«Me lo has quitado todo», susurró, su voz apenas respiraba. «Mi reino, mi padre, mi libertad. ¿Qué más quieres?»
El Rey Dragón la miró con una mezcla de diversión y curiosidad, con una sonrisa sardónica en sus labios. «Todo», respondió con sencillez. «Quiero todo lo que es mío por derecho. Incluyéndote a ti».
«¿Qué piensa hacer conmigo, Su Majestad?» Su voz tembló levemente, pero se obligó a hablar con un toque de desafío.
Alarico se levantó del trono con movimientos fluidos y deliberados, como los de un depredador dando vueltas alrededor de su presa. «Me servirás», declaró, y su voz resonó en la sala con una presencia imponente. «Como mi concubina, me darás a luz un hijo. Entonces puedes morir».
Tras la conquista de su reino por el poderoso Alarico, el Rey Dragón, la princesa Isabel de Allendor fue llevada a su harén para servirle como una de sus muchas concubinas. El rey se mostró frío y despiadado con ella, y la castigó simplemente por ser la hija de su difunto enemigo. Isabel le tenía miedo, con razón, y solo quería sobrevivir y evitar al rey a toda costa. Sin embargo, cuando algo más fuerte comienza a unirlos, la dulce inocencia de la princesa y el frío corazón del rey se encuentran en una peligrosa danza de miedo y deseo.