ENTERRADA VIVA
411 Weergaven · Lopend · Jenny Rica
El pecho de Ángela se agitaba mientras perseguía a la figura etérea por los senderos sinuosos del huerto, sus pasos resonando contra la tierra dura. La luna llena arrojaba un resplandor inquietante sobre la escena, proyectando largas sombras que danzaban y se retorcían como espectros oscuros. Había venido aquí buscando venganza por la muerte de su hermana, pero ahora estaba siendo atormentada por el mismo espíritu que perseguía sus sueños.
La niebla que se arremolinaba alrededor de sus pies era espesa y sofocante, amortiguando sus pasos y dejándola desorientada. Un solo farol parpadeaba a lo lejos, emitiendo una luz amarillenta enfermiza que iluminaba los escalones que llevaban a la mansión. Pero Ángela estaba ajena a su entorno, sus ojos fijos en la figura blanca que la llamaba.
—¡Muéstrate! —gritó, su voz resonando en la noche vacía—. ¡Sé que no eres un fantasma! ¿Quién eres?
Su corazón latía con fuerza en su pecho mientras se acercaba a la veranda prohibida detrás del estudio de Leonardo. Allí, en las sombras, estaba la mujer de blanco. Sus rasgos estaban oscurecidos por la niebla arremolinada, pero Ángela podía sentir el peso de su mirada sobre ella.
—¡Dime quién eres! —exigió Ángela, su voz temblando de miedo y rabia. El pulso de Ángela se aceleró, su respiración se entrecortó en su garganta.
La figura permaneció en silencio, su presencia fantasmal emanando un aura inquietante.
—Buscas venganza —dijo, su voz como el susurro de las hojas en una fría noche de otoño—. Pero ten cuidado con lo que deseas, querida. A veces la verdad es mucho más aterradora que cualquier fantasma.
La niebla que se arremolinaba alrededor de sus pies era espesa y sofocante, amortiguando sus pasos y dejándola desorientada. Un solo farol parpadeaba a lo lejos, emitiendo una luz amarillenta enfermiza que iluminaba los escalones que llevaban a la mansión. Pero Ángela estaba ajena a su entorno, sus ojos fijos en la figura blanca que la llamaba.
—¡Muéstrate! —gritó, su voz resonando en la noche vacía—. ¡Sé que no eres un fantasma! ¿Quién eres?
Su corazón latía con fuerza en su pecho mientras se acercaba a la veranda prohibida detrás del estudio de Leonardo. Allí, en las sombras, estaba la mujer de blanco. Sus rasgos estaban oscurecidos por la niebla arremolinada, pero Ángela podía sentir el peso de su mirada sobre ella.
—¡Dime quién eres! —exigió Ángela, su voz temblando de miedo y rabia. El pulso de Ángela se aceleró, su respiración se entrecortó en su garganta.
La figura permaneció en silencio, su presencia fantasmal emanando un aura inquietante.
—Buscas venganza —dijo, su voz como el susurro de las hojas en una fría noche de otoño—. Pero ten cuidado con lo que deseas, querida. A veces la verdad es mucho más aterradora que cualquier fantasma.



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