Capítulo 1 El Sorteo
Martes, 1 de julio. 18:23. Piso de Jenn. Barcelona.
El último sobre de atún caducaba en tres días.
Jenn lo sostenía entre los dedos, mirando la fecha impresa en la etiqueta como si fuera un presagio. 04/07/2025. El mismo día que ella debería estar en el aeropuerto. El mismo día que su vida, según el plan, debía empezar a ser otra.
—No es una señal —dijo en voz alta.
El piso no respondió. Como siempre.
Tiró el atún a la papelera. Cayó sobre el suéter de Andrew, el que llevaba tres meses colgado en la silla del comedor como un recordatorio de todo lo que había perdido. El suéter que hoy, por fin, había decidido tirar.
—Idiota —se dijo a sí misma.
No sabía si el insulto era para Andrew, para ella o para el maldito atún caducado.
El piso olía a cerrado. A humedad. A tres días sin abrir las ventanas porque abrirlas significaba escuchar los gritos de los vecinos, el tráfico, la vida de los demás. La vida que ella ya no tenía.
Se acercó a la mesa del comedor. Su portátil estaba abierto, la pantalla en reposo con la foto de ella y Andrew en Sitges, dos veranos atrás. Él con gafas de sol, ella con el pelo mojado, los dos riendo como si la vida fuera una línea recta.
En esa foto, ella no sabía que él ya se estaba acostando con su hermana.
En esa foto, ella todavía creía en las segundas oportunidades.
Cerró la pantalla de golpe.
El teléfono vibró en el bolsillo trasero de los vaqueros.
Sarah: He llegado. El microondas sigue funcionando. La vida sigue.
Sonrió. Una sonrisa pequeña. Casi invisible.
Se sentó en el sofá. El mismo sitio donde había pasado los últimos tres meses viendo Netflix sin verlo, comiendo delivery sin saborearlo, esperando un mensaje que nunca llegaba. El cojín derecho aún conservaba la forma de su cuerpo.
El móvil vibró otra vez.
Melissa: ¿Ya has hecho la maleta?
Jenn: No empieza hasta el jueves.
Melissa: Y hoy es martes. Eso significa que tienes 48 horas para procrastinar. Yo ya he hecho la mía. Incluye tres bikinis, dos vestidos que no me pongo nunca y un neceser con cosas que no sé para qué sirven.
Jenn: Eres un caso.
Melissa: Soy eficiente.
Karen: ¿Alguien ha leído la letra pequeña del concurso?
Melissa: Karen, estamos en un jet privado. No hay letra pequeña. Hay champán.
Karen: Eso es exactamente lo que diría alguien que va a ser víctima de una estafa piramidal.
Jenn: Karen, relájate.
Karen: Soy abogada. Relajarme es mi antítesis.
Jenn guardó el teléfono. Necesitaba silencio.
Pero el silencio no le daba tregua.
—Tres días —dijo en voz baja.
Su voz sonó extraña en el vacío del piso. Distorsionada. Ridícula.
Se levantó y fue a la cocina. Abrió la nevera. Sólo había cervezas, una leche caducada y un limón que ya estaba empezando a encogerse.
—Voy a Bélgica —dijo, como si necesitara convencerse a sí misma—. A un festival. A un país nuevo. A olvidarme de Andrew. De mi hermana. De mi puta vida.
Cerró la nevera.
El ruido del motor vibró en el silencio del piso.
Se quedó allí, de pie, en la oscuridad de su cocina, sintiendo cómo las paredes se cerraban a su alrededor. Tres meses. Noventa días. Dos mil ciento sesenta horas desde que Andrew se fue. Y aún así, su ropa seguía allí. Su olor. Su ausencia.
El móvil vibró de nuevo.
Karen: He investigado. Rampage Open Air. Lommel, Bélgica. 3 al 6 de julio. 60.000 asistentes. 7 escenarios. Más de 300 artistas. Es el festival de drum & bass y dubstep más grande del mundo. El año pasado batieron su récord: 66.000 personas. La organización espera repetir este año. Tiene un parque de atracciones con coches de choque, un skatepark, una zona de juegos arcade y una tienda abierta 24 horas.
Jenn leyó el mensaje tres veces.
60.000 personas. Siete escenarios. Más de trescientos artistas. Una tienda abierta 24 horas.
Sonó otro mensaje.
Karen: El 65% de los asistentes son de fuera de Bélgica. Han llegado de 75 nacionalidades. Incluidos 300 australianos y 600 estadounidenses. Esto no es un festival, Jenn. Es un fenómeno.
Jenn sintió un escalofrío que no era de frío.
Un año entero de su vida había sido un agujero negro. Andrew. Su hermana. La foto del anillo en Instagram. El diamante que ocupaba media pantalla. La sonrisa de su hermana, la muy zorra, con la mano bajo la barbilla, posando como si hubiera ganado un premio.
