Capítulo 3 Beso Robado
Había llegado a una plaza. Bastián ya le había contado muchas cosas del reino, la emoción hacia crecer su curiosidad. Era un sitio rudimentario y ruidoso por el mercado. En medio de ese lugar había una preciosa fuente de los deseos, o bueno, eso era lo que relataba su hermano mientras le daba instrucciones de qué hacer y cómo debía actuar frente a la gente que se acercara.
—Bien Mel, que esas cuerdas vibren y que tu violín hable por ti. Haz que los sentimientos de los aldreminos afloren y vengan por más hermana, confío en tu talento.
—Bastián, ¿y qué pasa con mi ocarina? Sabes que la música que emito con ella es hermosa, relajante y a todos gusta.
—¡Melodía, trajiste esa cosa! Si nuestros padres se enteran, nos castigarán y no podremos volver. Estás loca, fue una de las condiciones que puso nuestro padre...
—¡Ash, Bastián no lo notarán! Además, me has alejado de nuestro grupo, acá nadie me verá tocarla. Ya deja tu histeria, te aseguro que solo tocaré una canción con la ocarina —le suplicó a su hermano mientras rodaba los ojos.
—Está bien Mel confío en ti. Vendré al caer la noche y por todos los dioses, no te muevas de este lugar. Eres demasiado terca y curiosa. Hermana aquí no, nos podemos meter en problemas.
—Bastián, tú tranquilo, yo nerviosa. Nos irá bien le he hecho una ofrenda a la diosa Astra para nuestra buena senda en este viaje. Ahora lárgate y déjame trabajar en paz; mi violín y yo necesitamos brillar.
Al irse su hermano, Melodía sacó el violín de su bolsa de cuero y se dispuso a tocar algunas notas, mientras decidía qué tonada tocar. Ya había escogido con qué deleitar a su público, para que arrojaran una tras otra sus monedas en la bolsa de cuero donde descansaba su violín.
Había comenzado con unas notas delicadas y algo melancólicas, pero románticas a la vez. Poco a poco hacía vibrar más su violín, y cada nota iba cargada de distintos matices. De a poco se fueron acercando algunas personas a escuchar su música.
Sus expresiones alegraban el alma de Melodía, pues disfrutaban de su música. Notó cómo tres personas echaban algunas monedas a la bolsa. No había notado a la pequeña espectadora que arrojó unas monedas; se asombró al notar que tiró varias monedas y no solo una, como el resto de quienes estaban allí. Al terminar su canción, la pequeña seguía mirándola con carita de ensoñación, o más bien miraba a su violín.
—Hola, pequeña. ¿Te gusta la música?
—Sí, me gusta la música. Tú tocas muy bonito el violín y eres muy bonita. Además, me gusta tu ropa, es más cómoda que este vestido que yo cargo —se quejaba la niña del voluminoso vestido que traía.
Entre risas, la pequeña aún seguía con su mirada curiosa.
—Me has hecho reír, hermosa. Tu vestido te hace ver muy mona. Yo, pues, me habría gustado vestir alguna vez como tú, guapa. Mírate, pareces una muñeca, o una princesa.
—Gracias, eres muy amable y de personalidad alegre. ¿Cómo te llamas?
—Mi nombre es Melodía, pequeña pero tú me puedes llamar Mel. Así me llaman los amigos y mis padres. ¿Y tú, cómo te llamas, niña?
—Mi nombre es Odette, un gusto Mel y gracias por considerarme tu amiga, yo no tengo amigas, la verdad —dijo la pequeña haciendo una reverencia delicada y muy elegante. Se veía tierna a los ojos de Melodía.
—Oh, nunca nadie ha hecho una reverencia para mí. Sabes, no debiste arrojar tantas monedas a la bolsa; puedes tener problemas con tus padres y no quiero que eso pase.
—Pero me gustó tu canción y mucha gente escuchó sin pagarte. Puedes estar tranquila, para mis padres es como quitarle una gota al mar, Mel. No debes preocuparte.
—¿¡Lo dices en serio, pequeña Odette...?!
—Claro no le mentiría a mi primera amiga. Quería pedirte que vuelvas a tocar tu música para mí he pagado bien, merezco al menos una canción más, ¿no crees? —decía la pequeña entre risas.
—Y yo tocaré complacida para mi nueva y exigente amiguita.
