De Gitana A Princesa

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Capítulo 7 El zorro y la mariposa

Melodía fue camino a las carretas y allí encontró a Bastián afinando una guitarra. Se quedó un rato en silencio, para no interrumpir la repentina tonada que él sacaba de aquellas cuerdas. Era una canción muy bonita. Sin embargo, como siempre, tropezó y así aquella melodía se vio interrumpida.

—L-lo siento, hermano, no quería interrumpir. Yo solo vine a entregarte las ganancias de hoy. Sabes que iba a entregarte las monedas más tarde, pero prefiero hacerlo ahora —dijo, algo avergonzada.

—Está bien, Mel, no te preocupes —respondió Bastián, recibiendo el pequeño saquito de tela con las monedas—. Estás muy bonita, hermana, vas a brillar esta noche, eh —añadió, logrando sacar un sonrojo en el rostro de Melodía.

—¿Tú crees, hermano? Fue Clara quien me arregló esta noche. La verdad, me gusta cómo me veo. Clara es genial —admitió Melodía, sintiéndose distinta y más segura de sí misma.

—Sí, Mel, Clara es genial. Mira, contigo hizo un milagro —comenzó a reír a carcajadas—. Hacer que tú te vieras bonita es toda una proeza.

Bastián seguía riendo a carcajada suelta.

—¡Bastián, eres un idiota, un grosero! Respeta, ¿no ves que soy tu hermana y tú me debes respeto? —dijo Melodía, dándole un coscorrón en la cabeza por atrevido y grosero.

—¡Ash, Mel, solo era una broma! Hermana, ¿cómo crees que lo que dije es cierto? Bueno, sí es cierto que Clara es genial y muy detallista, pero tú no eres tan fea... ¡Oh, espera un momento, no era eso lo que iba a decir, hermana! —Bastián estaba nervioso, en vez de aclarar, oscurecía más.

—Bastián, ya mejor cierra la boca y vámonos a la mentada taberna antes de que te haga otro chichón en tu hueca cabeza —dijo Melodía, molesta.

—Como diga la princesa —respondió Bastián, sin saber ya cómo aguantarse la risa. Molestar a su hermana era muy divertido, y llevaba días sin picarla. Ya le hacía falta hacerlo.

Llegaron a la taberna y fueron directo a unas bodegas que el dueño había dispuesto para que los gitanos allí se organizaran. El lugar, esa noche, estaría a reventar, y eso sería aprovechado al máximo por el pueblo gitano, que tanto lo necesitaba.

El ambiente en la taberna era vibrante y animado. Las luces de las lámparas de aceite iluminaban el espacio con un resplandor cálido y acogedor. Las risas y las conversaciones llenaban el aire, mezclándose con el sonido de los músicos afinando sus instrumentos y los bailarines practicando sus pasos. El aroma a especias y comida recién hecha flotaba en el aire, transportando a todos a un mundo de tradición y alegría.

Melodía observaba todo a su alrededor, sintiéndose parte de algo más grande. La noche prometía ser memorable, y con el apoyo de su hermano y sus amigos, estaba decidida a dar lo mejor de sí misma y honrar el legado de su hermana Melibea.

..........

No muy lejos de la taberna, ciertos cazaesclavos y sus dos secuaces planeaban cómo capturar a sus siguientes presas. La noche estaba tranquila, y las lunas iluminaban el paisaje, creando sombras entre los árboles y las edificaciones. Los sonidos de la taberna, llenos de risas y música, llegaban lejanamente, contrastando con las voces susurrantes de los cazaesclavos.

—Langrys, lo mejor será atrapar a más de una sola presa. Así habrá más plata. Tomamos a la pollita que quiere el duque junto a otras dos y las vendemos fuera de Aldremir, en la provincia de Frassia. Hay una casa de citas que ya nos ha pagado bien por llevarle buena carne. También hay muchos terratenientes allí que pagarían bien —dijo uno de los peones de Langrys, el mercader de esclavos—. Por una hembra gitana darían buena pasta, jefe.

—¡Oh! Mi querido Riven, no eres tan idiota. A veces tienes buenas ideas —halagó Langrys a uno de sus peones—. Jacob, ¿tú ya pensaste en cómo entrar a la taberna?

