Con amor, Isa

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Capítulo 6 Noche

Una noche para olvidar

Desde que me desperté sabía que algo iba a salir mal.

No tenía pruebas.

No había ocurrido absolutamente nada.

Pero tenía esa sensación.

Esa sensación que aparece cuando estás a punto de cometer una estupidez y, en lugar de detenerte, decides seguir adelante porque eres demasiado curiosa para hacer caso a tu instinto.

Y yo soy experta en eso.

Abrí los ojos y miré el techo.

—Hoy hay fiesta.

Sonreí.

Después recordé dónde estaba.

La sonrisa desapareció.

—En la casa de Lenin.

Volví a cerrar los ojos.

No quería pensar en él.

Pero era imposible.

Desde que habíamos regresado de la ciudad el día anterior, algo había cambiado.

No mucho.

Solo pequeños detalles.

Ya no nos gritábamos tanto.

Habíamos hablado durante el viaje.

Incluso habíamos reído.

Y eso era precisamente lo que me preocupaba.

Porque era mucho más fácil odiarlo cuando se comportaba como un idiota.

Cuando se reía conmigo...

era diferente.

Me levanté rápidamente.

No.

No iba a pensar en eso.

Hoy tenía una fiesta.

Tenía que divertirme.

Me dirigí al armario y comencé a sacar ropa.

Probé un vestido.

Demasiado elegante.

Una falda.

Demasiado corta.

Un pantalón.

Demasiado aburrido.

Después encontré unos jeans negros y una blusa roja de manga corta.

Perfecto.

Me vestí y me miré en el espejo.

Me arreglé el cabello, me puse un poco de maquillaje y finalmente añadí brillo a mis labios.

Sonreí.

—Daniel se arrepentirá de no haberme mirado antes.

Después hice una pausa.

—Aunque no va a estar aquí.

Genial.

Ni siquiera necesitaba decirlo en voz alta.

Mi cerebro se encargaba de arruinarlo todo.

Bajé.

La casa ya estaba llena de movimiento.

Brisa corría de un lado a otro colocando cosas.

Había música sonando.

Henry hablaba con algunos hombres en la terraza.

Mi mamá estaba ayudando a preparar comida.

Y Lenin...

No estaba.

Me sentí extrañamente decepcionada.

—¿Buscas a alguien? —preguntó Brisa.

—No.

—No he dicho ningún nombre.

—Pero sé lo que estás pensando.

—¿Y qué estoy pensando?

—Que estoy buscando a Lenin.

—¿Lo estás buscando?

—No.

—Entonces no tienes de qué preocuparte.

—Exactamente.

Brisa sonrió.

—Estás nerviosa.

—No.

—Sí.

—Estoy emocionada.

—Eso es diferente.

—Exactamente.

Me fui a ayudar con las bebidas.

A medida que avanzaba la tarde, comenzaron a llegar más personas.

La mayoría eran amigos de Lenin y Brisa.

Algunos los conocía de vista.

Otros no los había visto jamás.

Me sentía un poco fuera de lugar.

Todos parecían conocerse.

Yo era la nueva.

La intrusa.

La hija de la mujer que se había casado con el dueño de la casa.

La hermanastra de Lenin.

No quería que nadie pensara que estaba allí porque me habían invitado por obligación.

Así que sonreí.

Hablé con algunas chicas.

Incluso terminé riéndome con una de ellas llamada Camila.

—¿Eres nueva? —me preguntó.

—Sí.

—¿Eres amiga de Brisa?

—Más o menos.

—¿Y de Lenin?

Casi me atraganté.

—No.

Ella soltó una carcajada.

—Entonces todavía estás a salvo.

—¿Qué significa eso?

—Lenin es complicado.

—Ya lo sé.

—Tiene fama.

—¿De qué?

Camila se acercó.

—De meterse en problemas.

—Eso también lo sé.

—Y de romper corazones.

—Eso no me sorprende.

—¿Te gusta?

La miré.

—No.

—No te creo.

—Créeme.

—Está bien.

No parecía convencida.

Antes de que pudiera decir algo más, la música aumentó de volumen.

Todos comenzaron a moverse hacia la terraza.

La fiesta había comenzado oficialmente.

---

Durante la siguiente hora me olvidé de todo.

Bailé.

Reí.

Tomé fotografías con Brisa.

Incluso hice un video ridículo con Camila.

Por un momento me sentí como en casa.

Hasta que escuché una voz detrás de mí.

—Te ves diferente.

Me giré.

Lenin.

Llevaba una camiseta oscura y unos jeans.

Su cabello estaba ligeramente húmedo, como si acabara de ducharse.

—¿Diferente cómo?

—No sé.

—¿Eso es bueno o malo?