Y ella, viéndolo desde su piso vacío, con el teléfono en la mano, preguntándose en qué momento su vida se había convertido en una broma de mal gusto.
El móvil vibró. Una llamada. Melissa.
Jenn descolgó.
—Dime que has hecho algo ilegal —dijo la voz de Melissa al otro lado—. Necesito entretenerme.
—No he hecho nada. Estoy en casa.
—Mierda. ¿Y las cosas emocionantes? ¿Los gritos? ¿Los llantos?
—Melissa, son las seis de la tarde.
—Eso no es excusa. Podrías haber matado a alguien y luego arrepentirte. Eso sería emocionante.
—No he matado a nadie.
—Qué lástima. Yo llevo quince minutos en el trabajo y ya he pensado en incendiar la tienda.
—¿La tienda de lencería?
—Sí. Los bomberos tienen buen tipo. Siempre van con la adrenalina alta. Y con la manguera lista.
—Eres un caso.
—Soy un caso con buen gusto.
Jenn sonrió. La primera sonrisa del día.
—¿Has visto el correo? —preguntó Melissa.
—No. No he abierto el correo en tres días.
—Pues ábrelo. Ahora. Te va a interesar.
—¿Qué es?
—Rampage Records. El festival. Han mandado la confirmación. Y algo más.
—¿Algo más?
—Te va a gustar. O no. Depende de si estás dispuesta a flipar.
Jenn escuchó el clic. Melissa había colgado.
Abrió el correo.
Miles de mensajes basura. Promociones de tiendas donde nunca compraba. Ofertas de seguros. Un correo de su madre, que Jenn no abrió. Y uno de Rampage Records.
El asunto decía: "¡FELICIDADES, GANADORA!"
Estimada Jennifer,
Nos complace informarte que has resultado ganadora de nuestro sorteo de Instagram. Tú y tres acompañantes han sido seleccionadas para asistir al Rampage Open Air 2025, en Lommel (Bélgica), con un paquete VIP que incluye:
· Vuelos privados ida y vuelta.
· Alojamiento en suite presidencial.
· Pases todo acceso para las cuatro jornadas.
· Encuentro con los artistas.
· Cortesía de Rampage Records.
¡Te esperamos!
Jenn leyó el correo tres veces.
Luego lo reenvió al grupo de WhatsApp.
Jenn: ¿Esto es real?
Sarah: Parece real. He visto el nombre. Rampage existe.
Karen: He investigado. Rampage existe. Es el festival de bass más grande de Europa. 60.000 asistentes. 4 días. Más de 300 artistas. Es real.
Melissa: LO SABÍA. LO SABÍA. SE LOS DIJE. MI FOTO EN BIKINI ME DIO ESTO.
Jenn: Tú no subiste ninguna foto en bikini.
Melissa: Exacto. Por eso es un milagro.
Karen: Voy a revisar la letra pequeña. Esto es demasiado bueno para ser verdad.
Jenn: ¿Irían?
Silencio.
Luego, tres respuestas casi simultáneas:
Sarah: Sí.
Melissa: Ayer.
Karen: Ya pedí los días en el bufete.
Jenn miró el techo otra vez.
El piso seguía vacío. El suéter, en la papelera. Andrew, en la foto de Instagram. Su vida, un agujero negro de tres meses.
Pero ahora había algo más.
Un festival. Cuatro días. Sesenta mil personas. Siete escenarios. Una tienda abierta 24 horas y más de 300 artistas.
—¿Por qué no? —se dijo a sí misma.
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Martes, 1 de julio. 21:07. Casa de Sarah. Hospitalet.
Jenn no recordaba la última vez que se habían reunido las cuatro en casa de Sarah.
El piso de su amiga olía a incienso y a jabón de hospital. Sarah trabajaba en urgencias, y aunque nunca hablaba de los casos, algo de ellos se quedaba pegado a su ropa, a su cabello, a la forma en que miraba a los demás.
Estaban sentadas en el suelo de la sala, alrededor de una mesa baja cubierta de papas fritas y cervezas. Melissa se había instalado en el sofá como una reina, con las piernas cruzadas y un cigarrillo electrónico colgando de los dedos.
—No me digas que vas a soltar un discurso —dijo Melissa.
—No es un discurso —respondió Jenn—. Es una pregunta.
—Las preguntas son discursos disfrazados.
—¿Puedes callarte dos minutos?
—No. Pero lo intentaré.
Jenn miró a sus amigas.
Karen estaba sentada en la alfombra, con la computadora abierta y la cara de abogada en modo investigación. Sarah estaba a su lado, con una cerveza sin abrir y la paciencia de quien ha visto morir a gente y sabe lo que realmente importa.
Melissa las miraba a todas con una sonrisa de gato satisfecho.
—¿Por qué deberíamos ir? —preguntó Jenn.
Karen levantó la vista de la computadora.