—Sí, señor. Lo mejor es ir directo a las bodegas. Allí están las mujeres, no hay mucha seguridad y, con el alboroto, nadie sabrá qué pasó —secundó Jacob.

—¡Por los dioses, hoy mis chicos están muy atentos! ¿Qué habrán desayunado? —decía Langrys en tono de burla.

El ambiente a su alrededor era sombrío y tenso, como si la misma noche advirtiera del peligro que se cernía sobre la taberna. Los cazaesclavos permanecían ocultos entre las sombras, planeando cada movimiento con precisión. El frío viento nocturno soplaba suavemente, llevando consigo los murmullos conspiradores de los hombres.

—Bueno, lo mejor es esperar a que el show comience. Cuando el lugar esté lleno, allí actuaremos —concluyó Langrys, mientras los tres se preparaban para ejecutar su plan siniestro.

Las luces de la taberna brillaban a lo lejos, y el bullicio de la celebración contrastaba con la amenaza que se cernía en la oscuridad. Los cazaesclavos aguardaban el momento oportuno, como depredadores al acecho de su presa.

..........

El lugar se llenaba rápidamente. No solo acudió gente de bajo estrato social, sino también personas de buena cuna. Solo con ver su vestimenta se notaba la diferencia; algunas mujeres derrochaban elegancia y los hombres bebían como si no hubiese un mañana. Sin embargo, lo que más llamaba la atención era el entretenimiento gitano. Mujeres hacían filas para conocer su fortuna; unas querían saber sobre el amor, otras si su futuro esposo sería rico, y unas pocas deseaban saber cuántos hijos tendrían. El juego de azar tampoco podía faltar, ya que los gitanos tenían manos rápidas y muchos incautos vaciaban sus bolsillos en las mesas de juegos de azar.

Algunas gitanas, entre ellas Melodía, repartían antifaces para hacer la velada aún más misteriosa de lo que ya era. Melodía llevaba un antifaz azul en forma de alas de mariposa, decorado con muchas piedras brillantes que hacían destacar sus ojos verdes.

Un muchacho, al asistir a la dichosa fiesta, fue abordado por una de las gitanas, quien le ofreció un antifaz sencillo de tela negra sin decoración alguna. Él se lo colocó, pensando que cuanto más misteriosa fuera la noche, más divertida sería. Quizás alguna gitanilla sería cariñosa con él esa noche, y con esa idea en mente, se adentró más en la taberna, urgido por un trago. Su vista se desvió hacia unas mujeres con vestimentas muy atrevidas.

—¿El panorama pinta bueno hoy? —comentó en voz alta.

—Miren a quien tenemos acá, a nuestro zorro ladino. ¿Qué hace tan lejos de las murallas del palacio, su alteza? — cuestionó una voz familiar.

—C-Capitán Andreas, ¿qué hace usted aquí? —preguntó el príncipe, algo nervioso al saberse descubierto.

—Yo pregunté primero, su alteza, pero con gusto le contestaré a su pregunta. Es mi día de descanso y vine como un Alkaryo más a celebrar las buenas cosechas. Ahora, si es tan amable, ¿podría decirme qué hace usted tan lejos de palacio? —respondió Andreas, con una ceja levantada.

—Oh, capitán, al igual que usted vine a celebrar junto a mi pueblo las buenas cosechas —dijo el príncipe Damián con una sonrisa de oreja a oreja.

—Damián, es peligroso que estés aquí y lo sabes. Regresa al palacio; es lo mejor. Zorro ladino, te conozco muy bien —habló el capitán rubio en tono de hermano mayor.

—Vamos, Andreas, no seas aguafiestas. Mira, me estoy portando bien; nada pasará. Además, amigo, estás tú acá; nada malo pasará. Es más, vamos a divertirnos de lo lindo —dijo el príncipe subiendo y bajando las cejas de manera muy sugestiva, aunque bajo el antifaz no se notara el pícaro gesto.

—Eres persistente, pequeño zorro. Dime, ¿nadie te vio salir? —preguntó Andreas, preocupado.

—Pues no, mi estimado. Sus soldados hacen bien su trabajo, pero modestia a parte, soy muy astuto. Usted ya lo sabe, capitán —respondió Damián en un tono burlón.

El capitán y el príncipe eran amigos desde antaño. Andreas era hijo de una familia de militares muy pudiente de Alkarya y muy querido por los reyes. Para el capitán, el príncipe Damián era como un hermano menor, rebelde y alocado. Él conocía la maldición del príncipe, y por eso el apodo de "pequeño zorro".

