Capítulo 6 Capítulo 6.
—¿Estás bien? —preguntó Julian, inclinándose ligeramente hacia ella, sin dejar de posar para las cámaras.
—Perfecta —respondió, sonriendo mientras ajustaba su postura y evitaba, con todas sus fuerzas, volver a mirar hacia Johan.
No era el centro del mundo, solo existía entre un grupo de asesores, ajustándose el puño de su camisa bajo la manga de su chaqueta con un movimiento sin apuro, como si el tiempo tuviera que adaptarse a él. Siempre tan concentrado en él.
¿Qué demonios pensó la Salomé de hace años para que le gustara?
—Alce la barbilla señorita Fierro— pidió el fotógrafo y ella lo hizo, girando ligeramente las caderas hacia su futuro esposo, mientras le tocaba el hombro, mostrando la imagen que se mostraría en la publicidad de dicha entrevista.
Aunque cuando sus miradas se cruzaron, todo lo que había ensayado, todo lo que había planificado... se comprimió en un segundo suspendido por los recuerdos que la hacían sentir pena por la Salomé del pasado, casi furiosa de nuevo.
Bajó de la tarima para darle paso a Lang y su esposa, queriendo dejar de sentirse observada todo el tiempo.
Con su mente tratando de mantener información importante, por poco tropezó, casi rozando un pastel de tres pisos con los tres colores de la bandera de la nación que dos personas cargaban, cometiendo el primer error que Julian supo disimular con un beso en el cuello, a lo que ella le siguió.
—¿Qué haces?—, era un reproche, mientras el pastel era colocado sobre una mesa.
—Estoy bien—, mintió y eso la enfadó. Porque no podía creer que...Era tonto.
Salomé no desvió la mirada cuando sus mirada conectaron de nuevo. La sostuvo. No iba a temblar por tonterías y con eso causó que el mismo Johan se preguntara cosas que antes ni por error llegaban a su cabeza.
Julian se separó para que le colocaran un micrófono en su saco, mientras ella esperaba su turno cerca de la mesa donde el pastel era la atracción más grande.
—Señorita Fierro—, esa voz...—Es extraño llamarte así.
—Es solo falta de costumbre, señor Crown—, destacó Salomé dejando claro que no quería que se refiriera a ella de otra forma. —Con permiso.
—¿Aún guardas rencor por lo de hace años?
—¿Rencor?—, arrugó las cejas. —No entiendo.
Fingir siempre era bueno cuando los nervios llegaban.
—Si habla de lo ocurrido en la universidad, que creo que sí— tomó aire—. No, no guardo rencor. Pero tengo tareas que desempeñar y me atrasa.
Que le hablara de usted era ridículo. Lo hacía sentir más viejo mientras ella brillaba por ese rostro que borraba años de su imagen. Ella caminó más rápido, sin fijarse y por ello el cable que cruzaba bajo la mesa se enredó en su pie, haciendo que torpemente tirara de él, sacudiendo la mesa y haciendo que la plataforma donde el pastel se mantenía firme se moviera.
Una de las estructuras se cayó y el pastel tambaleó, ella logró sacar el pie, pero fue demasiado tarde cuando el pastel se le vino encima. Maldijo, sin embargo un brazo tiró de ella, logrando que no la tocara ninguna salpicadura, ni siquiera en sus pies, porque estaba en el aire.
Un momento...si no estaba con los pies sobre el suelo...estaba...
Alzó la mirada lentamente, sus pies se movieron y la sangre se le enfrió al verse aferrada al traje del candidato Crown que la sujetaba con un mano alrededor de su cintura, reafirmando su agarre al tenerla suspendida, cosa que Julian decía no poder hacer, menos con una mano, mientras tenía el rostro cerca del suyo al girar el rostro también.
Los ojos de Johan la atravesaron con una fuerza que le revolvió el estómago.
Azul eléctrico.