Comenzó de nuevo a tocar, pero algo más alegre para la niña, que a los segundos daba saltitos y comenzaba a bailar y a dar vueltas llenas de gracia y elegancia. Para la sorpresa de Melodía, era seguro que la pequeña era de buena familia; su vestimenta y porte la delataban. Lo más probable es que estuviera escapada, porque no creía que los padres le hubieran permitido salir y con tantas monedas encima, menos. Su canción ya había acabado.
—Ya debo irme a casa, si mi padre nota que huí de casa, el castigo me durará hasta que sea mayor —decía la pequeña guiñando un ojo y riendo.
—Pero sabes el camino. Yo te puedo acompañar, pequeña, no me gustaría que te perdieras...
—No es necesario, tranquila, ya me sé el camino. Mi hermano ya me lo ha mostrado y lo he memorizado. Espero que los dioses me permitan volver a verte, amiga.
—Adiós, niña.
Al despedirse de la niña, Melodía se dispuso a seguir tocando. Más personas comenzaron a acercarse a escuchar su música, y de a poco comenzaron a echar monedas a su bolsa de cuero.
Después de un tiempo de caminata, entró a una pequeña cantina, llena de hombres tomando y jugando a la baraja. Se acercó a lo que supuso era el mesón donde atendían.
En el bullicio de la cantina, una sedienta Melodía pidió algo de agua para calmar su sed. Una mujer de baja estatura y ya mayor se ofreció amablemente a ayudarla, pero su hijo, un hombre malencarado, se negó con brusquedad, la anciana le pidió que esperara mientras iba por el agua.
Mientras tanto, un hombre sentado junto a ella llamó su atención. No lo había notado antes, pero su presencia era difícil de ignorar. Él desprendía un fuerte olor a alcohol, estaba desparramado sobre el mesón y su piel clara contrastaba con el rubor en sus mejillas, producto del exceso de bebida. Su cabello rojizo, largo y desordenado, resaltaba aún más contra su tez pálida.
—Bah, ¿por qué no tomas algo mejor? Un ron, vino o, de plano, una cerveza de Guelder —dijo el desconocido con voz pastosa, alzando su vaso en un brindis imaginario.
Melodía lo miró con seriedad y respondió sin vacilar:
—Yo no tomo, señor.
El hombre soltó una carcajada burlona. —¿Eres una mujer aburrida? Pensé que las gitanas eran más alegres y complacientes con sus clientes.
Fue entonces cuando ocurrió. Sin pensarlo dos veces, la gitana levantó la mano y le propinó una sonora bofetada que resonó en toda la cantina. El rostro del pelirrojo, ya sonrojado por el alcohol, se tornó aún más rojo, esta vez de furia. Con dos cabezas más de altura que ella, dio un paso hacia atrás, sorprendido por la reacción de aquella muchacha.
—¡Estás loca, maldita chiquilla! ¿Qué demonios te pasa, gitanilla de los mil demonios? —gruñó, señalándola con un dedo tembloroso.
—¡No me pasa nada! ¡Eres tú el que ha sido grosero conmigo! —respondió ella, alzando la voz con firmeza.
—¿Qué hice? ¿Eres gitana, verdad? —preguntó él, como si eso explicara todo.
—Sí, lo soy. ¿Y qué con eso? —replicó ella, molesta por la actitud prejuiciosa del hombre.
—Eres tonta o qué niña. Esto es una cantina y tú estás muy ligera de ropa. Dime, ¿qué puedes estar haciendo aquí? —insistió él, con una sonrisa burlona en su rostro.
Melodía apretó los puños, indignada. —¡Eres un cerdo pervertido! Solo vine por agua. ¡Estoy trabajando y el sol está fuerte! Me dio sed, vine aquí y una señora amable se ofreció a traerme agua, pero me pidió que la esperara.
El hombre soltó una risa socarrona, como si no creyera una palabra. —¿Crees que te voy a creer? bueno, estoy dispuesto a pagarte bien por un rato de placer.
La cólera hervía en su interior. Sin pensarlo dos veces, Melodía le soltó otra bofetada, esta vez con más fuerza. El rostro del pelirrojo se tornó aún más rojo, y sus ojos turquesa, desorbitados por el alcohol, brillaron de furia.
—Estarás en mi cama hoy, quieras o no, fierecilla —soltó con voz aspera—, estas bofetadas te saldrán caras, mocosa —amenazó él, llevando una mano a su mejilla enrojecida.