—Porque he investigado. Es real. Rampage Records pertenece a un tal Michael Williams. El festival es el Rampage Open Air, en Lommel. Más de 300 artistas en siete escenarios. El año pasado hubo 66.000 asistentes. Los headliners son Becky Hill, Excision, Hybrid Minds, REZZ, Dimension, Wilkinson y Andy C, que va a hacer un set de tres horas el jueves. No es una estafa.
Jenn sintió que la información se le clavaba en el pecho.
Trescientas personas había visto ella en su puta vida. Trescientas, como mucho. Y allí iban a haber trescientos artistas. Setenta y cinco nacionalidades distintas. Gente de Australia, de Nueva Zelanda, de Estados Unidos.
Y ella, Jennifer Taylor, que llevaba tres meses sin salir de su piso, iba a estar en medio de todo eso.
—No preguntaba si es real —dijo Jenn—. Preguntaba por qué deberíamos ir.
—Porque no tenemos nada mejor que hacer —dijo Melissa.
—Tú siempre tienes algo mejor que hacer. El lunes te estabas acostando con un reponedor del supermercado.
—Y era bueno. Pero no es Bélgica.
—No me refiero a eso —dijo Jenn, apoyando los codos en las rodillas—. Me refiero a... ¿por qué nosotras? ¿Por qué nos eligieron a nosotras? De las miles de personas que debían haber participado en ese sorteo. ¿Por qué a nosotras? No hemos ganado nada en nuestra vida.
—Es un sorteo —dijo Karen—. Un algoritmo. Aleatorio.
—No dije que haya conspiración. Digo que no confío en las cosas buenas que caen del cielo.
Sarah habló por primera vez.
—¿Y si no es del cielo? ¿Y si es del infierno?
Todas la miraron.
—No lo digo por el festival —continuó Sarah—. Lo digo por ti, Jenn. Llevas tres meses sin salir de tu piso. Sin reírte. Sin hacer nada que no sea mirar el teléfono de Andrew. Y te juro que si vuelves a hablar de él en esta conversación, te tiro la cerveza a la cara.
—No miro su teléfono.
—Miras sus fotos. Es lo mismo.
Jenn apretó la mandíbula.
—¿Y qué se supone que tengo que hacer? ¿Ir a un festival en Bélgica con sesenta mil desconocidos y fingir que estoy bien?
—Sí —dijo Sarah. Sin piedad. Con la voz plana de quien ha tenido que decir cosas peores a familias en una sala de espera—. Eso es exactamente lo que tienes que hacer.
—El viaje no es para huir de Andrew —dijo Sarah—. Es para recordar quién eres sin él. Y si no te gusta la persona que eres, para construir una nueva.
—Uy —dijo Melissa—. Eso fue profundo. ¿Quién te escribió el guión?
—Cállate.
—No. Ahora va a llorar y voy a tener que abrazarla, y a mí no me gusta abrazar.
Jenn rió. Fue una risa pequeña, escapada, como una burbuja que sube a la superficie.
—No voy a llorar.
—Lo harás. Pero te espero.
Karen cerró la computadora.
—He revisado los vuelos. Si aceptamos, salimos el jueves. El festival es de jueves a domingo. Llegamos el jueves por la mañana para instalarnos.
—¿Y el trabajo?
—Pedí vacaciones —dijo Sarah.
—Yo me inventé un funeral —dijo Melissa.
—¿Qué funeral?
—El de mi tía abuela. La que ya murió hace tres años.
—Eso es ilegal —dijo Karen.
—Es picaresca. Hay diferencia.
Jenn las miró.
Sus tres amigas. Karen, la abogada que trabajaba ochenta horas a la semana y nunca se quitaba el reloj ni para dormir. Melissa, la dependienta de una tienda de lencería que se acostaba con cualquiera que le hiciera reír más de diez minutos. Sarah, la enfermera que veía morir gente en urgencias y aún así creía en la vida.
Todas estaban rotas a su manera.
Y aun así, estaban allí.
—Bien —dijo Jenn—. Vamos.
Melissa levantó la cerveza.
—¡Por Bélgica!
—¡Por Bélgica! —corearon las demás.
Y bebieron.
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Miércoles, 2 de julio. 09:45. Oficina de Karen. Barcelona.
Jenn no había dormido bien.
El piso seguía vacío. El suéter seguía en la papelera. Andrew seguía en Instagram.
Pero ahora había algo más: un correo. Un boleto. Una promesa de algo distinto.
Llamó a Karen.
—Necesito que me digas algo.
—Dime.
—¿Crees que esto es normal?
—¿El viaje?
—Todo. Que nos haya tocado. Que sea tan fácil. Que sea tan... perfecto.
Karen se rió. Una risa corta, profesional, de abogada que ya ha oído esa pregunta cien veces.
—Nada es normal, Jenn. Pero a veces lo normal no es lo que necesitas.
—¿Y qué necesito?
—Algo que te haga sentir viva.
Jenn se quedó callada.
