De Gitana A Princesa

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Capítulo 6 La noche de los gitanos

—¡Partida de imbéciles, van dos días y nada que capturan a esa chiquilla ¡¿Acaso es muy difícil o qué...?! —bramó molesto un hombre de apariencia grotesca y curtida golpeando una maltratada mesa de madera, por el impacto cayó al suelo una botella de licor haciéndose trizas al impactar conta el suelo.

—No señor pero esa chica ha estado en lugares  donde los soldados de Aldremir  están muy alertas y cuando no está con los gitanos; tanto usted como yo sabe que esa gente  está siempre armada  hasta  los  dientes — explicó uno de los hombres rascándose la nuca nervioso ante su superior y molesto por aún no haberse hecho de esa escurridiza gitana.

—Solo son excusas  miren cabezas de alcornoque, el duque de Azaír ya tiene los ojos puestos en esa mercancía y esta dispuesto a pagar lo que sea por esa mocosa y esos malditos gitanos, se irán hoy de la ciudad. Capturar a esa chica en territorio gitano; es un acto suicida, Celestia es su territorio —finalizó molesto el líder de los tres hombres.

—Que bueno que lo sabes mi estimado  langrys es mejor no perder tiempo y atrapar a esa liebrecilla hoy de una vez por todas —el duque de Azaír un hombre de porte elegante, de tez pálida, cabello plateado largo que caía sobre su espalda cual cortina de plata y una mirada grisácea, carente de alguna emoción y de una altura considerable.

—¡¿Oh mi señor a qué se debe su presencia, en esta mi humilde  morada?! —dijo este, en un tono sarcástico.

—Langrys ¿Acaso debo solicitar una invitación para venir a esta ratonera? Vengo para hablar de negocios, pero acabo de pasar frente a la plaza de la Libertad y grande, fue mi sorpresa, al ver a cierta muchachita jugueteando con su violín —en un movimiento ágil, el duque tomó al caza esclavos, del cuello de su gabardina para encararlo—. ¡Mira rata asquerosa! Te he dado mucho tiempo de traerme a esa chica y  aún no tengo lo que he pedido en mi cama Langrys  la escoria gitana se irá hoy de la ciudad; si mañana no me entregas a esa gitanilla date por muerto —sentenció el duque endureciendo su agarre.

—S-si señor como usted ordene la muchacha, mañana a primera hora estará en Miraz, le doy mi palabra —aseguró el hombre dejando a un lado el sarcasmo de minutos atrás con su subordinados.

—Más vale así sea langrys, tenga buena tarde —se despidió el duque soltando a aquel sujeto.

De un portazo  el aristócrata cerró la puerta,  dando por finalizada aquella conversación, que más bien era una amenaza.

—Ya oyeron par de idiotas, o toman a esa chiquilla hoy mismo, o mañana no la contamos —ordnó el hombre acomodando su  arrugada gabardina.

Fuera de aquella cabaña maltrecha, un joven escucha la conversación con atención. La intención original era seguir al duque, ese hombre nefasto al que se refería como "el duque maldito", pero no esperaba descubrir que el duque estuviera involucrado con traficantes de esclavos. «Hasta dónde estará hundido el duque de Azaír», piensa el joven príncipe, su mente llena de indignación. Su corazón late con fuerza al saber que la víctima es una joven gitana.

El joven príncipe, oculto detrás de unos arbustos, observaba cómo el duque salía de la cabaña. La mirada fría y carente de emoción del duque le resultaba repugnante. «Qué hombre tan maldito», pensó una vez más, con el puño apretado. Decidió que debía actuar rápido. La reina Marion y su padre, el rey Darius, habían comenzado la tarea de cambiar muchas cosas en Alkarya, y el rechazo a la esclavitud era una de sus prioridades. Desde la partida de la reina, el rey había luchado para mantener esos cambios, pero sabía que no todos en el reino compartían sus ideales.

Damián cerró los ojos un instante, respirando profundamente, intentando calmar la ira que sentía, tenía que pensar con claridad si quería detener q esos traficantes.

Finalmente, se enderezó alejándose sigilosamente de la cabaña, decidido a encontrar una solución. Luego de una larga caminata encontró a su caballo, Orión

—Lamento la tardanza amigo, pero estas ratas estaban bien ocultas —dijo el pelirrojo subiendo a lomos del negro corsel—, te lo compensaré cuando volvamos a palacio —acarició la crin del animal.

