Capítulo 6 El Precio de la Confianza
Viernes, 4 de julio. 18:30. Carpa tres. Zona VIP.
El sol comenzaba a ponerse sobre el festival, tiñendo el cielo de un naranja sucio que se mezclaba con el humo de las máquinas de efectos especiales. Jenn estaba sentada en el sofá circular con sus amigas, el vestido rojo aún pegado a su piel después de horas de baile y sudor.
No había podido dejar de pensar en Michael.
En sus manos en sus caderas. En su aliento en su nuca. En la forma en que la había mirado cuando bailaban, como si ella fuera la única persona en el mundo.
Pero también pensaba en Charles. En su sonrisa. En sus palabras. En la forma en que la había mirado como si ya fuera suya.
—Jenn —dijo Sarah, rompiendo su ensimismamiento—. Llevas diez minutos sin pestañear.
—Estoy pensando.
—¿En él?
—Sí.
—Joder.
—Ya.
—¿Qué vas a hacer?
—No lo sé.
—¿Quieres saber lo que pienso?
—No.
—Te lo digo igual. Estás enamorada.
—No estoy enamorada. Estoy confundida.
—Es lo mismo.
—No es lo mismo. Enamorarse es una decisión. Confundirse es un estado.
—Pues entonces estás en un estado que parece una decisión.
—Eres muy pesada.
—Soy tu amiga. Es mi trabajo.
Jenn casi sonrió.
Pero la sonrisa no le duró.
Porque en ese momento, su teléfono vibró en el bolsillo del vestido (sí, el vestido tenía bolsillos; era el único detalle práctico de una prenda que por lo demás era puro pecado).
Michael: "Ven a la carpa principal. Ahora."
Jenn: "¿Por qué?"
Michael: "Charles quiere hablar contigo."
Jenn: "No quiero hablar con él."
Michael: "No es una opción. Ven."
Jenn: "¿Y si no voy?"
Michael: "Entonces irá a buscarte. Y no quiero que estés sola con él."
Jenn guardó el teléfono.
—¿Qué pasa? —preguntó Sarah.
—Michael quiere que vaya.
—¿Adónde?
—A la carpa principal. Charles quiere hablar conmigo.
—¿El mafioso?
—El mismo.
—¿Vas a ir?
—No tengo opción.
—Siempre tienes opción.
—No esta vez.
Jenn se levantó.
—No voy sola —dijo.
—Voy contigo —dijo Sarah.
—Yo también —dijo Karen.
—Y yo —dijo Melissa, que había vuelto de su encuentro con Mark Anderson con el pelo revuelto y una sonrisa de oreja a oreja.
—No. Vengo sola.
—Jenn...
—He dicho que voy sola. Si pasa algo, llamo.
—¿Y si no puedes llamar?
—Entonces vendréis a buscarme.
—¿Cómo sabremos dónde estás?
—Lo sabréis. Siempre lo sabéis.
Jenn salió de la carpa.
Pero en el fondo, sabía que no iba sola. Llevaba consigo el miedo, la duda y la certeza de que algo estaba a punto de cambiar.
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18:45. Carpa principal.
El interior estaba más vacío que por la mañana. Solo unos pocos invitados VIP, algunos artistas y el personal de seguridad. Charles estaba sentado en el mismo sofá de cuero negro, con una copa de whisky en la mano y esa sonrisa que no llegaba a los ojos.
Michael estaba de pie a su lado. Rígido. Tenso. Como un perro guardián.
—Jennifer —dijo Charles, levantándose—. Qué alegría verla.
—No es mutuo.
—Qué directa. Me gusta.
—No me importa lo que le guste.
Charles rió. Una risa suave, educada. Como si estuviera en una cena de gala, no en una carpa de festival.
—Siéntese, por favor.
—Prefiero estar de pie.
—Como quiera.
Charles se sentó otra vez. Jenn se quedó de pie. Michael se movió ligeramente, colocándose entre ellos.
—He estado pensando —dijo Charles—. Sobre el trato.
—No hay trato —dijo Michael.
—Claro que hay. Todo es un trato, Michael. La vida es un trato. Tú me das algo, yo te doy algo.
—No tengo nada que darte.
—Claro que sí. Tienes el festival. Tienes las rutas. Tienes a la chica.