No era una forma de decir. Era real. Como si la sangre le hubiera abandonado los iris, dejándolos más cristalinos, más vivos… y más peligrosos. Las pupilas estaban dilatadas, no por la luz del lugar, sino por algo más visceral. Algo que no había visto nunca… o mejor dicho, que no había querido volver a ver.
Salomé se quedó paralizada, con las piernas dobladas y suspendidas un instante más mientras sentía su respiración contra el rostro.
Ese agarre no era protector. Era posesivo.
Firme. Excesivo. No dolía, pero la obligaba a sentir cada centímetro de su cuerpo que tocaba al otro.
Y por un segundo, se sintió de nuevo en aquella habitación donde nadie tenía nombre, donde las paredes eran oscuras y los sentidos estaban despiertos como ahora.
—¿Estás bien?—preguntó una voz lejana, era Julian desde algún punto cercano, pero todo se oía amortiguado.
Johan no respondió. Tampoco soltó. La tenía tan cerca que el aire entre ellos no existía. Las cámaras capturaban, pero él no se inmutaba. Y entre más odio existiera en esa mirada marrón, no la soltaría si ella no respondía primero.
Ella se tragó la presión en su garganta, luego movió los pies con torpeza y su cuerpo por fin pareció recordarle que podía sostenerse sola.
—Estoy bien—, dijo al fin, soltando el aire, mientras se separaba. Se arregló el cabello con una mano temblorosa. —Fue la mesa, está mal colocada.
—Sí, eso fue—afirmó otra persona detrás de ellos.
—No debería haber un cable suelto ahí—, apoyó otra voz.
Johan bajó la mirada a su traje. Una delgada línea de crema blanca había manchado su solapa derecha por el leve contacto del pastel al moverse.
Lo que le faltaba.
Julian agradecía mientras él vio su pañuelo a sacrificar.
—No es algo de gran importancia— contestó.
Salomé, aún con el corazón como tambor en el pecho, sacó un pañuelo de seda de su clutch. Uno pequeño, blanco, bordado en rojo con sus iniciales. Lo extendió sin pensarlo dos veces, notando que no había limpiado tan bien porque el aroma seguía muy presente.
—Tomé, candidato Crown —dijo—. Puede limpiarse.
No iba a tocarlo más.
Él no lo tomó de inmediato. Observó el pedazo de tela delicado y se dio cuenta del aroma que desprendía. Más fuerte.
Como lo recordaba y al evocar lo que escuchó la noche anterior, se convenció de que, en efecto, era ella.
Era ella.
La que había gemido contra su oído con una dulzura que contrastaba violentamente con la arrogancia con la que ahora le hablaba.
—Sigues viéndote perfecta —dijo Julian, interrumpiendo la línea de pensamientos con su voz demasiado alta para ser sincera.
Y entonces Johan aceptó el pañuelo.
—Gracias, señorita Fierro —murmuró.
—Te pago la tintorería, Crown. Es lo menos que puedo hacer —añadió Julian con tono ligero, mientras se colocaba tras Salomé y le acariciaba el brazo.
Johan guardó el pañuelo en el bolsillo interior de su saco, sin molestarse en limpiarse con él. Lo dobló con precisión, como si lo fuera a conservar.
—No es necesario —dijo con una sonrisa breve, apenas visible—. Estoy acostumbrado a llevar ciertas marcas... incluso antes de saber a quién pertenecían.
Y con eso, se despidió con un leve gesto de cabeza.
—¿Se llevó tu pañuelo o solo es mi impresión?— cuestionó Julian.
Y ella sintió su pecho detener sus funciones.
El infeliz lo había hecho como si fuera suyo desde siempre. Como si lo acabara de reclamar.
Salomé no dijo nada. Solo sintió el vértigo de tener un secreto imposible frente a todos.
Y supo, con absoluta certeza, que él también lo sabía.
Mierd@.
Absoluta mierd@.