Por un momento la imagen de la chica de esta mañana aún no salía de su mente. No imaginaba que volvería a encontrarse con ella después de aquel encuentro en la cantina, estaba ebrio si, pero ese beso no pudo borrarlo nisiquiera con todo lo borracho que ese día.

—Quizas por robarle ese beso, esa belicosa gitana me ha hechizado —rió con desgano—. Melodía, ese es tu nombre, Damián ¿En qué pensabas? —cuestiona el pelirrojo acelerando el trote del caballo. Sacudió su cabeza en un intento absurdo de dejar atras esos pensamientos,

En lo que debía centrarse era en atrapar a esos cazadores en el acto y hacerlos hablar para quitarle a Eriol, esa máscara de rectitud ante toda la corte.

⋯ ❈ ⋯

Esperaba ansiosa a su hermano, había prometido ir por ella más temprano. No dejaba de caminar de un lado a otro, pensando en qué atuendo usar para impresionar esa noche. Para un gitano, era importante verse bien, y aunque ella no era de las más coquetas ni femeninas, le gustaba verse bien. Su madre y hermana siempre decían que era muy bonita y que debía estar siempre preciosa. Aunque había hecho un poco menos que el día anterior, no se quejaba; al contrario, agradecía a los dioses por la buena fortuna. Esas monedas ayudarían mucho a su pequeña familia.

—¡Demonios, cuándo va a llegar esta tortuga! —dijo en señal de frustración, inflando sus mejillas y soltando el aire acumulado en un suspiro de desesperación e impaciencia, un mal hábito que tenía desde niña.

—Hola hermanita, ya llegó tu hermano favorito por ti —saludó Bastián en tono jocoso, dando un codazo a su hermana en las costillas, esperando hacerla reír. Pero en lugar de eso, recibió un pellizco en las mejillas que no tardaron en ponerse coloradas por la presión.

—¡A ver, Bastián! Dijiste que vendrías temprano, mira, ya casi se pone el sol. ¿Por qué tardaste tanto? Llevo mucho esperando; prometiste que venías temprano y mira nada más con lo que sales —no soltó las mejillas del castaño, casi segura de que esa tardanza tenía que ver con unas faldas.

—Ya suéltame, Mel. Estaba ocupado cortando leña para preparar nuestros alimentos y armar el escenario. Yo no podía negarme a ayudar a los demás —se quejó Bastián, frotándose las mejillas enrojecidas.

—Está bien, te creo, pero que no vuelva a ocurrir, Bastián. Mira, que no me gusta esperar —reclamó Melodía, molesta por haber esperado tanto tiempo.

—¡Como diga la reina! —bramó Bastián en tono sarcástico—, además, sabes que de haber estado con alguna chica, aún no habría ni llegado, hermana —comenzó a reír el gitano, para picar a su hermana mayor.

—¡Bastián!

—Calma, tonta, es solo para picarte. Ya vámonos, que de verdad se hará tarde y debes arreglarte. Las chicas me pidieron que bailes con ellas y, de ser posible, que hicieras un solo acto tú, como los de Melibea —dijo Bastián, tomando la bolsa de su hermana para llevarla.

—¡Qué, Bastián, estás loco! Melibea era única para bailar. Sabes que soy algo torpe, no tengo ni la gracia ni la delicadeza de mi hermana y lo sabes, Bastián...

—No es cierto —respondió rodando los ojos fastidiado con el drama de su hermana.

.—Además, ¿por qué no me dijiste que las chicas querían que bailara con ellas? —no era que no supiera bailar, al contrario, la música corría por sus venas y la amaba, pero sus pies eran algo torpes. No era como su hermana; la danza para Melibea era como respirar, le salía natural. Ella amaba bailar y más si lo hacía junto a Melibea, pero hacerlo en público la dejaba petrificada.

—Ya, hermana, tú misma me dijiste que practicaste con las chicas, ¿cierto?

—Sí, cierto, lo había olvidado —aunque había practicado, su ansiedad no se iba.

—Ah, ya lo estás viendo, hermana. Clara y Sarah son casi tan buenas como nuestra Melibea. Ellas bailaban juntas, así que deja los nervios —dijo Bastián en señal de afecto, dándole una palmadita a Melodía. Ella agradeció con una sonrisa mientras asentía a las palabras de su hermano.

—Gracias, Bastián, eres único. La verdad, tus palabras me dan confianza. —Mi hermano siempre sabía cómo animarme.