El ambiente en la taberna era vibrante y animado. Las luces de las lámparas de aceite iluminaban el espacio con un resplandor cálido y acogedor. Las risas y las conversaciones llenaban el aire, mezclándose con el sonido de los músicos afinando sus instrumentos y los bailarines practicando sus pasos. El aroma a especias y comida recién hecha flotaba en el aire, transportando a todos a un mundo de tradición y alegría. La tensión entre el príncipe y el capitán se disolvía lentamente, mientras ambos se sumergían en la celebración y la camaradería gitana.

——♡——

Caminaba agotado luego de  entrenar con su padre, el capitán Rutden el joven Andreas solo quería ir directo a la cama.

Dejó al caballo en su establo, luego de darle algo de avena al animal en agradecimiento, se disponía a retirarse, pero unos ruidos llamaban su atención. Se adentró más a los establos y en el último cubículo  vió llorar al príncipe el niño temblaba de miedo y miraba aterrado sus manos cubiertas de sangre, aunque  lo que realmente más llamó la atención de Andreas, eran las orejas peludas en lo alto de la cabeza pelirroja del principe Damián.

—Alteza ¿Que le ocurre? —preguntaba el rubio arrodillándose frente al niño.

—No estoy bien Rutden y si no quieres que  nada te pase, te sugiero que te iargues —gruñó el pequeño en un hilo de voz.

—No le dejaré aquí en ese estado ¿Acaso estás tonto? —dijo Andreas ignorando el pedido del pelirrojo—, dime algo Damián ¿De quién es esta sangre y porqué pareces un animal...? —cuestionó el rubio preocupado. 

Miró sus manos, recordando el zarpazo que le dió a su madre, las lágrimas volvieron a fluir a borbotones. —La sangre es de mi madre una mujer fea  me dejó así, sentí mucho dolor y cuando abrí mis ojos ya tenía estás orejas feas en mi cabeza y una cola peluda en...

—Esta bien alteza te entendí, no estás feo pareces un cachorro de zorro — añadió el rubio para calmar un poco al pequeño pelirrojo atormentado.

—¿No me temes? —inquirió Damián alzando la mirada  al joven frente a él.

—Yo —se señaló a si mismo—. Tenerte miedo ¿A ti? Si pareces un cachorro asustado, ven busquemos ayuda — respondió Andreas tomando al príncipe de la mano para sacarlo de los establos.

——♡——

—Ya veo muy bien principito, no te quites ese antifaz en toda la noche y no tendremos problemas —dijo palmeando el hombro del principe—,   hablo enserio Damián — aseveró Andreas.

—Si, si lo que digas ahora deja la histeria y tomate un trago conmigo amigo, ¿qué dices?

El principe ofreció un vaso para luego servirle, un poco del licor que esté estaba tomando.

—¡Oye principito no tomes tan rápido! No quiero lidiar con tu real resaca y mucho menos, arrastrarte hasta el palacio — bromeó el capitán Rutden.

—Si claro como si eso fuese a pasar, que no se te olvide ¿Quién fue el que se puso una borrachera cuando fuimos a Euldor  como  emisarios  de Alkarya...?

Mientras ambos jóvenes recordaban anécdotas pasadas, en otra parte en una pequeña tarima, se escuchaba algunos tambores y guitarras, para dentro de poco comenzar el primer número de baile.

—Bastián  en diez minutos, comienza el primer  acto, los músicos  te  llaman —estaba algo emocionada y a la vez ansiosa, eran muchas más personas de lo que  esperaba.

—¿Mel estás bien? —Bastían notó a su hermana algo ansiosa y en parte la entendía, él sintió lo mismo, cuando salió por primera vez de la aldea—, Mel estarás bien, te comerás el escenario no temas hermana —dijo para calmar a la chica.

Bastián asintió con una sonrisa, tratando de calmar a su hermana.

—Tienes razón. Todo saldrá bien. Ahora muévete, porque ya falta poco y te necesitan en escena. Yo también debo ir subiendo al escenario, apresúrate.