Antes de que ella pudiera reaccionar, el hombre fue más rápido. Con brusquedad, tomó su mano y la atrajo hacia sí, rodeándola de la cintura sin delicadeza alguna. Fue entonces cuando ocurrió lo impensable: aquel canalla robó su primer beso. Fue violento, agresivo y sabía a licor barato. Melodía quería gritar de impotencia mientras él se reía, disfrutando de su propio descaro. Sus ojos aguamarina la miraban fijamente, como si estuviera evaluando su reacción.
—Eres tan dulce, fierecilla. Darías pelea, de seguro —dijo él con una sonrisa ladina antes de soltarla finalmente.
Furiosa, ella levantó la mano para golpearlo de nuevo, pero antes de que pudiera hacerlo, la anciana que había ido por el agua regresó y puso fin al altercado.
—¡Alto, jovencita! ¡Esas no son maneras! Te dije que esperaras aquí, ya te traía el agua y tú, muchacho, ¡siempre que vienes a esta cantina es para hacer desastres! ¡Te vas peor que un soldado en guerra, todo moreteado y dejando caos a tu paso! —gritó la anciana, fulminando al pelirrojo con la mirada.
—¡Bah, anciana, ya vas otra vez con tu histeria! Todo esto es culpa de esa chiquilla gitana, que viene a buscar lo que no se le ha perdido. Además, siempre pago lo que rompo —se defendió él, cruzándose de brazos y tratando de restarle importancia al asunto.
—¡No es cierto! Esta chica solo vino por agua. No te creas que no te escuché. Tú andabas de zorro mañoso, y ella solo se defendió. ¡Tú te lo buscaste! —reprochó la mujer, señalándolo con un dedo acusador.
—¡Vieja, mujer tenías que ser! ¡Bruja como todas, nada más sirven para hacer escándalos! ¡Me largo! —gruñó el joven, visiblemente molesto.
Sin más, tomó algunas monedas y las dejó de mala gana sobre el mesón antes de marcharse, tambaleándose ligeramente por el efecto del alcohol.
—Zorro problemático —murmuró la anciana mientras recogía las monedas y las guardaba en su desgastado delantal, murmurando algunas maldiciones entre dientes.
Luego, dirigiéndose a la joven, añadió:
—En cuanto a ti, pequeña, evita estos sitios, y más cuando uses esas vestimentas. No es por ofenderte, pero es un consejo para que te ahorres estos malos ratos.
—Señora, tendré sus palabras en cuenta. Perdóneme el mal rato y muchas gracias por el agua. Lamento lo ocurrido; déjeme retribuirle el mal rato —respondió la joven, sacando algunas monedas de su bolsillo.
Pero la anciana detuvo su mano en el aire, negando con la cabeza. —No es necesario, niña. Solo ten cuidado. Y recuerda: ten cuidado con los gañanes como aquel zorro. El festival también despierta las bajas pasiones, y tú eres una chica muy bonita.
Al salir de la cantina, la joven notó que estaba casi por oscurecer. Había perdido media tarde por culpa de aquel tarado. Su hermano le había dicho que iría por ella al anochecer, pero ahora sus ánimos estaban por los suelos. Ni siquiera su violín bastaría para alegrarla. Sacó su ocarina y comenzó a tocar una dulce tonada, una que su madre solía cantar para ella y sus hermanos a la hora de dormir.
Mientras tanto, unas sombras se deslizaban sigilosas hacia un carruaje cercano. Uno de ellos habló en voz baja:
—Señor, ya tenemos a la presa. Es la gitana que entró en la cantina del Ojo del Cuervo. Esta vez el cliente estará feliz; esa chica valdrá su peso en oro. Está en la fuente del trébol, alejada de su gente. Los gitanos no notarán que una de sus mujeres ha sido raptada.
Quizás los gitanos no notarían la desaparición de aquella fierecilla, pero cierto chico de mirada turquesa, cabello rojizo y problemas con la bebida sí lo hizo. Observó desde las sombras, con el ceño fruncido, mientras planeaba cómo impedir el secuestro. No es que aquella joven mereciera su ayuda después de haberle dado dos bofetadas, pero algo dentro de él le decía que debía actuar. No soportaba a esos cazadores de esclavos que ignoraban que el reino había prohibido la esclavitud hacía años. Para él, los gitanos tenían los mismos derechos que cualquier habitante del reino. Y, además, fastidiar a aquellos tipos siempre era un buen motivo para moverse