—Ya, Melodía, yo también te quiero, pero por favor ya para con las muestras de cariño, me empalagas. Además, tú me andabas apresurando, así que ya llegamos. Ve a arreglarte —dijo Bastián, soltándose de Melodía.

⋯ ❈ ⋯

Ver a Ursula se había vuelto costumbre sin haberse dado cuenta, la vieja hechicera se ganó su confianza con el pasar de los años. Bajó de Orión para luego dejarlo atado a un manzano, tomó uno de sus frutos para dárselo al cabello. —No tardaré amigo —dijo Damián acariciando el pelaje negro de Orión.

Suspiró melancolico mientras tocaba las puertas de la austera cabaña de la hechicera.

—Damon perdió la apuesta —se giró al escuchar esa voz—. Hace mucho no vienes príncipe, ¿tu inquilino de nuevo te da problemas, niño? —la bruja de larga cabellera ceniza entregó un canasto al pelirrojo, abrió las puertas, quitó el canastos lleno de hierbas de Damián.

—No menciones a ese maldito zorro —frunció el ceño mal humorado—, vine por otro asunto...

Sonrió ladina molestar al muchacho se le había hecho costumbre, dejó la canasta en la gastada mesa de madera. —Damon, debiste decirme que su alteza venía de mal humor —susurró Ursula al Cuervo posado en su hombre.

—Debes saber algo de los traficantes que están ocultos en el bosque. Ursula en este lugar no pasa nada que tú no sepas...

—Una cosa es que pueda saber, otra es que me interese. ¿Ocurre algo príncipe? —averiguó ursula con suspicacia.

—No quiero saber que escondes caza esclavos vieja bruja —dijo Damián apoyando ambos brazos en la mesa de madera—. No dejaré que esos perros jodan el reino, ¿entendido? —sabía que Ursula no tenía nada que ver, aún así no podía confiarse.

—Joven príncipe, no sé nada de esclavos, no es un tema tampoco que me interese. Damon tampoco ha notado nada extraño, quizás esperen a la fiesta de la cosecha para capturar gitanos. El rey ha vulnerado a ese pueblo desde lo ocurrido con tu madre.

Lo dicho por Ursula, para Damián fue como una bofetada de realidad. Quería ser justo, ¿Pero como hacer eso? —Ya debo irme —asedio camino la voz monótona de Ursula lo hizo detenerse sobre sus pasos.

—Ten cuidado esta noche Damián, Aldremir suele animarse mucho con el festival de la luna y la cosecha. —no entendió a que se refería la hechicera y tampoco quiso saberlo, solo quería salir de esa cabaña

⋯ ❈ ⋯

Melodía se dispuso a ir a la tienda que compartía con las chicas. No había tiempo que perder. Sacó de sus cosas una falda de flecos azul oscuro, con abertura a media pierna, y un corset azul claro, con flores azules oscuras bordadas para hacer juego. De un momento a otro, recordó el listón de seda que la pequeña Odette le había obsequiado esa tarde. Lo sacó de la bolsa de cuero de su violín, lo acarició un poco, dándose cuenta de que era una tela de calidad. «Ha de costar mucho, se ve a leguas que la pequeña es de una familia pudiente», pensó. Puso el listón a modo de diadema, dejando caer su cabello negro sobre su espalda, luciendo sus caireles. Solo le faltaba un toque de maquillaje y Clara, su amiga, la ayudaría con eso.

Clara era una artista del maquillaje. Con un poco, hacía mucho. Con Melodía, optó por algo natural, sabiendo que ella no era amante de lo exagerado. Algo de color en los labios, un delineado en los ojos y más nada.

—¡Te ves hermosa, Mel! —dijo emocionada por el resultado de su trabajo—. Pareces toda un hada de los bosques, como esas de los libros que lee tu hermana. Estás muy hermosa —dijo Clara emocionada.

—Gracias —correspondió Melodía con un abrazo para agradecerle. Clara, además de su maquillaje, también había peinado su cabello y, hace un tiempo, había bordado las hermosas flores azules en su corset.

—De nada, Mel. Fue un gusto. Además quedaste hermosa —halagaba la rubia a su amiga morena, sintiéndose satisfecha con su creación.

—Cuidado y esta nos arruina el show con su torpeza, Clara eso sí se le da natural. De armonioso solo tiene el nombre, Melodía es un desastre —siseó Sarah, una chica con ánimo de burla, para picar a su compañera.