Clara y Sarah, cada una a un lado de Melodía, estaban subidas en una viga a lo alto de la tarima. Bajarían desde unas telas de colores a la señal de los músicos. Las tres vestían de manera similar, aunque Melodía llevaba un listón azul que la distinguía. La música comenzó a sonar, y las voces de los cantantes le dieron el toque perfecto al momento. Sarah, Clara y Melodía comenzaron a descender y a realizar algunas piruetas al ritmo de la música hasta llegar al suelo.

Una vez abajo, las chicas comenzaron a bailar con algunos de los presentes. Uno de los muchachos tomó rápidamente a Melodía de la cintura para bailar con ella. Grande fue su sorpresa al escuchar esa voz que tanto la había molestado en los últimos dos días. Aunque prefirió hacerse la desentendida, esperando que aquel tonto no la reconociera, no pudo evitar cierta inquietud al encontrarse nuevamente con él desde que le entregó el antifaz.

—Tiene usted unos ojos preciosos, señorita —halagó el joven a la gitana en sus brazos.

—¿Ah, sí? Muchas gracias, joven. Es usted muy amable —respondió Melodía, tratando de cambiar su voz para no ser descubierta.

Algunas rosas sin espinas y pétalos comenzaron a caer del techo como parte del espectáculo. Aquel joven le dio una vuelta y tomó una rosa para colocarla con delicadeza entre sus dientes. Luego la volvió a poner frente a él. Ver su mirada turquesa hacía que Melodía sintiera muchas emociones, aunque muchas de estas sensaciones no las supiera identificar. Solo sabía que no podía dejar de mirarlo a los ojos.

En un movimiento, aquel joven la elevó por el aire para luego pegarla a su pecho. Sin previo aviso, el atrevido muchacho quitó la rosa de entre sus dientes para ponerla en medio de sus pechos. Otro giro más hizo que Melodía enredara una de sus piernas en su cadera para sujetarse, mientras la otra pierna seguía recta. Dieron un giro más antes de inclinarla hasta el punto en que su cabeza casi tocaba el suelo. Al levantarla, el atrevido, ni corto ni perezoso, cerró aquel baile con un beso en sus labios, fugaz pero pasional. Fue su segundo beso, y lo peor es que se lo había robado el mismo idiota. Por un momento, Melodía se quedó mirando a los ojos de aquel muchacho con el cual se había topado dos veces. Ambos respiraban con dificultad por el baile. Finalmente, el joven rompió el silencio.

—Fue un placer haber coincidido con tan bella mariposa. ¿Cómo te llamas, preciosa?

—Mi nombre no es de importancia. Si me disculpas, debo irme —respondió ella, soltándose de su agarre en la cintura. El chico era rápido.

—¡Oh, espera! ¿A dónde vas? La noche aún es joven —el pelirrojo siguió a la misteriosa joven de ojos esmeralda.

—Perdona, guapo, pero acá quien vino a divertirse eres tú, corazón. Yo estoy aquí por trabajo —dijo Melodía, poniendo un dedo en su pecho con picardía para evitar su cercanía y poner distancia entre ambos.

Sin darle oportunidad a seguirla, Melodía se escabulló entre el tumulto de personas. Algunas iban a la ciudad a bailar y hacer gracias para entretener a los Almedrinos; otras se acostaban con hombres por monedas, una de las actividades que más lucro tenía entre los gitanos cuando iban a la ciudad. Era por esa razón que Bastián la alejaba de aquella taberna. Melodía llegó a las bodegas que usaban como camerino algunos gitanos, necesitaba algo de tomar.

El ambiente en la taberna seguía siendo vibrante y animado. Las luces de las lámparas de aceite iluminaban el espacio con un resplandor cálido y acogedor. Las risas y las conversaciones llenaban el aire, mezclándose con el sonido de los músicos afinando sus instrumentos y los bailarines practicando sus pasos. El aroma a especias y comida recién hecha flotaba en el aire, transportando a todos a un mundo de tradición y alegría. Melodía, aún con el corazón acelerado por el encuentro, trataba de calmarse mientras se servía un vaso de agua.

Un hombre estaba sentado en uno de los barriles de licor cuando vió entrar a Melodía.

—Hola, preciosa —dijo el hombre.

—¿Quién es usted y qué hace aquí? No puede estar aquí, váyase —respondió Melodía, retrocediendo unos pasos.

—Oh, no, pequeña, pero si acabo de llegar y ya quieres que me vaya. No seas una niña mal educada.

