Capítulo 1 Datos sorprendentes
—Te juro que no fue intencional. Si quieres, me divorciaré de Moana después de que nazca el bebé.
Aquellas palabras salieron de los labios de Antonio Aguilar sin el menor titubeo. En ese momento, sostenía entre sus brazos a una hermosa mujer en una postura íntima dentro de su propio despacho.
Esa mujer era Madeline. Desde el principio, ella había sido su primer amor y también el amor que Antonio jamás había conseguido olvidar.
De pie en el umbral de la puerta, Moana Arabella, su esposa, se quedó paralizada. El pecho le oprimía con fuerza, como si una afilada daga acabara de clavarse directamente en su corazón.
Debió haberlo imaginado. Después de todo, su matrimonio nunca había nacido del amor.
Tres años atrás, Antonio se había casado con ella por insistencia de su abuela, quien deseaba un heredero para la familia. A sus treinta y ocho años, Antonio ya era considerado un hombre que había permanecido soltero durante demasiado tiempo.
Y Moana fue la mujer elegida para ocupar ese lugar bajo una condición: no solo convertirse en su esposa, sino también en la futura madre de sus hijos.
La familia de Moana estaba en la ruina. Su padre tenía una deuda enorme, imposible de saldar en poco tiempo. Su madre padecía una enfermedad delicada y necesitaba una cirugía cardíaca con urgencia. Por eso, Moana aceptó la propuesta de Esme, quien le prometió que todos sus problemas quedarían resueltos en el plazo de un año.
Después de tres años de matrimonio, Moana terminó enamorándose de su esposo. Se esforzó por ser una esposa buena y obediente. Confiaba en que el tiempo derribaría las frías murallas que rodeaban el corazón de Antonio y que, al final, él la aceptaría.
Pero aquella esperanza no había sido más que una ilusión.
Hasta el día de hoy, el corazón de Antonio seguía perteneciendo a Madeline.
Mientras que ella no era más que una mujer que, por casualidad, ostentaba el título de esposa.
Luego ocurrió aquel accidente, siete meses atrás.
Aquella noche, Antonio regresó a casa completamente alterado. Sin estar plenamente consciente de sus actos, la obligó a entregarse a él. Y mientras buscaba desahogar sus deseos, pronunciaba una y otra vez el nombre de Madeline.
Dolor, por supuesto que lo hubo.
Decepción, aún más.
Sin embargo, lo que hizo que Moana siguiera aferrándose a aquella relación fue la esperanza de que algún día su esposo finalmente la vería a ella y olvidaría a esa mujer.
Resultó que estaba equivocada.
Desde el principio, Moana no había sido más que una sombra invisible. Un simple objeto para satisfacer los deseos de Antonio cuando se encontraba acorralado y necesitaba liberarse. Una mujer cuya única utilidad era darle un heredero.
Era realmente lamentable.
Un par de ojos se entrecerró discretamente, acompañado de una sonrisa satisfecha, al ver a Moana cerrar la puerta con suavidad antes de darse la vuelta y marcharse.
Con los resultados de la ecografía entre las manos, Moana regresó a la residencia principal.
—Es un niño, tal como ustedes esperaban.
Moana habló frente a la pareja de ancianos que no eran otros que Esme y Julian, los abuelos de Antonio. Ambos soltaron un suspiro de alivio.
—Espero que no les moleste. Me retiraré después de que nazca este niño.
Esme, sentada frente a ella, se quedó ligeramente atónita, al igual que su esposo.
—¿Así que al final te rendirás?
Moana esbozó una sonrisa amarga.
—Todo por lo que he luchado durante este tiempo no ha servido de nada. Además, jamás ocuparé un lugar en su corazón.
Esme suspiró con impotencia y luego le pidió a Julian que sacara algo del cajón del escritorio. Aquel expediente había sido preparado hacía mucho tiempo.
Años atrás, Esme le había prometido que, si lograba darle un heredero a la familia, cualquier deseo que tuviera sería concedido.
Dentro de aquella carpeta se encontraban los documentos de divorcio, regalías y varias propiedades que pasarían a ser de Moana una vez que el divorcio se hiciera efectivo. Era el mismo expediente que Antonio siempre mencionaba cada vez que Moana se quejaba de su actitud y de la manera en que la trataba.
—Si no soportas mi forma de ser, solo tienes que firmar esos papeles de divorcio y todo habrá terminado.
Siempre era lo mismo.
Moana cerró los ojos al recordar aquellas palabras de su esposo, tan frías como el hielo del Polo Sur. Esta vez no quiso pensar demasiado. Apenas revisó los documentos por encima antes de firmarlos todos sin la menor vacilación.
Incluso Esme y Julian se quedaron sorprendidos al verla hacerlo.
En el pasado, Esme y toda la familia habían estado convencidos de que Moana jamás firmaría esos documentos, aunque lo que estuviera en juego fuera su propia vida.
Porque todos sabían una cosa:
Antonio era el principio y el fin de la vida de Moana.
Antonio entró en la casa con pasos vacilantes. La cabeza le pesaba después de haber bebido demasiado alcohol.
—¡Moana! —gritó mientras se aflojaba la corbata.
Pero no obtuvo respuesta.
Su ceño se frunció al darse cuenta de que toda la casa estaba a oscuras.
—Moana, ¿dónde estás? Ven a ayudarme.
El silencio siguió siendo la única respuesta.
Antonio avanzó hacia las escaleras cuando, depronto, se detuvo en seco.
Sus ojos se abrieron ligeramente al descubrir a alguien que...
