Juego del amor
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«¿Así está bien?», susurró Anton, con los dedos temblando dentro de mí. «Dime qué hacer». Y entonces entró su compañero de equipo.
Ψ
La primera vez que Anton Morrison me tocó, me preguntó si lo estaba haciendo bien. La segunda vez, me rogó que le enseñara más. La tercera vez, no estábamos solos.
Anton es la selección número uno del draft de la NHL. Tiene diecinueve años. Mide un metro ochenta y cinco, está lleno de talento en bruto y tiene un contrato valorado en millones. Es rápido sobre el hielo, torpe fuera de él... y virgen.
Me contrataron para ayudarlo a lidiar con la fama. Para enseñarle a manejar a los medios, a los fanáticos y a la presión. No para enseñarle cómo quitarme la ropa con manos temblorosas. No para guiar su boca entre mis muslos ni para susurrarle elogios al oído. No para enamorarme de la forma en que gime, como si lo sintiera de verdad.
Pero entonces apareció su compañero de equipo, Juan Martinez: mayor, más arrogante y definitivamente no tan heterosexual como todos creen. Vio lo que estábamos haciendo. No se marchó. Preguntó si necesitábamos ayuda.
¿Y Anton?
Dijo que sí.
Ahora somos tres.
Sin reglas. Sin etiquetas. Sin posibilidad de volver atrás.
Pero en algún punto, entre las lecciones, las caricias y los besos que nunca debimos compartir... alguien se enamoró.
Y me asusta pensar que no fue solo uno de ellos.
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La primera vez que Anton Morrison me tocó, me preguntó si lo estaba haciendo bien. La segunda vez, me rogó que le enseñara más. La tercera vez, no estábamos solos.
Anton es la selección número uno del draft de la NHL. Tiene diecinueve años. Mide un metro ochenta y cinco, está lleno de talento en bruto y tiene un contrato valorado en millones. Es rápido sobre el hielo, torpe fuera de él... y virgen.
Me contrataron para ayudarlo a lidiar con la fama. Para enseñarle a manejar a los medios, a los fanáticos y a la presión. No para enseñarle cómo quitarme la ropa con manos temblorosas. No para guiar su boca entre mis muslos ni para susurrarle elogios al oído. No para enamorarme de la forma en que gime, como si lo sintiera de verdad.
Pero entonces apareció su compañero de equipo, Juan Martinez: mayor, más arrogante y definitivamente no tan heterosexual como todos creen. Vio lo que estábamos haciendo. No se marchó. Preguntó si necesitábamos ayuda.
¿Y Anton?
Dijo que sí.
Ahora somos tres.
Sin reglas. Sin etiquetas. Sin posibilidad de volver atrás.
Pero en algún punto, entre las lecciones, las caricias y los besos que nunca debimos compartir... alguien se enamoró.
Y me asusta pensar que no fue solo uno de ellos.















