—No está en venta.
—Todo está en venta, Michael. Solo hay que encontrar el precio correcto.
Charles miró a Jenn.
—¿Cuál es su precio, Jennifer?
—No tengo precio.
—Todos tenemos precio. Solo hay que saber buscarlo.
—No me interesa.
—¿No? ¿Ni siquiera por curiosidad?
—No.
—Qué lástima. Porque yo ofrezco mucho.
—No me interesa.
—Ya. Pero ¿y si le ofrezco algo que no puede rechazar? ¿Libertad? ¿Seguridad? ¿Un futuro sin tener que mirar por encima del hombro?
—No necesito que me salven.
—No estoy hablando de salvarla. Estoy hablando de darle una opción.
—No quiero sus opciones.
—¿Ni siquiera quiere saber cuáles son?
—No.
—Qué lástima.
Charles se levantó. Caminó hacia ella. Michael se interpuso.
—No te acerques.
—Tranquilo, Michael. Solo quiero hablar con la señorita Taylor.
—Puedes hablar desde donde estás.
—Eso no es muy hospitalario.
—No soy hospitalario.
—Ya. Siempre tan protector.
Charles sonrió. Esa sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Señorita Taylor —dijo, mirándola por encima del hombro de Michael—. Si cambia de opinión, ya sabe dónde encontrarme.
—No voy a cambiar de opinión.
—Ya veremos.
Charles se dio la vuelta y desapareció entre la gente.
Jenn exhaló.
—Joder.
—Ya —dijo Michael.
—¿Qué quiere?
—Control.
—¿De qué?
—De todo. Del festival. De mí. De ti.
—¿Por qué yo?
—Porque sabe que te quiero.
Jenn se quedó callada.
—¿Me quieres? —preguntó, con la voz temblorosa.
—Sí.
—¿De verdad?
—De verdad.
—¿Cómo lo sé?
—No lo sabes. Lo sientes.
Jenn lo miró.
—Vale —dijo—. Te creo.
—¿Por qué?
—Porque no tengo otra opción.
—Eso no es confianza.
—Es el principio de la confianza.
Michael la miró. Algo se movió en sus ojos grises. Algo parecido a la esperanza.
—Vámonos —dijo.
—¿Adónde?
—A cenar.
—No tengo hambre.
—Mientes. Se te nota en la mandíbula.
Jenn aflojó la mandíbula.
—Vale —dijo—. Ceno.
Pero sabía que no era solo una cena. Era algo más. Algo que no se atrevía a nombrar.
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19:30. Restaurante del festival. Zona VIP.
El restaurante era una carpa blanca con mesas de madera y velas. Luces tenues. Música suave de fondo. Un contraste total con el estruendo del festival.
Jenn se sentó frente a Michael. La mesa era pequeña. Sus rodillas casi se tocaban.
—¿Por qué haces esto? —preguntó.
—¿El qué?
—Protegerme.
—Porque quiero.
—¿Por qué quieres?
—Porque te quiero.
—No es suficiente.
—Es todo lo que tengo.
—No es verdad.
—Es verdad.
Jenn lo miró.
—No confío en ti —dijo.
—Lo sé.
—Pero quiero hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque no quiero tener miedo toda mi vida.
—No vas a tener miedo.
—No lo sabes.
—Lo sé. Porque voy a estar ahí.
—¿Siempre?
—Siempre.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—Palabra de Williams.
—Palabra de Williams.
Jenn cogió su copa de vino.
—Brindo por eso —dijo.
—Por la confianza.
—Por la confianza.
Bebieron.
Y por un momento, el miedo se hizo más pequeño.
Pero Jenn sabía que no podía confiar en él. No del todo. No hasta que supiera toda la verdad. Y sabía que Michael no se la había contado. Aún.
—Michael —dijo, dejando la copa—. ¿Qué más hay?
—¿Qué quieres decir?
—Que hay algo más. Algo que no me has contado.
Él la miró. Sus ojos grises se oscurecieron.
—No hay nada más.
—Mientes.
—No.
—Sí. Lo sé. Se te nota en los ojos.
Michael dejó los cubiertos sobre la mesa. Apoyó los codos en el borde y entrelazó los dedos. La miró durante varios segundos.