Aquel hombre de piel curtida, complexión robusta, poco cabello y ojos negros se acercó de manera amenazante, acorralándola contra la pared.

—¿Melodía, estás bien? Te andaba buscando...

Las palabras quedaron a medias cuando Clara dio un grito al ver a Melodía forcejear con aquel sujeto.

—¡Clara, ayúdame! —gritó Melodía, pataleando al borde de la asfixia.

En un repentino movimiento, logró patear por la entrepierna a aquel hombre. Este soltó un alarido por el dolor en sus partes, cayendo de rodillas. Melodía aprovechó la oportunidad y comenzó a correr, llevándose lo que encontraba a su paso. Tomó la mano de Clara y salieron de las bodegas lo más rápido posible. En su huida, tropezaron con unos candelabros que iluminaban la zona. Por mala suerte, allí estaba la pólvora que los gitanos usaban para sus trucos. El desastre comenzó y la pólvora reaccionó. En cuestión de segundos, toda la taberna se llenó de un fuerte estruendo y el fuego comenzó a propagarse rápidamente.

—¡Fuego! —comenzaron a gritar las personas, alarmadas. Las llamas arrasaban rápidamente con todo a su paso.

Bastián, asustado, buscaba a su hermana. Su desesperación aumentaba rápidamente al no verla ni oírla.

Melodía se abría paso entre la multitud, buscando a Bastián y una salida. Aquel hombre aún las seguía.

—¡Mel, no puedo más! —exclamó Clara, tosiendo y cansada de la carrera.

—¡Estás loca si crees que te dejaré aquí con un demonio, Clara! Vamos, corre, ¿no ves el fuego acaso? — espetó Melodía, apenas pudiendo respirar—. ¡Bastián, Bastián! Hermano, ¿dónde estás? —llamó a su hermano, pero sin éxito. De tanto inhalar humo, terminó cediendo a la inconsciencia.

Clara, al borde del miedo, comenzó a llamar a su amiga con desesperación.

—Mel, despierta, vamos, despierta. No puedo dejarte acá. O morimos quemadas, o aquel loco que va tras nosotras nos matará —gritaba y sacudía a la rubia desvanecida.

Damián logró oír los gritos de Clara y, de inmediato, acudió a socorrerla.

—¿Adónde vas, Damián? Esto está a punto de caer a pedazos. Ya conseguí una salida, casi llegamos —gritó Andreas, ayudando a salir a algunas personas.

El joven de mirada turquesa hizo caso omiso al militar.

—Esa chica necesita ayuda, Andreas. No puedo dejarla así.

El príncipe llegó hasta donde Clara suplicaba ayuda y, sin más dilación, tomó a la muchacha inconsciente en sus brazos. Comenzó a correr nuevamente, mientras Clara lo seguía lo más rápido que sus piernas se lo permitían. Una vez fuera de la taberna, el príncipe enmascarado intentaba hacer reaccionar a Melodía, dándole respiración boca a boca.

Procedió a darle respiración y, a los pocos segundos, Melodía volvió a la realidad, algo exaltada por la falta de aire y los recientes hechos. Despertó de golpe, golpeando su frente con la de su salvador.

—¡Auch, nena! Con un gracias era suficiente. Aunque con un beso me daría por bien servido —dijo el chico, sobándose la frente.

—¿Tú otra vez? ¿Qué acaso te debo algo o qué? —preguntó Melodía, aún confundida.

—Bueno, muñeca, no es por alardear, pero me debes tu vida literalmente —respondió él en un tono socarrón.

—¿Dónde está mi amiga? —preguntó Melodía, levantándose y tambaleándose un poco.

—Hablas de la rubia. Fue a buscar ayuda —respondió el pelirrojo, también levantándose.

Melodía salió corriendo, dejando al pelirrojo con la palabra en la boca. No podía dejar a Clara sola con ese loco que las perseguía.

—¡Espera! —gritó el joven, pero al no obtener respuesta, fue tras la gitana de antifaz de mariposa.

A medio camino, Damián fue detenido por Andreas, quien se interpuso montado en un caballo blanco.

—Sube al caballo, ¡maldita sea! —bramó el soldado, molesto por las impulsivas decisiones del príncipe.

—La chica... —dijo Damián, retirándose el antifaz de tela negra—. No puedo irme así, Andreas. La gente de la taberna debe salir y esa chica...