Karen tenía razón. Llevaba tres meses sintiéndose muerta. Y Bélgica, con sus sesenta mil personas y su música que vibraba en los huesos, no era un escape. Era una resurrección.
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Jueves, 3 de julio. 06:00. Aeropuerto de El Prat. Barcelona.
El aeropuerto estaba vacío a esa hora.
Las tiendas cerradas. Los pasillos iluminados con esa luz blanca y fría de los sitios donde nadie quiere estar a las seis de la mañana. Jenn caminaba con la maleta de ruedas, las ojeras marcadas y el café del aeropuerto en la mano.
—Veintidós minutos —dijo Melissa, señalando su reloj cuando la vio llegar a la puerta de embarque B27.
—El tráfico.
—Mientes. Sabemos que no tienes coche.
—El metro.
—Mientes más. El metro pasa cada cinco minutos.
—Vi un gato.
—Ahora mientes peor.
Jenn dejó la maleta en el suelo. Sarah sonreía con esa paciencia de enfermera que todo lo soporta. Karen miraba el móvil, revisando por enésima vez la documentación del concurso.
—¿Dónde está el avión? —preguntó Jenn.
—No hay avión —dijo Karen—. Es un jet privado.
—¿Cómo? —Jenn se giró hacia ella—. ¿Un jet privado?
—Sí. El tipo ese de Rampage nos puso un jet privado. Incluido en el paquete. Y lo que no te he dicho porque quería asegurarme antes: el festival espera 66.000 asistentes este año. Han ampliado el camping, han añadido un día extra, hay una nueva zona de glamping y el jueves ya es jornada completa.
—¿Y el que ha organizado todo esto? —preguntó Sarah, que había estado en silencio hasta ahora.
—Un tal Michael Williams —respondió Karen—. Es el CEO de Rampage Records. Fundó el festival hace años. Los belgas lo llaman "Mister Rampage". Y según he podido rastrear, este año han conseguido que Andy C haga un set de tres horas solo para la apertura. Eso no es casualidad.
—¿Qué quieres decir?
—Que alguien con mucho dinero está detrás de esto. Y ese alguien nos ha elegido a nosotras.
—Soy abogada, Jenn. Confiar no es mi fuerte. Pero he mirado todos los papeles. Todo es legal. Lo que no sé es por qué hemos tenido tanta suerte.
Jenn sintió un escalofrío que no era de frío.
—Vamos —dijo.
Pasaron el control. Subieron las escalerillas. El interior olía a cuero nuevo y a dinero que quema. Ocho asientos reclinables, alfombra gruesa, ventanillas polarizadas. Una azafata de sonrisa profesional les ofreció champán.
—Champán —dijo Melissa, cogiendo la copa.
—Es cava —corrigió Sarah.
—Da igual. Tiene burbujas y cuesta más de veinte euros.
Jenn se sentó junto a la ventanilla. Vio las luces del aeropuerto haciéndose borrosas. El avión despegó, y con él, todo lo que había sido su vida en los últimos tres meses.
El teléfono vibró en el bolsillo trasero de los vaqueros.
Andrew: "¿Seguro que no quieres venir a la boda? Mi hermana estaría encantada."
Jenn leyó el mensaje. Lo leyó otra vez.
Y luego lo borró.
No contestó. No bloqueó. Solo borró.
Apoyó la cabeza contra el cristal de la ventanilla y cerró los ojos.
—¿Estás bien? —preguntó Sarah a su lado.
—Voy a estarlo —respondió.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no tengo otra opción.
El avión subió. Barcelona se hizo pequeña. España se hizo pequeña. Todo lo que conocía se fue haciendo cada vez más diminuto hasta desaparecer en el azul del cielo.
Y por primera vez en tres meses, Jenn no sintió miedo.
Sintió algo parecido a la esperanza.
—Tres días —susurró.
—¿Qué? —preguntó Melissa.
—Tres días para pecar.
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Jueves, 3 de julio. 08:15. Sobrevolando Francia.
El jet privado surcaba el cielo a 10.000 metros de altura.
Jenn llevaba veinte minutos mirando por la ventanilla sin ver nada. Las nubes pasaban como fantasmas bajo el ala del avión. Blanco sobre blanco. Vacío sobre vacío. Igual que su vida los últimos tres meses.
—Llevas veinte minutos sin parpadear —dijo Sarah a su lado—. ¿Estás catatónica o solo estás pensando?
—Pensando.
—¿En qué?
—En que todo esto parece una broma de mal gusto.
—El viaje, ¿quieres decir?
—No. La vida en general. Tres meses viendo Netflix, comiendo delivery y esperando que Andrew volviera. Y de repente, esto. Un jet privado. Un festival con sesenta mil personas. Como si alguien hubiera apretado un botón y hubiera dicho: "Vale, ya has sufrido suficiente, ahora te toca vivir."