—Jennifer —dijo, con una voz más baja, más seria—. ¿Confías en mí lo suficiente para saber que cuando te diga la verdad, no vas a huir?
—No sé si confío en ti. Pero quiero saber.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Él casi sonrió.
—Te he estado siguiendo durante un año. He visto tu vida. He visto cómo Andrew te destrozó. He visto cómo tu hermana te traicionó. He visto cómo te encerrabas en ese piso vacío y te dejabas morir lentamente.
—¿Y eso qué tiene que ver con lo que no me estás diciendo?
—Todo. Porque yo también he estado destrozado. Y también me he encerrado. Y también he esperado a que alguien me salvara.
—¿Y quién te salvó?
—Tú.
Jenn sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—No te he salvado. No te conozco.
—Me has salvado. Porque eres la única persona en este mundo que me ha mirado sin querer nada. La única que no me ha sonreído por interés. La única que me ha tratado como a un ser humano y no como a un banco con piernas.
—Eso no es salvación. Eso es... no sé lo que es.
—Es esperanza.
Michael se inclinó hacia delante. Sus ojos grises estaban fijos en los de ella.
—Jennifer. No te he traído aquí solo para cenar. Te he traído aquí porque quiero que sepas quién soy. Todo. Incluso lo que me da miedo contarte.
—¿Qué es lo que te da miedo contarme?
Él respiró hondo.
—Que no soy solo un empresario con dinero. Que hay cosas en mi pasado que... que no son legales. Que he hecho cosas que no son buenas. Que la gente que me rodea no es gente con la que quieras estar.
—¿Como Charles?
—Como Charles. Y como muchos otros.
—¿Y por qué me has traído aquí si tu mundo es tan peligroso?
—Porque no quiero vivir sin ti.
Jenn sintió que el corazón se le paraba.
—No me conoces.
—Te conozco mejor que tú misma.
—No es verdad.
—Es verdad.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Jenn se levantó de la mesa.
—Me voy.
—No te vayas.
—Michael, no puedes hacer esto. No puedes traerme aquí, decirme que me has estado siguiendo durante un año, decirme que has hecho cosas ilegales, y luego esperar que me quede tranquilamente a cenar.
—No espero que te quedes tranquilamente. Espero que te quedes.
—¿Y si no quiero?
—Entonces te vas. Y no vuelvo a molestarte.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
Jenn lo miró. Sus ojos grises estaban llenos de una mezcla de desesperación y sinceridad. Y en ese momento, Jenn supo que no iba a irse.
No porque quisiera quedarse con él. Sino porque necesitaba saber.
Necesitaba saber qué más escondía aquel hombre. Necesitaba saber por qué la había elegido a ella. Necesitaba saber si realmente era la única que no le había sonreído por interés, o si todo era parte de un juego más grande.
—Vale —dijo, sentándose otra vez—. Cuéntamelo todo.
—¿Todo?
—Todo.
Michael la miró. Por un segundo, pareció dudar. Luego asintió.
—Hace cinco años, trabajaba para una organización. No era legal. No era bonito. Y un día, algo salió mal.
—¿Qué salió mal?
—Alguien murió.
—¿Quién?
—Mi hermano.
Jenn sintió un escalofrío.
—¿Tenías un hermano?
—Tenía. Hasta que lo mataron.
—¿Quién lo mató?
—Charles.
—¿Charles? ¿El mismo Charles que vimos hoy?
—El mismo.
—¿Y por qué lo mató?
—Porque yo no quise darle lo que quería.
—¿Qué quería?
—El control. De todo. De las rutas, del dinero, de la organización. Y mi hermano se interpuso.
—¿Y qué hiciste tú?
—Lo maté a él.
Jenn sintió que la sangre se le helaba.
—¿Mataste a Charles?
—No. Maté a su hermano. Para vengar al mío.
—¿Y Charles quiere vengarse?
—Sí. Por eso está aquí. Por eso quiere el festival. Por eso quiere las rutas. Por eso quiere todo lo que tengo.
—¿Y por qué me has traído a mí?
—Porque eres mi punto débil. Y Charles lo sabe. Por eso te ha mirado hoy. Por eso quiere saber quién eres. Por eso quiere tenerte.