—¡Y nada, príncipe! Ya los soldados están aquí y esa chica ya está lejos de aquí. Debemos irnos, sabes que si la guardia real te ve, llegará a oídos del rey que estuviste aquí.

Damián entendía al capitán Andreas. Él era el responsable de la seguridad del príncipe, y si su padre se enteraba de que estuvo en el incendio, se pondría histérico y Andreas pagaría las consecuencias. No podía permitir que su padre castigara a su amigo por sus errores.

—Está bien, Rutden, tú ganas. Vamos —dijo Damián, subiendo al caballo del soldado. Dio un último vistazo en la dirección donde la gitana había ido, esperando que esa chica estuviera bien.

—Eres peor que un chiquillo, Damián. Mi trabajo no es ser tu niñera —espetó el soldado de cabello rubio, desordenado por el frío viento nocturno de la cabalgata.

Damián rodó los ojos, dejándolos en blanco. Detestaba cuando Andreas se ponía dramático.

—Ay, ya cierra la boca, Rutden. Solo me mareas con tus reclamos. En lugar de quejarte, vayamos por Orión. No puedo irme sin mi caballo.

..........

Bastián logró salir de la taberna en llamas, pero sin su hermana. Tenía fe de que ella también hubiera logrado escapar de aquel infierno.

—¡Bastián, Bastián, ¿dónde estás? —buscaba Clara con desesperación al joven moreno.

Bastián logró oír a Clara y acudió de inmediato a ella.

—Clara, ¿estás bien? —le preguntó, y ella lo abrazó de inmediato, comenzando a llorar desconsolada.

Bastián temió lo peor.

—¿Dónde está Mel, Clara?

—Está al otro lado de las carretas, Bastián. No despierta, temo lo peor —decía la muchacha al borde del llanto. Esto desesperó aún más a Bastián al no saber nada de su hermana.

—Llévame a dónde está mi hermana, Clara —dijo con urgencia. Ella asintió, tomó su mano y lo llevó rápidamente a donde estaba Melodía.

No tardaron mucho en llegar, y a Bastián le volvió el alma al cuerpo al escuchar la voz de su hermana. Corrió a abrazarla, pues temió lo peor, pero gracias a los dioses, la chica estaba sana y salva.

—Bastián, pensé que te perdería en aquel incendio, hermano. Gracias al cielo estás aquí —decía Melodía sin dejar de abrazarlo—. Tenía mucho miedo de que te pasara algo.

—Gracias a Clara y a un muchacho que me salvó estoy acá. Bastián, nos perseguía un sujeto a mí y a Clara...

—Vaya, vaya, pero si tienes más vidas que un gato, pequeña zorra. Yo ya te hacía muerta y chamuscada —dijo una voz maliciosa.

—¡¿Qué carajos te pasa con mi hermana, maldito?! Clara, Melodía, huyan, vuelvan a las carretas. Yo me encargo de este imbécil —gritó Bastián.

—No, Bastián. No te dejaré solo, hermano, no me pidas eso —dijo Melodía, sin poder dejarlo solo. Aquel sujeto era peligroso.

—¡Que te vayas, te digo! —dijo Bastián, encarando a su hermana.

—Clara, llévatela.

—Sí, Bastián. Ven, Mel, vamos.

—No, Bastián, por favor —suplicaba Melodía, mientras Clara la arrastraba lejos.

Pero de nada sirvió, pues otro hombre las sujetó, y mientras más luchaban, más fuerte las sujetaban.

—Déjalas ir, malnacido. Sé un hombre y enfréntate a mí.

—Como quieras, mocoso. De cualquier manera te mataré.

—Inténtalo, cobarde. No temo a nada —decía Bastián, colérico.

Bastián se abalanzó sobre aquel hombre. Los golpes venían y los golpes iban, pero aquel cobarde lo apuñaló a traición en una pierna y en un costado.

La escena dejó a Melodía aterrorizada. No paraba de gritar y patalear, intentando ayudar a su hermano. Riven y Jacob, ya hartos de aquel drama, amordazaron a las jóvenes y las cargaron para llevarlas de una vez por todas.

Melodía quería gritar y llorar de impotencia y rabia. Solo rogaba a los dioses que su hermano estuviera bien. Tarde o temprano, pagarían por lo ocurrido.

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