Sarah la miró. Esa mirada suya de enfermera que todo lo ve, que todo lo entiende, que ya ha visto morir a suficiente gente como para saber que la vida es una mierda y aún así merece la pena vivirla.
—¿Y qué quieres que te diga? —preguntó Sarah—. ¿Que es una señal divina? ¿Que el universo te debe una?
—No. Solo quiero que alguien me diga que esto es real. Que no me voy a despertar en mi piso con la tele encendida y el suéter de Andrew en la silla.
—Es real. Estamos en un avión. En el puto cielo. Y dentro de dos horas vas a pisar tierra belga.
Jenn se giró hacia ella.
—¿Crees que esto es una buena idea?
—No lo sé —respondió Sarah, encogiendo los hombros—. Pero creo que es mejor que quedarte en casa.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Jenn suspiró. Se recostó en el asiento de cuero. El avión era ridículamente cómodo. Asientos reclinables que se convertían en camas. Pantallas individuales con películas a elegir. Una nevera empotrada con champán y caviar.
Melissa ya había abierto la segunda botella. Karen tenía la computadora abierta, repasando documentos.
—¿Crees que el tipo este nos va a pedir algo? —preguntó Jenn en voz baja.
—¿Qué tipo?
—El que ha pagado esto. Michael Williams, el CEO de Rampage Records. Este avión no es barato. Esto no es un sorteo. Esto es una inversión. Y nadie invierte sin esperar algo a cambio.
Sarah se quedó callada.
—No lo sé —dijo al final—. Pero sea lo que sea, estaremos juntas. Las cuatro.
Jenn quiso creerle.
Pero había algo en el fondo de su estómago, caliente y aterrador, que le decía que esto no había hecho más que empezar.
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08:45. Sobrevolando Francia. Altitud: 11.000 metros.
El altavoz crujió.
—Señoritas, tenemos un pequeño cambio de planes.
Jenn levantó la cabeza. La azafata, la misma morena de sonrisa profesional, estaba de pie en el pasillo con un teléfono en la mano.
—El señor Williams ha pedido que hagamos una parada técnica en París.
—¿Una parada? —preguntó Karen, cerrando el portátil—. ¿Por qué?
—No me lo han especificado. Pero hay un coche esperándolas en la pista. Las llevará a un lugar donde el señor Williams quiere verlas antes de que lleguen al festival.
—¿Ahora? —preguntó Jenn—. ¿Sin avisar?
—El señor Williams no suele avisar con antelación. Lo siento.
La azafata se fue.
El silencio en la cabina se hizo denso.
Melissa fue la primera en hablar.
—Esto es la hostia —dijo, con una sonrisa de oreja a oreja—. El tío misterioso del festival nos va a recibir en París. Esto es como una película de espías, pero con champán.
—No es una película de espías —dijo Karen, con la voz tensa—. Es una reunión de negocios. Y en las reuniones de negocios, la gente que paga un jet privado siempre quiere algo.
—¿Y tú qué crees que quiere? —preguntó Jenn.
—No lo sé. Pero no es bueno que un desconocido pueda cambiar nuestros planes sin preguntar.
—Estamos en su avión —dijo Jenn—. En su país. Con su dinero. No tenemos mucho poder de decisión.
—Siempre tenemos poder de decisión —respondió Karen, con la voz de abogada que no acepta perder un caso—. Podemos negarnos. Podemos pedir que nos devuelvan a Barcelona.
—¿Y perder el viaje?
—¿Y perder nuestra dignidad?
Jenn se quedó callada.
Sarah puso una mano en el brazo de Karen.
—Vamos a ver. No sabemos qué quiere. No sabemos si es bueno o malo. Pero si nos negamos ahora, nos quedaremos sin saberlo. Yo prefiero saber.
Karen dudó.
—Vale. Pero si esto se tuerce, yo lo denuncio.
—Todos lo denunciaremos —dijo Melissa, ya con la tercera botella en la mano—. Pero primero, vamos a ver qué pinta tiene el tío este.
El avión empezó a descender.
Jenn miró por la ventanilla. Las nubes se abrieron y París apareció abajo. La Torre Eiffel, un pequeño punto dorado. El Sena, una cinta brillante. Las calles, un laberinto de hormigón y luz.
—Bienvenidas a París —dijo la azafata por el altavoz—. El señor Williams las espera.
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09:15. Aeropuerto de Le Bourget. París.
El coche era negro. Demasiado negro. Una limusina con los cristales polarizados que no dejaban ver el interior.
Jenn se detuvo frente a la puerta abierta.
Dentro, solo había una persona.
Un hombre.
Traje azul marino. Camisa blanca. Sin corbata. El primer botón desabrochado dejaba ver un triángulo de piel morena. Los brazos apoyados en el respaldo del asiento. La mirada fija en ella.
No sonreía.
—Jennifer Taylor —dijo. Su voz era grave. Pausada. Como si tuviera todo el tiempo del mundo—. Sube.
—¿Quién eres? —preguntó Jenn.