Jenn sintió un nudo en el estómago.
—¿Me has traído a Bélgica sabiendo que Charles podía hacerme daño?
—Te he traído a Bélgica para protegerte. Para tenerte cerca. Para que no estuvieras sola en Barcelona mientras él te buscaba.
—¿Me estaba buscando?
—Sí.
—¿Y por qué no me lo dijiste antes?
—Porque tenía miedo de que te fueras. Y si te ibas, Charles te encontraría. Y si Charles te encontraba...
—¿Qué?
—Te mataría. Para vengarse de mí.
Jenn sintió que el mundo se le desmoronaba.
—Dios mío.
—Lo siento, Jennifer. Lo siento mucho.
—No me lo has dicho.
—Lo sé.
—No me has dado opción.
—Lo sé.
—Me has traído aquí, me has encerrado, me has hecho creer que era un viaje de ensueño, y todo es una mentira.
—No todo. Lo de la suite es real. Lo del concierto es real. Lo de los tres días para pecar es real. Y lo de que te quiero... eso también es real.
—No me quieres. No puedes quererme. No me conoces.
—Te conozco. Te conozco porque te he observado. Porque he visto tu vida. Porque he visto cómo sufres y cómo sonríes y cómo te muerdes las uñas cuando estás nerviosa. Y te quiero. Te quiero porque eres real. Porque eres tú. Porque eres la única persona que no me ha sonreído por interés.
Jenn sintió las lágrimas quemándole los ojos.
—Eso no es amor. Eso es obsesión.
—Para ti. Para mí es amor.
—No es lo mismo.
—Es lo mismo.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Jenn se levantó.
—Me voy.
—Jennifer.
—No.
—Por favor.
—No.
—Quédate.
—No.
—Por favor.
—No.
—Jennifer...
—He dicho que no.
Michael se levantó también.
—Está bien. Vete. Pero prométeme una cosa.
—¿Qué?
—Que no vuelves a Barcelona. Que te quedas en Amberes. Que te quedas en el hotel. Que no sales. Que no haces nada sin mí.
—¿Y por qué haría eso?
—Porque si vuelves a Barcelona, Charles te encontrará. Y si te encuentra, te matará. Y si te mata, yo lo mataré a él. Y si lo mato, su gente vendrá a por mí. Y si vienen a por mí, la guerra será total. Y en esa guerra, morirá mucha gente. Gente inocente. Gente que no tiene nada que ver con esto.
—No me importa.
—A mí sí. Porque esa gente incluye a Karen. A Sarah. A Melissa. A tu madre. A tu hermana. A todo el mundo que quieres.
Jenn sintió que el suelo se hundía bajo sus pies.
—No puedes hacer eso.
—No lo haré. Si tú te quedas.
—¿Y si no?
—Entonces no podré protegerlas.
—Eso es chantaje.
—Es la verdad.
Jenn lo miró.
Sus ojos grises estaban llenos de lágrimas.
—Vale —dijo, con voz temblorosa—. Me quedo.
—¿De verdad?
—No. Pero igual me quedo.
—Eso es lo único que necesito oír.
Michael dio un paso hacia ella. Jenn retrocedió.
—No me toques.
—No pienso tocarte.
—Entonces quédate donde estás.
—Está bien.
Se quedaron así, separados por la mesa, mirándose en la oscuridad.
—Mañana —dijo Jenn—. Mañana quiero que me lleves a conocer el festival.
—¿El festival?
—Sí. Quiero verlo. Quiero ver quién eres. Quiero ver qué has construido. Quiero saber por qué vale la pena quedarse.
—¿Y si te parece una mierda?
—Entonces me voy.
—¿Y si te gusta?
—Entonces me quedo.
—¿Para siempre?
—No lo sé.
—Es suficiente.
Jenn se giró y salió del restaurante.
No miró atrás.
Pero sintió la mirada de Michael en la nuca, y supo que, pase lo que pase, nada iba a ser igual.
---
21:30. De vuelta en la suite.
Jenn entró sola. Michael se había quedado en el restaurante. "Tengo una llamada", había dicho. "Te veo mañana."
Ahora estaba en el salón de la suite, con el vestido de tirantes gris y los vaqueros negros, mirando la ciudad desde los ventanales.
