

Tocando su mano en el pecho.

—Un paseo rápido está bien.—

Sonríe de oreja a oreja al escuchar mi respuesta y me entrega las llaves.

Me siento en el asiento del conductor, está cubierto de cuero y el manubrio es suave al tacto, muy cómodo. Él entra y se sienta en el lado del copiloto. Se acerca a mí y yo retrocedo; nuestros rostros están cerca, pero él solo toma el cinturón de seguridad para abrochármelo.

Después enciendo el motor, ruge y piso el acelerador. Este auto es magnífico. Conduje hasta una tienda de comida china a la cual siempre iba cuando estaba en la universidad. No había cenado y moría de hambre.

Apagué el motor y le dije que me quedaría en el restaurante para cenar y él insistió en acompañarme.

—Cenaré sola, ¿para qué quieres venir?—

—Yo también estoy hambriento.—

—Está bien.—

Entramos al restaurante y tomamos una mesa, ordenamos comida y, después de unos cuantos minutos, él me preguntó.

—¿Quieres tener una cita conmigo y conocernos?—

Me sorprendió su comentario.

Desde que lo conocí solo ha hablado de poseerme y tener sexo conmigo.

Así que escucharlo invitarme a salir como alguien normal me emociona un poco. A pesar de su carácter horrible, es un hombre muy atractivo; sería la envidia de cualquier mujer.

Me quedo pensativa mientras lo veo a los ojos. Parece sincero.

—No estarás cambiando de táctica para llevarme a la cama.—

Sonríe de una manera traviesa. “Demonios, sonriendo así es aún más guapo”.

No puede gustarme mi jefe.

Responde:

—Solo quiero conocerte, no te negaré que te deseo, pero no te tocaría sin tu consentimiento.—

—Bueno, has sido muy directo, que no sé qué decir.—

—Solo di que sí, preciosa.—

—Por cierto, considera lo que te dije de dejar el streaming. Eres una mujer muy bella, podrías trabajar en cualquier otro ámbito. Créeme, yo soy el que más disfruta de tus transmisiones, pero si quiero salir contigo deseo que nadie más vea lo que es mío.—

—No hemos salido y ya deseas prohibirme cosas. Además, no tengo tu nombre tatuado en mi piel para que digas que soy tuya.—

—No es mala idea, ¿sabes?—

Le hago una mueca de desaprobación.

La mesera se acerca con nuestros pedidos. Debajo del refresco de Christian veo que pone un pequeño papelito.

Lo observo disimuladamente. Él no abre el mensaje, pero no me falta imaginación para saber cuál es su número de teléfono.

Doy el primer bocado de mis fideos mientras lo veo y pregunto:

—¿Te gustan las asiáticas?—

—¿Por qué lo dices?—

—Tu secretaria es asiática.—

—Eso no tiene nada que ver con mis gustos.—

—¿Qué hay de la mesera, no te gusta?—

—Estás celosa.—

—¿Qué? Ah, ¿por quién me tomas? ¿Por qué estaría celosa?—

—Bueno, porque la mesera me dejó su número de teléfono secretamente.—

—De seguro te ha de pasar muy a menudo, es decir, las mujeres coqueteándote. Escuché que solo sales con modelos de revistas.—

Me siento un poco fuera de lugar. Este hombre solo sale con mujeres bellas y, es decir, físicamente no soy ni lo más parecido a una modelo. Creo que ese pensamiento estrujó un poco mi autoestima.

—Tienes razón, he salido con modelos, pero te diré un secreto: ninguna se te compara.—

—¿A qué te refieres?—

—Ninguna mujer me hace sentir lo que tú. Además, me pones como una roca.—

Al escuchar eso me sonrojo y desvío la mirada hacia abajo, mientras seguía comiendo.

Le pregunto:

—¿Quieres tomar un poco de sake?—

—Está bien, pediré la botella.—

Tomo un sorbo y siento que me relaja. De verdad necesitaba esta botella —murmuro—.

Mientras que él bebe también.

Me pregunta:

—¿Por qué iniciaste a ser streaming?—

—Es una respuesta simple, necesitaba dinero.—

—¿Por eso utilizaste tu cuerpo para ganar dinero?—

Siento un poco ligera la cabeza después de tres vasos de sake. Frunzo el ceño y respondo:

—No me estoy prostituyendo, ¿sabes? Es un trabajo honesto, lo haces sonar sucio. Además, necesitaba el dinero, no todos nacemos en cunas de oro.—

Él lo toma a broma y me responde:

—Simplemente me molesta pensar que miles de hombres han visto tu cuerpo desnudo.—

—Pero te aseguro que ninguno lo ha tocado. Además, la desnudez hoy en día es algo normal. ¿No ves los trajes de baño? Cubren menos a las mujeres y las playas nudistas están repletas.—

—Es una forma de verlo.—

Vamos por la segunda botella de sake y mi cabeza ya se siente mareada.

Él pregunta:

—¿Por qué en la primera cita huiste apenas me presenté? Sé que debías rechazarme por tu amiga, pero tan rápido huiste.—

—Esa no fue la razón —murmuré—.

—Entonces, ¿por qué?—

Empezaba a ver doble. Creo que mi tolerancia al alcohol se fue por el retrete.

—No puedo involucrarme contigo —afirmo con voz pesada—.

—No comprendo.—

Me levanto y me acerco a él mientras toco su rostro y le digo:

—Tú, señor Christian—, con voz borracha.

Sonrío mientras lo veo y acaricio su rostro y sus labios.

—Eres muy guapo con esos ojitos y esa boquita.—

Suspiro y pongo rostro de tristeza.

—Si te digo mi secreto puedo perder mi trabajo y no quiero.—

Exclamo con voz temblorosa y suave.

Luego poso mi cabeza en la mesa.

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