Capítulo 4 Reglas
Las reglas de Lenin
La primera noche en aquella mansión dormí fatal.
Y no porque la cama fuera incómoda.
Todo lo contrario.
La cama era probablemente la cosa más cómoda sobre la faz de la Tierra. Podría haber dormido diez horas seguidas sin moverme un solo centímetro, pero mi cerebro decidió que las tres de la madrugada era el momento perfecto para recordar cada una de las cosas que habían ocurrido durante el día.
La mudanza.
La mansión.
Brisa.
Henry.
El mayordomo.
Daniel.
Y Lenin.
Especialmente Lenin.
Abrí los ojos y miré el techo.
—Lo odio —murmuré.
Me giré hacia el otro lado.
Cinco segundos después volví a girarme.
—Muchísimo.
Tomé la almohada y me cubrí la cara.
¿Por qué tenía que ser tan guapo?
Eso era lo peor.
Si hubiera sido feo, gordo, bajito o tuviera una cara horrible, todo habría sido muchísimo más sencillo.
Pero no.
El señor tenía que parecer salido de una revista.
Y además tenía esa actitud arrogante que hacía que quisiera golpearlo.
Tal vez eso era bueno.
Si me daban ganas de golpearlo, significaba que no podía gustarme.
Lógica perfecta.
Finalmente conseguí dormirme.
Y cuando desperté, el sol ya estaba entrando por la ventana.
Miré el reloj.
—¡Dios!
Me levanté de golpe.
Eran las diez de la mañana.
Había dormido como una piedra.
Me puse de pie y corrí hacia el baño.
No tenía colegio ese día porque era sábado, pero había prometido ayudar a mi mamá a ordenar algunas cosas de mi habitación.
Aunque, sinceramente, tenía planes mucho más importantes.
Quería salir.
Necesitaba salir.
Extrañaba mi antigua casa.
Extrañaba caminar hasta la tienda de la esquina.
Extrañaba sentarme con Mack.
Extrañaba incluso escuchar a los vecinos discutir.
Esta casa era demasiado silenciosa.
Cuando bajé, encontré a Brisa sentada en la cocina desayunando.
—Buenos días —dijo.
—Buenos días.
Me serví un vaso de jugo.
—¿Dormiste bien?
—Demasiado bien.
—¿Y te acostumbraste a la habitación?
—Todavía no. Creo que si me quedo mucho tiempo ahí voy a empezar a sentirme princesa.
Brisa soltó una risita.
—Te queda.
—No. Yo soy más de princesa desastrosa.
—Eso sí.
La miré fingiendo indignación.
—Oye.
—Es broma.
Me senté frente a ella.
—¿Dónde están todos?
—Papá salió temprano.
—¿Mi mamá?
—Está hablando con él por teléfono.
—¿Y Lenin?
Brisa me miró por encima de su vaso.
—¿Por qué preguntas?
—Porque pregunté dónde estaban todos.
—Ajá.
—No me interesa Lenin.
—Yo no dije que te interesara.
—Pero lo pensaste.
—Tal vez.
Rodé los ojos.
—Está arriba.
—Bien.
—¿No vas a preguntarme nada más?
—No.
—Qué decepción.
Brisa sonrió.
—Ayer dijiste que querías salir.
—Sí.
—Podemos ir a la playa.
Mi rostro se iluminó.
—¿En serio?
—Sí. Está detrás de la casa.
—¡Me encanta!
Me levanté de inmediato.
—Voy a cambiarme.
—Isa.
Me detuve.
—¿Qué?
—Primero tienes que pedir permiso.
—¿Por qué?
—Porque papá tiene reglas.
Recordé lo que Lenin había dicho.
Reglas.
Otra vez las malditas reglas.
—Está bien.
Busqué a mi mamá y la encontré en la sala.
—Mamá.
—¿Sí?
—Brisa y yo queremos ir a la playa.
—Está bien, pero avísale a Henry.
—¿Dónde está?
—En su oficina.
—Voy.
Caminé por el pasillo y llegué a una puerta enorme.
Toqué.
—Adelante.
Entré.
Henry estaba sentado frente a un escritorio revisando algunos documentos.
—¿Qué sucede?
—Brisa y yo queremos ir a la playa.
—Claro.
—¿Entonces podemos?
—Sí. Solo no se alejen demasiado.
—Gracias.
Me giré para salir.
—Isa.
—¿Sí?
—Hay una cosa.
—¿Qué?
—Lenin irá con ustedes.
Mi sonrisa desapareció.
—¿Qué?
—Él conoce bien la zona.
—Pero...
—¿Algún problema?
—No.
Mentí.
Muchísimo.
Salí de la oficina.
Brisa me esperaba en el pasillo.
—¿Podemos?
—Sí.
—¿Y?
—Lenin viene.
Brisa sonrió.
—Perfecto.
—No veo qué tiene de perfecto.