—¿Qué tal? —preguntó Sarah desde el sofá.
—Raro.
—¿Raro bueno o raro malo?
—Raro raro.
—Cuenta.
Jenn se sentó a su lado.
—Es inteligente. Y peligroso. Y sabe exactamente lo que decir para que te sientas especial.
—¿Te sientes especial?
—No lo sé.
—Entonces es especial.
—¿Por qué?
—Porque si te hiciera sentir mal, lo sabrías. Pero si te hace sentir bien y no estás segura, es porque estás empezando a sentir algo.
—Eso es muy psicológico para ser una enfermera.
—He visto a mucha gente enamorarse. Y he visto a mucha gente romperse. Y sé reconocer las señales.
—¿Y cuáles son las señales?
—Que no paras de pensar en él. Que te preguntas qué está haciendo. Que te da miedo no volver a verlo.
—No es miedo. Es curiosidad.
—Son lo mismo.
Jenn se quedó callada.
—Sarah —dijo al fin—. Me ha dicho algo.
—¿Qué?
—Que su hermano murió. Que Charles lo mató. Y que él mató al hermano de Charles para vengarlo.
—¿Y eso te asusta?
—No. Lo que me asusta es que me lo haya contado.
—¿Por qué?
—Porque si me lo ha contado, significa que confía en mí. Y si confía en mí, significa que esto es real. Y si esto es real...
—¿Qué?
—Significa que tengo que tomar una decisión. Y no sé cuál es.
Sarah le cogió la mano.
—No tienes que decidir nada ahora. Solo tienes que sentir.
—¿Y si siento algo que no debería sentir?
—¿Quién dice lo que deberías o no deberías sentir?
Jenn se quedó callada. Sarah tenía razón. No había un manual para estas cosas. No había una regla que dijera "esto está bien" y "esto está mal".
Solo había lo que sentía.
Y lo que sentía era miedo.
Pero también era curiosidad.
Y también era deseo.
Y también era la sensación de que, por primera vez en meses, estaba viva.
—Sarah —dijo—. ¿Crees que estoy haciendo una locura?
—Sí.
—¿Y qué debería hacer?
—Lo que te diga el corazón. No lo que te diga la cabeza.
—¿Y si mi corazón y mi cabeza dicen cosas diferentes?
—Entonces escucha a tu corazón. La cabeza siempre tiene miedo. El corazón siempre sabe.
Jenn la miró.
—Eres una idiota.
—Lo sé.
—Te quiero.
—También.
Sarah la abrazó.
Y por un momento, el miedo se hizo más pequeño.
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22:00. La habitación principal.
Jenn se tumbó en la cama de seda gris.
El móvil vibró.
Michael: "¿Has llegado bien?"
Jenn: "Sí."
Michael: "Bien."
Jenn: "Gracias por la cena."
Michael: "No me des las gracias. Todavía no hemos cenado juntos de verdad."
Jenn: "¿Qué quieres decir?"
Michael: "Que esto no ha hecho más que empezar."
Jenn: "Eso es inquietante."
Michael: "Lo sé. Pero también es emocionante."
Jenn: "No sé si es emocionante o aterrador."
Michael: "Las dos cosas pueden ser verdad."
Jenn: "Eres un cabrón."
Michael: "Lo sé. Buenas noches, Jennifer."
Jenn: "Buenas noches, Michael."
Guardó el móvil. Apagó la luz.
La oscuridad de la suite la envolvió.
Pero ya no era una oscuridad vacía.
Era una oscuridad llena de preguntas.
Preguntas sobre Michael. Sobre Charles. Sobre el peligro que se cernía sobre ella.
Preguntas sobre ella misma. Sobre lo que estaba dispuesta a arriesgar. Sobre lo que estaba dispuesta a sentir.
Y en medio de todas esas preguntas, una certeza.
Algo había cambiado.
Algo se había roto dentro de ella.
Y ya no podía volver atrás.
—Tres días —susurró en la oscuridad—. Tres días para pecar.
Y luego, decidir.
Pero sabía, en el fondo de su corazón, que ya había decidido.
Aunque el miedo la paralizara.
Aunque el peligro la acechara.
Aunque todo pudiera venirse abajo.
Iba a quedarse.
Y nada iba a impedírselo.
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