—Vamos, Sarah, no seas así. Mel ha pasado los últimos días practicando con nosotras. No entiendo tu preocupación de que las cosas no salgan bien, pero no es justo que la desanimes así —dijo Clara en tono comprensivo—. Sarah, se lo debemos a Melibea, recuerda. Es por nuestra amiga que Melodía hace esto.

—Clara, ya está bien. No hace falta que recuerdes a Melibea a cada momento, mujer. Ya está fuerte ese asunto —dijo Sarah rodando los ojos y en tono de fastidio. Se retiró de la tienda, pero se detuvo antes de salir, mirando con fastidio a Melodía—. Ya sabes, no lo arruines.

Con su amenaza hecha, se marchó del lugar.

Melodía suspiró, tomando asiento en uno de los almohadones allí puestos para dormir.

—Clara, tu amiga tiene razón. Mira, aún estamos a tiempo para retirarme del show de esta noche. Después de todo, Sarah se ha esforzado y no veo justo que yo me meta de buenas a primeras. Quizás teme que yo arruine las cosas.

—No tengas miedo, pequeña —dijo Clara en tono maternal, sentándose a su lado para acariciar su mejilla y hacerle subir la mirada—. Recuerda, Mel, una gitana debe derrochar seguridad en sí misma, lucir esa belleza que nadie te haga sentir menos. Ahora cambia esa carita y muéstrame a la gitanilla alocada que vive en ti —decía la rubia, guiñando un ojo y batiendo su corta melena rubia con coquetería.

—Así se habla, Clara —dijo Azalea, una pelinegra, entrando a la tienda—. Escucha a Clara, niña —sugirió la mujer de piel nívea y ojos exóticos.

Melodía pensó por un momento en las palabras de su amiga y Azalea. De golpe, se levantó de aquel almohadón con la energía de un petardo.

—Tienen razón, no dejaré que el limón de Sarah me arruine la noche —habló en un tono serio, pues Clara tenía razón; era una gitana y debía demostrarlo—. Debo darle algo a Bastián. En un momento te alcanzaré en la taberna, ¿vale?

Azalea miraba a la joven pelinegra salir de la tienda apresurada. Le intrigaba mucho el futuro de aquella joven con ojos de esmeralda.

Debió entregarle antes las monedas a Bastián. «No sé dónde tienes la cabeza, Melodía», se reprendió mentalmente. Fue camino a las carretas y allí encontró a Bastián afinando una guitarra. Se quedó un rato en silencio, para no interrumpir la repentina tonada que él sacaba de aquellas cuerdas. Era muy bonita aquella canción.

El ambiente a su alrededor estaba impregnado de la magia de la noche gitana. Las carretas, decoradas con colores vivos y lámparas de aceite, lanzaban sombras danzantes en el suelo de tierra. Los sonidos de risas y música se mezclaban con el crujir de las llamas en las hogueras, creando una sinfonía que solo podía encontrarse en una reunión de gitanos. El aroma a especias y comida recién hecha flotaba en el aire, transportando a cualquiera a un mundo de tradiciones y alegría.

De pronto, Melodía tropezó, como siempre, y así aquella melodía se vio interrumpida.

—¡Vaya, siempre tan torpe, Mel! —rió Bastián, levantándose para ayudarla a ponerse de pie—. Vamos, déjame ver esas monedas que has ganado hoy. ¡Estoy seguro de que mamá estará muy orgullosa!

Melodía, un poco avergonzada, sacó las monedas de su bolso y se las entregó a Bastián.

—Lo siento, Bastián. No quería interrumpir tu música. Es que soy un desastre... —dijo con una sonrisa tímida.

—No te preocupes, hermana. Eres nuestra Melodía, y aunque a veces tropieces, siempre encuentras la manera de hacer las cosas bien. Ahora, vamos a preparar todo para la noche. —Bastián la animó con una sonrisa.

Los dos hermanos se dirigieron a la carpa principal, donde el ambiente festivo ya estaba en pleno apogeo. Las luces de las lámparas de aceite iluminaban el espacio con un resplandor cálido y acogedor. Las risas y las conversaciones llenaban el aire, mientras los músicos afinaban sus instrumentos, y los bailarines practicaban sus pasos.

Melodía sentía una mezcla de nervios y emoción al saber que esa noche tendría que bailar frente a todos. Pero con el apoyo de su hermano y sus amigos, estaba decidida a dar lo mejor de sí misma y honrar el legado de su hermana Melibea.

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