—Ya lo sabes.
—Quiero oírlo de tu boca.
—Michael Williams. CEO de Rampage Records. Tu anfitrión.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que necesitas.
Jenn no se movió.
Michael la miró. Esa mirada de hielo sucio. Como si estuviera leyendo cada uno de sus pensamientos.
—No tengas miedo —dijo.
—No tengo miedo.
—Mientes. Se te nota en la mandíbula. La aprietas cuando estás nerviosa.
Jenn aflojó la mandíbula. Mierda.
—¿Cómo sabes eso?
—Porque llevo meses observándote.
El corazón de Jenn se detuvo.
—¿Qué?
—Las rosas. Las fotos. El concurso. Todo fue para traerte aquí.
—¿Me estás diciendo que me has estado siguiendo?
—No siguiendo. Observando.
—Eso es lo mismo.
—No. Seguir implica que no sabes que estoy ahí. Observar implica que siempre lo has sabido.
Jenn apretó los puños.
—Eres un enfermo.
—Probablemente.
—Un acosador.
—También.
—Y me has traído aquí con una mentira.
—No. Te he traído aquí con una oportunidad.
—¿Qué oportunidad?
Michael sacó una mano del bolsillo. No era una pistola. Era una rosa.
Roja.
—La misma que te enviaba cada martes —dijo—. La misma que tirabas a la basura sin mirar. La misma que, por alguna razón, no has tirado esta semana.
Jenn sintió el peso de la rosa en su pecho sin que él se la hubiera dado todavía.
—¿Cómo sabes que no la tiré?
—Porque sé todo de ti, Jennifer. Tu color favorito es el azul. Tu café es con leche de avena y un sobre de sacarina. Tienes una cicatriz en la rodilla izquierda de cuando te caíste en bicicleta a los doce años. Duermes del lado derecho de la cama. Y cuando te enfadas, te muerdes las uñas.
Jenn apartó la mano de su boca. Mierda otra vez.
—Eso es enfermizo.
—Es atención al detalle. En mi negocio, los detalles te mantienen vivo.
—¿Y qué negocio es ese? —preguntó Jenn, con la voz temblorosa—. Porque esto no es un festival. Esto es otra cosa.
Michael no respondió. Solo la miró.
—Sube al coche —dijo—. Hablaremos dentro.
—No voy a subir a un coche con un desconocido.
—No soy un desconocido. Soy el hombre que te ha seguido durante un año. El que te ha traído hasta aquí. El que va a hacer que te olvides de tu exnovio en menos de tres días.
—No voy a olvidarme de Andrew.
—Andrew te dejó por tu hermana. Y te pidió que fueras a su boda. Y tú, en lugar de mandarlo a la mierda, leíste el mensaje cinco veces antes de borrarlo. No es amor, Jennifer. Es costumbre. Y las costumbres se rompen.
Jenn sintió que la sangre se le helaba.
—¿Cómo sabes lo del mensaje?
—Te he dicho que sé todo de ti.
—Eso no es posible.
—Es posible cuando tienes acceso a todo. A sus teléfonos. A sus correos. A sus redes.
—¿Estás espiando a Andrew?
—No. Solo a ti.
Jenn sintió náuseas.
—Vete a la mierda.
—Sube al coche.
—No.
—Sube, Jennifer.
—He dicho que no.
Michael se levantó del asiento. Dio un paso hacia ella. Jenn retrocedió. Pero él no la tocó. Solo la miró.
—Tienes tres días —dijo—. Tres días para que me conozcas. Tres días para que decidas si quieres quedarte.
—¿Quedarme?
—Conmigo.
—No te conozco.
—Puedes conocerme.
—No quiero conocerte.
—Mientes otra vez.
—No.
—Sí. Si no quisieras conocerme, no estarías aquí. Si no quisieras saber quién soy, no habrías subido al avión. Si no sintieras curiosidad, ya te habrías ido.
Jenn abrió la boca para responder. No le salió nada.
Porque él tenía razón.
Michael sonrió. Esa sonrisa otra vez. Lenta. Segura. Infumable.
—Tres días, Jennifer. Solo tres días. Y si al final quieres irte, te irás. Sin preguntas. Sin condiciones. Sin nada.
—¿Y si no quiero?
—Entonces te quedas.
—¿Para siempre?
—Para siempre.
Jenn sintió un escalofrío.
No era miedo.
Era algo más. Algo que no quería nombrar.
—Sube —dijo él—. Tus amigas te esperan en el hotel. Y yo tengo cosas que hacer antes de que empiece el festival.
Jenn miró el coche. La puerta abierta. El asiento vacío.
Miró a Michael. Sus ojos grises. Su mandíbula cuadrada. Sus manos enormes.
Y por un momento, solo un momento, quiso saber qué pasaría si subía.
Si decía que sí.
Si se dejaba llevar.
—Vale —dijo—. Pero si intentas algo, grito.
—No vas a gritar.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no quieres.