—Será divertido.
—Para ti.
Subí a mi habitación y me cambié.
Me puse un short de mezclilla, una camiseta blanca y unas sandalias. Dejé mi cabello suelto y bajé.
Brisa ya estaba lista.
Y Lenin estaba en la sala.
Llevaba una camiseta negra y unos shorts.
Parecía que acababa de despertarse.
Odié que se viera bien incluso despeinado.
—¿Nos vamos? —preguntó Brisa.
Lenin asintió.
Yo caminé detrás de ellos.
Cuando salimos, el calor me golpeó de inmediato.
El camino hacia la playa estaba rodeado de árboles y flores.
Era precioso.
—No puedo creer que vivan aquí —dije.
—Te vas a acostumbrar —respondió Brisa.
—Eso espero.
Caminamos unos minutos.
Finalmente escuché el sonido de las olas.
Cuando llegamos a la arena, me quedé quieta.
El mar era impresionante.
Corrí hacia el agua.
—¡Isa! —gritó Brisa.
—¡¿Qué?!
—¡No entres tan profundo!
—¡Sé nadar!
—¡Aun así!
Me quité las sandalias y metí los pies en el agua.
Estaba fría.
Perfecta.
Me reí.
Por primera vez desde que había llegado, sentí que realmente podía respirar.
Miré hacia atrás.
Brisa estaba hablando con Lenin.
Él me observaba.
Nuestros ojos se encontraron.
Aparté la mirada.
No.
No iba a dejar que ese chico arruinara mi día.
Seguí caminando.
Una ola más fuerte golpeó mis piernas.
Retrocedí.
Otra ola llegó.
—¡Cuidado!
Escuché a Lenin.
Me giré.
—¿Qué?
No alcancé a reaccionar.
Mi pie resbaló sobre una piedra.
—¡Ah!
Caí al agua.
El agua me cubrió hasta el pecho.
Salí rápidamente, escupiendo agua.
—¡Estoy bien!
Brisa corrió hacia mí.
—¡Isa!
—Estoy bien.
Lenin llegó detrás de ella.
Me miró de arriba abajo.
—¿Te golpeaste?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—Entonces deja de hacer tonterías.
Lo miré indignada.
—¿Tonterías?
—Te caíste.
—Porque había una piedra.
—Porque estabas caminando sin mirar.
—¡Estaba mirando el mar!
—Exactamente.
—¿Sabes qué? Olvídalo.
Me di la vuelta.
—Eres insoportable.
—Y tú imprudente.
—No soy imprudente.
—Acabas de demostrar lo contrario.
Brisa se interpuso.
—Ya, los dos.
Lenin suspiró.
—Yo me voy.
—¿A dónde? —preguntó Brisa.
—A caminar.
—Papá dijo que no nos alejáramos.
—No voy lejos.
Se marchó.
Lo miré.
—Qué carácter.
Brisa se rio.
—Tú tampoco eres precisamente tranquila.
—Yo soy encantadora.
—Claro.
—Lo soy.
—Sí, Isa.
Me senté sobre la arena.
—Necesito hablar con Mack.
Saqué mi teléfono.
No tenía señal.
—¡Genial!
—Aquí casi nunca hay señal.
—Esto es una prisión.
Brisa se sentó junto a mí.
—Puedes usar el teléfono de la casa.
—Quiero el mío.
—¿Por qué?
—Porque tengo que saber qué está pasando con Daniel.
Ella sonrió.
—¿Todavía piensas en él?
—Todo el tiempo.
—¿Nunca has hablado con él?
—No mucho.
—Entonces, ¿por qué te gusta?
Me quedé callada.
No tenía una respuesta sencilla.
—No lo sé.
—Eso es raro.
—Lo sé.
Miré el mar.
—A veces simplemente sientes algo por alguien.
Brisa no dijo nada.
—Aunque esa persona ni siquiera sepa que existes.
—Quizás algún día lo sepa.
—Eso espero.
Sonreí.
—Yo también.
---
Regresamos a la casa alrededor del mediodía.
Entré directamente a mi habitación para cambiarme.
Cuando salí, encontré a Lenin en el pasillo.
—Hola —dijo.
Me detuve.
Era la primera vez que me hablaba sin sarcasmo.
—Hola.
—¿Te lastimaste?
—No.
Asintió.
—Bien.
—¿Eso era todo?
—Sí.
—Qué conversación tan emocionante.
Pasé a su lado.
—Isa.
Me detuve.
—¿Qué?
—Lo de antes...
—¿Qué cosa?
—No quería molestarte.
Lo miré sorprendida.
—¿Te estás disculpando?
—No exageres.
—¡Sí lo estás haciendo!
—No.
—Acabas de decir que no querías molestarme.
—Eso no es una disculpa.
—Para ti sí.
Sonrió ligeramente.
—Eres rara.
—Y tú eres...
Me quedé callada.