—Bueno.

Me quedé mirándolo.

—Gracias.

Él asintió.

—¿Te estás divirtiendo?

—Sí.

—Bien.

—¿Tú?

—Más o menos.

—Es tu fiesta.

—Por eso.

Sonreí.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Como si todo te diera igual.

—No todo.

—¿Qué no?

Me miró.

Por un instante pensé que iba a responder.

Pero alguien lo llamó.

—¡Lenin!

Él apartó la mirada.

—Tengo que irme.

—Claro.

Se alejó.

Me quedé observándolo.

—Isa.

Me giré.

Era Brisa.

—¿Qué?

—Te quedaste mirándolo.

—No.

—Sí.

—Solo estaba viendo hacia dónde iba.

—Ajá.

—No me gusta.

—No he dicho que te guste.

—Pero lo estás pensando.

Brisa sonrió.

—Quizá.

Rodé los ojos.

—Voy por algo de beber.

Entré a la cocina.

La música se escuchaba desde lejos.

Abrí el refrigerador.

Tomé una botella de agua.

—¿Huyendo?

La voz me hizo girar.

Lenin estaba apoyado contra la encimera.

—No.

—Parecía.

—Solo tenía sed.

—Claro.

Tomé un sorbo.

—¿Siempre interrogas a las personas?

—Solo a ti.

—¿Por qué?

—Porque eres extraña.

—Gracias.

—De nada.

Sonreí.

—¿Y tú qué haces aquí?

—Necesitaba tranquilidad.

—Entonces elegiste el peor lugar.

—Exactamente.

Me quedé a su lado.

Por unos segundos ninguno habló.

La música llegaba amortiguada desde la terraza.

—¿No vas a bailar? —pregunté.

—No.

—¿Por qué?

—No me gusta.

—Mentira.

—¿Cómo sabes?

—Porque todos los chicos dicen que no les gusta bailar hasta que aparece una chica que les gusta.

Él arqueó una ceja.

—¿Y tú sabes mucho de chicos?

—Más que tú de chicas.

—Eso lo dudo.

—¿Por qué?

—Porque llevas dos horas hablando de Daniel.

Abrí los ojos.

—¿Cómo sabes eso?

—Brisa.

—Voy a matarla.

Lenin soltó una carcajada.

—No la mates.

—¿Por qué?

—Porque me cae bien.

—A mí también.

—Entonces estamos de acuerdo en algo.

Lo miré.

—Supongo.

En ese momento una chica entró a la cocina.

Era alta, rubia y llevaba un vestido negro.

Cuando vio a Lenin, sonrió.

—¡Lenin!

Se acercó y lo abrazó.

Yo aparté la mirada.

No tenía por qué importarme.

No me importaba.

La chica se quedó junto a él.

—Pensé que no vendrías.

—Esta es mi casa.

—Por eso.

Ella rio.

Después miró hacia mí.

—¿Y ella?

Lenin respondió antes de que pudiera hacerlo.

—Mi hermanastra.

La sonrisa de la chica desapareció ligeramente.

—Ah.

—Isa —dije.

—Carla.

Nos saludamos.

Carla volvió a mirar a Lenin.

—¿Podemos hablar?

—Sí.

Se fueron.

Me quedé sola.

Y por alguna razón sentí una pequeña molestia en el pecho.

Ridículo.

No tenía derecho a sentirme así.

No era mi novio.

No era nada mío.

Era mi hermanastro.

Eso debería ser suficiente.

Volví a la terraza.

Camila estaba bailando.

—¡Ven!

Me tomó de la mano.

—No.

—Sí.

—No sé bailar.

—Nadie sabe.

Comenzamos a bailar.

Intenté concentrarme.

Y funcionó.

Hasta que vi a Lenin.

Estaba hablando con Carla.

Ella tenía una mano sobre su brazo.

Aparté la mirada.

—¿Estás bien? —preguntó Camila.

—Sí.

—Pareces molesta.

—Tengo calor.

—Está bien.

Seguimos bailando.

Pero ya no era lo mismo.

---

Más tarde, la fiesta estaba mucho más animada.

Había gente por toda la casa.

La música estaba altísima.

Brisa estaba con sus amigas.

Henry y Vanesa se habían retirado.

Yo estaba sentada en un sofá con Camila cuando un chico se acercó.

—¿Quieres bailar?

Lo miré.

Era simpático.

—Está bien.

Nos levantamos.

Comenzamos a bailar.

No había nada raro.

Solo estábamos divirtiéndonos.

Hasta que sentí una mirada.

Levanté los ojos.

Lenin estaba al otro lado de la sala.

Mirándonos.

Su expresión no era precisamente amigable.

No entendía por qué.