Jenn subió al coche.
Michael cerró la puerta.
El coche arrancó.
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09:45. Dentro de la limusina.
El interior era más grande de lo que parecía desde fuera. Asientos de cuero blanco. Una barra con bebidas. Una pantalla que mostraba el mapa de París.
Jenn se sentó en el extremo izquierdo. Michael en el derecho. Dos metros de distancia entre ellos.
Pero parecían dos centímetros.
—¿Por qué yo? —preguntó Jenn.
—¿Por qué qué?
—¿Por qué me has seguido? ¿Por qué no a otra?
Michael apoyó la cabeza contra el respaldo. La miró.
—¿Quieres la verdad o quieres una respuesta bonita?
—La verdad.
—Eres la única que no me ha sonreído.
—¿Qué?
—La primera vez que te vi, fue en la gala de los premios de la música electrónica. Hace un año. Tú estabas detrás de la barra, pidiendo una copa. Yo estaba al lado. No te dije nada. Pero te vi.
—No recuerdo esa noche.
—Claro que no. Porque no te fijaste en mí. Todos se fijan en mí. Todos me sonríen. Me llaman "señor Williams" con esa voz de miedo o de interés. Pero tú no. Tú pediste tu copa, pagaste, te fuiste. Ni siquiera me miraste.
—Y por eso me perseguiste durante meses.
—Por eso te empecé a seguir. Luego fue por otras cosas.
—¿Qué otras cosas?
—Que eres cabezota. Que no te callas. Que no te rindes. Que te muerdes las uñas cuando estás nerviosa aunque sepas que es feo. Que lloras viendo películas románticas pero dices que es porque te ha entrado algo en el ojo. Que eres real, joder. Y yo he conocido a mucha gente, Jennifer. Todos quieren algo. Todos mienten. Todos son falsos. Pero tú no.
Jenn se quedó callada.
No esperaba eso.
Esperaba amenazas. Esperaba poder. Esperaba a un hombre que la encerrara en una habitación y le dijera lo que tenía que hacer.
No esperaba vulnerabilidad.
—Eso es muy triste —dijo al final.
—¿El qué?
—Que tengas que pagar un jet privado para que alguien te mire sin miedo.
Michael bajó la mirada.
Por un segundo, un solo segundo, Jenn vio al hombre detrás del monstruo.
Luego él levantó la cabeza y la máscara volvió a colocarse.
—¿Tienes hambre? —preguntó.
—No.
—Tienes que comer. Estás demasiado delgada.
—No te importa.
—Me importa.
—No me conoces.
—Te conozco mejor que tú misma.
Jenn apretó los puños.
—Odio cuando hablas como si supieras todo de mí.
—Lo sé todo de ti.
—No es verdad.
—¿Quieres que te lo demuestre?
—No.
—Entonces come.
Michael le tendió una bandeja con frutas y croissants.
Jenn la cogió.
No porque tuviera hambre.
Porque no sabía qué más hacer.
---
10:30. París. Un café en el Marais.
El coche se detuvo frente a una cafetería pequeña, con toldo rojo y mesas en la acera. Michael bajó primero.
—Ven —dijo—. Te voy a enseñar algo.
—No quiero que me enseñes nada.
—Ven.
Jenn bajó del coche. Michael la guió hacia la cafetería. La puerta de madera crujió al abrirse. Dentro, el olor a café recién hecho y a pan tostado. Las mesas de mármol. Los camareros con delantal blanco.
Todo era antiguo. Auténtico. Demasiado perfecto.
Michael se sentó en una mesa del fondo. Jenn, enfrente.
—Este es mi sitio favorito en París —dijo—. Vengo aquí cada vez que necesito pensar.
—¿Y qué necesitas pensar ahora?
—En ti.
—No soy un problema.
—No. Eres la solución.
—¿A qué?
—A todo.
Jenn sintió un nudo en la garganta.
—No me digas esas cosas.
—¿Por qué?
—Porque no son verdad.
—Lo son.
—No.
—Jennifer.
—No.
Michael se inclinó hacia delante.
—Mírame —dijo.
Jenn lo miró.
—No tengo miedo de ti —dijo—. No sé si debería tenerlo, pero no lo tengo.
—¿Por qué?
—Porque si tuvieras intención de hacerme daño, ya lo habrías hecho.
—Puede que sea un acosador, pero no soy un violador.
—Eso no es tranquilizador.
—Es honesto.
—La honestidad no excusa el acoso.
—No estoy excusando nada. Solo te estoy diciendo la verdad. Te he seguido. Te he observado. Te he traído aquí. Y todo lo que quiero es que me des una oportunidad.
—¿Una oportunidad para qué?
—Para conocerme.
—¿Y si no quiero?
—Entonces te vas. Y no vuelvo a molestarte.
—¿Lo prometes?
—Lo prometo.
—Palabra de Williams.
—Palabra de Williams.