No encontraba una palabra suficientemente buena.
—¿Qué?
—Nada.
Continué caminando.
—Nos vemos.
—Sí.
Entré a mi habitación y cerré la puerta.
Me apoyé contra ella.
¿Por qué acababa de hacer eso?
¿Por qué había sido amable?
Y, peor aún...
¿Por qué me había gustado?
Sacudí la cabeza.
No.
Era simplemente cortesía.
Nada más.
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Por la tarde decidí desempacar completamente.
Saqué ropa, zapatos, libros y algunas fotografías.
Encontré una vieja foto de Tea.
Mi hermana.
La tomé entre mis manos.
Sonreí tristemente.
Había pasado bastante tiempo desde aquel accidente, pero todavía había días en que sentía que podía entrar por la puerta y decirme que había llegado tarde.
Me senté en la cama.
—Te extraño.
Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.
No quería llorar.
No ese día.
No quería sentirme triste.
Así que abrí el cajón del escritorio y saqué mi cuaderno.
Lo abrí en una página nueva.
Querido Nicholas:
Hoy fui a la playa.
Fue bonito. Por un momento olvidé que estaba lejos de casa.
También pasó algo extraño. Lenin me preguntó si estaba bien después de que me caí.
No sé por qué te estoy contando esto.
Me detuve.
Tal vez porque escribirlo hacía que pareciera menos importante.
Creo que quizás no es tan malo como pensé.
Cerré el cuaderno.
Entonces escuché un golpe.
—¡Ay!
Me levanté.
La puerta se abrió de golpe.
Lenin apareció.
—¿Qué haces?
—¡Tú! ¿No sabes tocar?
—Sí.
—Entonces úsalo.
—Necesito algo.
—¿Qué?
Miró hacia el escritorio.
—Mi cargador.
—¿Qué hace tu cargador aquí?
—Brisa lo dejó ayer.
Se acercó al escritorio.
Lo tomó.
—Gracias.
—De nada.
Estaba a punto de salir cuando vio mi cuaderno.
—¿Escribes?
Mi corazón dio un salto.
Cerré el cuaderno inmediatamente.
—No.
—Estás escribiendo.
—No.
—Lo vi.
—No viste nada.
Sonrió.
—¿Cartas de amor?
Abrí los ojos.
—¡No!
—Entonces sí.
—¡No son cartas de amor!
—Claro.
—Son cosas personales.
Su expresión cambió.
—No voy a leerlas.
Me sorprendió.
—¿En serio?
—Sí.
—Gracias.
Asintió.
Se dirigió hacia la puerta.
—Isa.
—¿Sí?
—Nicholas es un nombre extraño para alguien al que le escribes.
Me quedé congelada.
—¿Cómo sabes su nombre?
Señaló el cuaderno.
—Lo dijiste en voz alta.
—¡No lo dije!
—Sí.
—¡Mentiroso!
Él sonrió.
—Nos vemos.
Salió.
Corrí hacia la puerta.
—¡Lenin!
Ya no estaba.
Cerré los ojos.
—Lo odio.
Pero esta vez...
No estaba tan segura.
---
Esa noche cenamos todos juntos nuevamente.
Esta vez fue mucho más tranquilo.
Brisa contó algunas historias de la escuela.
Henry preguntó cómo me había ido durante el día.
Vanesa parecía feliz de verme participando.
Yo respondía mientras intentaba ignorar a Lenin.
Hasta que él habló.
—Isa.
Lo miré.
—¿Qué?
—Mañana hay una reunión.
—¿Qué reunión?
—Unos amigos vendrán.
—¿Aquí?
—Sí.
—¿Y?
—Papá dijo que puedes quedarte si quieres.
—¿Y si no quiero?
—Entonces no.
—¿Y por qué me lo dices?
Se encogió de hombros.
—Porque ahora vives aquí.
No supe qué responder.
Por primera vez, sentí que quizá no me estaba viendo como una intrusa.
Quizás realmente me estaba aceptando como parte de la casa.
—Gracias —murmuré.
—De nada.
Brisa sonrió.
—¿Ves? Se llevarán bien.
—No exageres —dijimos Lenin y yo al mismo tiempo.
Nos miramos.
Y, sin poder evitarlo, ambos soltamos una pequeña risa.
Solo duró un segundo.
Pero ocurrió.
Y no sabía que aquel pequeño momento sería el comienzo de algo que ninguno de los dos estaba preparado para enfrentar.
Porque en aquel momento yo todavía creía que Lenin era simplemente mi hermanastro insoportable.
Y él probablemente pensaba que yo era solo una chica nueva que había llegado a invadir su casa.
Ninguno sabía que, con el tiempo, nuestras miradas durarían demasiado.
Que nuestras discusiones se volverían excusas para buscarnos.
Y que aquel odio que parecía tan sencillo...
no tardaría en volverse mucho más peligroso.