El chico se acercó un poco más.

—¿Cómo te llamas?

—Isa.

—Soy Mateo.

—Mucho gusto.

Seguimos bailando.

Entonces Lenin apareció.

—Isa.

Me giré.

—¿Qué?

—Ven.

—¿Para qué?

—Necesito hablar contigo.

—Estoy bailando.

—Ahora.

Fruncí el ceño.

—Puedes esperar.

—Isa.

—No soy una niña.

—Nunca dije que lo fueras.

—Entonces no me des órdenes.

Mateo miró entre nosotros.

—¿Todo bien?

—Sí —respondí.

Lenin lo miró.

—¿Tú eres...?

—Mateo.

—Bien.

Después volvió a mirarme.

—Ven conmigo.

—No.

Se quedó quieto.

—¿No?

—No.

—Está bien.

Se dio la vuelta y se marchó.

Lo miré alejarse.

No entendía qué acababa de pasar.

—¿Es siempre así? —preguntó Mateo.

—Sí.

—¿Está celoso?

Solté una carcajada.

—¿Celoso?

—Sí.

—No.

—Parecía.

—Es mi hermanastro.

Mateo abrió los ojos.

—Ah.

—Exactamente.

—Entonces retiro lo dicho.

—Hazlo.

Continuamos bailando.

Pero ya no podía dejar de pensar en Lenin.

---

Cerca de la medianoche salí a la terraza.

Necesitaba aire.

La música estaba empezando a cansarme.

Caminé hacia la parte más alejada del jardín.

La playa se veía oscura.

Solo podía escuchar el sonido de las olas.

—¿Qué haces aquí?

Me giré.

Lenin.

—Tomando aire.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Parecías incómoda.

—No.

—Sí.

—¿Por qué te importa?

Se quedó callado.

—No sé.

Esa respuesta me sorprendió.

—¿Qué pasó antes?

—Nada.

—Estabas molesto.

—No.

—Sí.

—Isa...

—¿Te molestó que bailara con Mateo?

Me miró.

—No.

—Entonces ¿por qué apareciste?

—Porque es un desconocido.

—Tú también eras un desconocido hace dos días.

—No es lo mismo.

—¿Por qué?

No respondió.

—¿Lenin?

—Porque eres mi hermanastra.

La palabra cayó entre nosotros.

Hermanastra.

Claro.

Eso era lo que éramos.

Familia.

No había nada más.

—Tienes razón —dije.

Él bajó la mirada.

—No quiero que te pase nada.

—No me pasará.

—No puedes saberlo.

—Tú tampoco.

—Por eso.

Nos quedamos en silencio.

La brisa movía mi cabello.

—Voy a entrar —dije.

Pasé a su lado.

—Isa.

Me detuve.

—¿Qué?

—No te alejes de la casa.

—Está bien.

Entré.

No sabía por qué su preocupación me había hecho sentir algo extraño.

Pero aquella noche entendí algo.

Lenin no solo era arrogante.

También estaba pendiente de mí.

Y no sabía si eso era bueno.

Porque cuanto más intentaba odiarlo...

más difícil se hacía.

---

La fiesta terminó cerca de las dos de la mañana.

Subí a mi habitación agotada.

Me quité los zapatos y me dejé caer sobre la cama.

Tomé mi cuaderno.

Como siempre.

Querido Nicholas:

Hoy hubo una fiesta.

Fue divertida.

Me quedé pensando.

Después escribí:

Lenin se comportó raro.

Creo que se molestó porque bailé con otro chico.

Me detuve.

No quería escribir aquello.

Pero lo hice.

No sé por qué.

Quizá simplemente estaba cuidándome.

Respiré profundo.

Y eso me hizo sentir algo que no debería sentir.

Cerré los ojos.

No.

No podía ser.

Él era mi hermanastro.

Y yo no podía enamorarme de alguien así.

No importaba lo guapo que fuera.

No importaba cuánto me cuidara.

No importaba cuántas veces se riera conmigo.

Había límites que no podían cruzarse.

Y yo estaba decidida a no cruzarlos.

Cerré el cuaderno.

Me acosté.

Pero antes de apagar la luz, escuché unos golpes suaves en mi puerta.

—¿Quién?

No hubo respuesta.

Abrí.

No había nadie.

Solo un papel doblado en el suelo.

Lo recogí.

Lo abrí.

Solo había una frase escrita.

No vuelvas a salir sola por la noche.

Reconocí inmediatamente la letra.

Lenin.

Miré hacia el pasillo vacío.

Y por primera vez desde que llegué a aquella casa, no sonreí.

Porque comenzaba a sospechar que el problema no era que Lenin me odiara.

El problema era que quizá...

le importaba demasiado.

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