Jenn se quedó mirándolo.
—Tres días —dijo.
—Tres días.
—Y luego decido.
—Y luego decides.
—Vale.
Michael sonrió. Esta vez, no era una sonrisa de triunfo. Era una sonrisa de alivio.
—Gracias —dijo.
—No me des las gracias. Todavía no he decidido nada.
—Pero has aceptado intentarlo.
—Eso no es un sí.
—Es suficiente.
El camarero llegó con dos cafés. Michael pagó antes de que Jenn pudiera ofrecerse.
—¿Por qué haces esto? —preguntó ella.
—¿El qué?
—Cuidarme. Pagarme cosas. Traerme aquí.
—Porque quiero que te quedes.
—¿Y si no quiero?
—Entonces te dejo ir.
—¿Así de fácil?
—Nada de esto es fácil, Jennifer. Pero todo vale la pena.
Jenn cogió su café.
Bebió un sorbo.
—Te voy a hacer una pregunta —dijo.
—Dime.
—¿Esto es una cita?
—No. Es una entrevista.
—¿Para qué?
—Para saber si quieres trabajar para mí.
—¿Trabajar?
—Sí. En el festival. Como relaciones públicas. Necesito a alguien que hable con los artistas, que gestione los horarios, que se encargue de que todo funcione. Y tú tienes cara de saber hacer eso.
—No sé hacer eso.
—Aprenderás.
—¿Y si no quiero?
—Entonces no trabajas. Pero igual te quedas.
—¿Y por qué querría quedarme?
—Porque aquí tienes todo lo que no tienes en casa.
Jenn no supo qué responder.
Porque él tenía razón.
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11:30. De vuelta en el coche.
Michael la llevó al aeropuerto. El coche negro atravesó París como una cuchilla.
—Tus amigas te esperan en el hotel de Amberes —dijo.
—¿No vienes?
—Tengo cosas que hacer. Pero te veré esta noche.
—¿Esta noche?
—Sí. Hay una cena. Para los artistas. Los patrocinadores. La gente importante.
—¿Y yo voy?
—Tú eres mi invitada.
—No he aceptado ser tu invitada.
—Has aceptado darme una oportunidad. Eso incluye la cena.
Jenn apretó los labios.
—Eres un cabrón.
—Lo sé.
—Un cabrón con dinero.
—También.
—Y con un jet privado.
—Sobre todo con un jet privado.
Jenn casi sonrió.
—No me caes bien —dijo.
—No hace falta que te caiga bien.
—¿Entonces qué hace falta?
—Que confíes en mí.
—No confío en ti.
—Todavía.
—No voy a confiar en ti.
—Ya veremos.
El coche se detuvo en la pista. El jet privado las esperaba. La azafata sonrió desde la escalerilla.
—Sube —dijo Michael.
—¿Y tú?
—Yo me voy.
—¿Así nomás?
—Así nomás.
Jenn se bajó del coche.
—Michael —dijo, girándose.
—Dime.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no haber hecho nada raro.
—Aún no ha empezado el día.
Michael cerró la puerta del coche.
El coche arrancó.
Jenn se quedó mirando cómo se alejaba.
No sabía si lo que sentía era alivio o decepción.
Y eso era lo peor.
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12:00. Dentro del avión.
—¿Y bien? —preguntó Melissa, con el champán ya en la mano—. ¿Qué tal el tío misterioso?
—Es un acosador —dijo Jenn.
—¿Y?
—Y me ha invitado a una cena.
—¿Una cena?
—Con los artistas. Los patrocinadores. La gente importante.
—¿Y has aceptado?
—Sí.
—Joder —dijo Melissa—. Eso es la hostia.
—No, eso es peligroso —dijo Karen.
—Las dos cosas —dijo Sarah—. Pueden ser las dos cosas.
—¿Y tú qué vas a hacer? —preguntó Karen.
—Ir a la cena —dijo Jenn—. Y ver qué pasa.
—¿Y si pasa algo malo?
—Entonces me voy.
—¿Y si no puedes irte?
—Entonces grito.
—¿Y si no te oyen?
Jenn se quedó callada.
—Entonces me defenderé.
—¿Con qué?
—Con lo que tenga.
—No tienes nada.
—Tengo a las cuatro.
Sarah, Melissa y Karen la miraron.
—No vamos a dejar que te pase nada —dijo Sarah.
—Lo sé.
—Y si el tío ese intenta algo, lo denunciamos —dijo Karen.
—Lo sé.
—Y si no funciona, lo matamos —dijo Melissa.
—Eso es ilegal —dijo Karen.
—Es picaresca. Hay diferencia.
Jenn sonrió.
—Sois las mejores amigas del mundo.
—Lo sabemos —dijeron las tres a la vez.
El avión despegó.
Jenn miró por la ventanilla.
París se hizo pequeña. Michael se hizo pequeño.
Pero ella sabía que no había terminado.
Esto no había hecho más que empezar.
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